lunes, 30 de abril de 2012

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Pascua
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas
La experiencia pastoril en la vida de Israel, es una de más expresiones que componen su propio rostro. De hecho existía la convicción entre los judíos que era el Dios de la Alianza quien guiaba como pastor a su pueblo. Esto se llevaba a cabo a través de mediaciones humanas: patriarcas, jueces, reyes y profetas, que hacían audible la voz de Dios, Pastor de Israel. Pero ha sucedido que en rebaño que Dios ha confiado no se ha guardado fidelidad, y por consecuencia ha desviado al pueblo. Surge así la denuncia hacia los malos pastores y el anuncio de la promesa de un Pastor dado por el mismo Dios (Jr 23; Ez 34).
En Jesús, la promesa anunciada, tiene cumplimiento. Jesús es el Pastor que conducirá a Israel y “a las que no son de este redil” (v. 16) hacia “fuentes tranquilas para reparar las fuerzas. Por cañadas seguras” (Sal 23, 2-3ss).
Juan el evangelista, pone en numerosas ocasiones en boca de Jesús la expresión “yo soy” (6, 35; 8, 12; 10, 7; 10, 11; 11, 25; 14, 6; 15, 1…), ella evoca la experiencia del Éxodo (Éx 3, 1-22), en la que Dios da a conocer su identidad y la acción liberadora que en el pueblo israelita va a realizar. El evangelista identifica a Jesús con el Dios que actúa liberando. Así pues, desde la expresión: “Yo soy el buen pastor”, hace referencia a un pastor bondadoso que libera y es capaz de dar la vida (v. 22 [vv. 11.15.17.18]) sin pedir nada a cambio.
Esta autorevelación mesiánica que hace Jesús, lo define totalmente contrapuesto al asalariado. En Juan, la expresión de “conocer” hace referencia al amor; este texto quiere expresar la comunión profunda entre Jesús y sus ovejas, comunión que brota de la relación existente entre el Padre y el Hijo: “como el Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre (v. 15). El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar (v. 17)”.
Es en la vida, en donde se escucha la voz del Buen Pastor, pero es también en la vida en donde escuchamos otras muchas; voces políticas, sociales, circunstanciales, personales, familiares, etc., que no sólo atraen nuestra atención, sino que también nos arrastras hacia sí. De entre todos esos clamores, quien es discípul@ de Jesús, tiene la responsabilidad de estar atento a su voz para dejarse conducir por Él.
Señor Jesús, adherirse a tu persona y a tu mensaje en la fe es un don que nadie puede darse a sí mismo. Sólo lo da el Padre. Sin embargo, cada uno de nosotros tiene su propio destino en sus manos y es libre de rechazar el don de Dios. Haz, Señor, que sepamos elegir siempre la apertura interior; que es tu don, y colaborar así, dejándonos conducir por ti, Buen Pastor.

domingo, 22 de abril de 2012

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Pascua (Lc 24, 35-48)
No teman; soy yo
            El último capítulo lucano, muestra de modo in crescendo, cómo Jesús Resucitado se va dando a conocer: primero a Simón (v. 34); luego, los dos discípulos de Emaús lo reconocen “al partir el pan” (v. 35); y finalmente, se presenta en medio (v. 36) de los Once y sus compañeros (v. 35) trayendo la paz como don (v. 36), tal y como lo hizo el domingo pasado (Jn 20, 19.26).
            Lucas se va a esforzar por responder a la mentalidad que afirma que Jesús Resucitado es un mero fantasma (v. 37). Él es el mismo de antes, el Crucificado (vv. 38-43). Esto lo va a recalcar utilizando cuanto tiene al alcance: los sentidos, “mírenme”, “tóquenme” (v. 39); repitiendo este gesto, “se puso a comer delante de ellos” (v. 43), signo de continuidad entre el Jesús hombre y el Jesús Resucitado. Lucas no trata de describir cómo es el cuerpo del Resucitado, sino de afirmar que es el Crucificado; realidad que no es sencillo asumir, están “desconcertados y llenos de temor” (v. 38), “no acababan de creer” que Jesús esté vivo (v. 41), y su entendimiento está velado (v. 45).
            Lo sucedido con Jesús, no ha sido mero accidente o fracaso: ha sido Dios que con toda su intención ha querido compartir nuestra naturaleza para vivir lo que vivimos y realizar el misterio de salvación desde el cumplimiento de las Escrituras. Sabemos que para intuir su misterio es necesario recordar y creer la Palabra revelada y desvelada en Él (vv. 25-27.32; cfr. vv. 6b). De ahí pues, la alusión a la Escritura, en la misma estructura judaica: Ley de Moisés (Pentateuco), Profetas y Salmos (v. 44). Todo esto sólo puede ser comprendido desde la fe, don del Resucitado que comunica la luz para comprender las Escrituras (v. 45), las palabras y los hechos de Jesús.
            Finalmente, el encuentro con el resucitado, constituye al discípulo en “testigo (v. 48), dándole capacidad de dar razón de su fe y de anunciarla desde el propio vivir predicando “en su nombre la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados” (v. 47); e infundiendo la paz (v. 36) y la alegría (v. 41) a quien acoja este anuncio.
            Señor Jesucristo, en ti podemos ver claramente que Dios es el Dios de la vida, en el que no se puede encontrar muerte. Trae vida, alegría y vitalidad renovada a aquellos que están caminando a la sombra de la muerte; a los que están enfermos y muriendo; a los que están deprimidos y desamparados; a los que están resentidos y son violentos; a los que han sido presa de la inseguridad, la extorción y el secuestro. No dejes que nuestro vivir sea conquistado por esta fuerza que genera oscuridad. Permite que tu poder, que da vida, entre en nuestros cuerpos, corazones y mentes, y que te reconozcamos en la experiencia de encuentro contigo Resucitado como al Hijo de Dios, que no es un Dios de muerte, sino de vida.

lunes, 16 de abril de 2012

Al encuentro con la Palabra


II Domingo de Pascua (Jn 20, 19-31)
… no sigas dudando, sino cree
Al anochecer del día de la resurrección…”, el evangelio recoge una expresión de carácter eclesial: los discípulos están reunidos en un mismo lugar (vv. 19 y 26); y es el resucitado quien tomando la iniciativa y se hace presente en medio de ellos dándoles la paz. Junto a ello muestra las heridas, significando que, el que ha sido Crucificado es el que ha Resucitado.
Si es cierto que a Jesús lo define la misión, obviamente que sus discípulos serán definidos también por la misión que el mismo Jesús compartirá con ellos y que tendrá su detonación con el don del Espíritu Santo donado bajo el signo de un soplo y expresión misma del inicio de una nueva creación (cfr. Gn 2, 7).
Llama fuertemente la atención la bienaventuranza –de creer sin haber visto– dirigida por el Resucitado (v. 29). Quien reciba el Evangelio podrán abrirse a la fe, y ésta les permitirá ver lo que jamás habían visto. Finalmente el texto expresa la finalidad que se ha propuesto el autor del evangelio: “creer que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, para que creyendo, en Él tengan vida”.
Lo cierto es que, desde nuestra experiencia cristiana resulta no simple comprender la resurrección de Jesucristo, pues con nuestra lógica cómo poder aseverar esta realidad que desde la fe hemos asumido. De ahí que es necesario recoger este texto como un testimonio de quienes compartieron la vida con Jesús Resucitado, para que nosotros que históricamente no la compartimos, desde la fe que nos ha sido compartida y participada, simplemente creamos en Jesús.
            Señor Jesús, resulta difícil a nuestra inteligencia comprender tu presencia resucitada en medio de nosotros, abre Tú nuestro entendimiento para que lleguemos a la verdad de esta realidad, que nuestra fe complete lo que nuestra inteligencia no pueda comprender, queremos verdaderamente dejar la oscuridad de dudar para vivir en la luz de creer. Sigue presentándote en medio de nosotros, para contemplarte, escucharte, seguirte y llenar nuevamente nuestro corazón de alegría desde la certeza de tu presencia en nuestras vid

domingo, 8 de abril de 2012

Resucitó


Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor.- Vigilia Pascual
¡No está aquí, ha resucitado!

Llegamos a lo que es culmen del triduo pascual: el crucificado es ahora el resucitado a quién el Padre, habiéndolo liberado de la obscuridad de la muerte, lo ha convertido en el “Kyrios”, el Señor, fuente de vida y de salvación para toda la humanidad. La celebración del Domingo de Pascua (el domingo por excelencia) empieza desde la Vigilia Pascual. Según una tradición muy antigua, ésta es una noche de espera vigilante en la oración en honor del Señor resucitado. Los fieles, llevando en la mano – según la exhortación evangélica (Lc 12, 35-55) – lámparas encendidas, se asemejan a quienes esperan el regreso de su Señor para que, cuando Él vuelva los encuentre vigilantes y los haga sentar a su mesa.

La celebración de la vigilia tiene cuatro partes y se desarrolla de la siguiente manera: después de la breve liturgia de la luz o “lucernario” (primera parte), la santa Iglesia, llena de fe en las palabras y promesas del Señor, medita los portentos que Él obró desde le principio a favor de su pueblo (segunda parte o liturgia de la Palabra), y cuando el día de la resurrección está por llegar, encontrándose ya acompañada de sus nuevos hijos, resucitados en el bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa que el Señor ha preparado para su pueblo, por medio de su muerte y resurrección (cuarta parte o liturgia eucarística). Expliquemos brevemente cada una de estas partes.

Primera parte.- Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia.
Con el templo a obscuras, fuera de la Iglesia o a la entrada, se bendice el fuego nuevo símbolo de la vida nueva de Cristo Resucitado. Se bendice después el cirio Pascual y los cirios e todos los fieles. Se enciende el cirio pascual con el fuego nuevo diciendo: “Que la luz de Cristo resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu. El cirio encendido símbolo de la presencia del resucitado en la comunidad se va abriendo paso en medio de la oscuridad del templo, al mismo tiempo que se proclama: ¡Cristo luz del mundo! Del cirio pascual se encienden los cirios de todos los fieles. Esta primera parte termina con la proclamación del Pregón Pascual, un himno de exultante alegría que anuncia la victoria del Resucitado.

Segunda parte.- Liturgia de la Palabra.
En esta Vigilia, “madre de todas las vigilias” como la llamaría San Agustín, se proponen nueve lecturas, siente del antiguo testamento y dos del nuevo, la Epístola y el Evangelio. En ellas se trata de recoger todas las maravillas que Dios ha hecho a través de toda la historia de la Salvación que culmina con el envío de su Hijo al mundo para que nos redimiera. El Evangelio de esta noche, como los Evangelios del Domingo de Resurrección, es especialmente significativo: Cristo ya no está en el sepulcro y una frase que condensa todo el gozo de esta noche “No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado; miren el sitio donde lo habían puesto. Ahora vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: “El irá delante de ustedes a Galilea. Allá lo verán, como Él les dijo”
Una ausencia del Crucificado que se convierte en una nueva presencia del Resucitado.

Tercera parte.- Liturgia Bautismal.
La Vigilia Pascual tiene un profundo sentido bautismal. Como dijera Pablo; con el bautismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros emprendamos una vida nueva (cfr. Rom 6, 3-9). Siguiendo una antigua tradición de la Iglesia, los catecúmenos son bautizados en esta noche y aceptados oficialmente en la comunidad de los fieles, que también juntamente con ellos renuevan las promesas de su bautismo.

Cuarta parte.- Liturgia Eucarística.
Si la proclamación del Evangelio de la Resurrección es el núcleo, la Eucaristía Pascual es el momento culminante de cuanto se ha ido celebrando: la Vigilia se encaminaba a esta parte de la celebración. El Crucificado que es ahora el Resucitado, actualiza en medio de los suyos el misterio de su Pascua y se da como el verdadero “pan de vida” que nos fortalece en el combate de la vida diaria.

En definitiva, Pascua es la certeza viva de la presencia del Resucitado en el mundo y en lo más profundo del corazón del creyente. Es la posibilidad de una vida nueva que brota de Cristo Resucitado; que da una nueva dimensión a la existencia. Es la posibilidad de transformar una “ausencia” en una “presencia” transformadora del hombre y del mundo

¡¡¡¡ Felices Pascuas de Resurrección!!!!





viernes, 6 de abril de 2012

Triduo Pascual


Viernes Santo
“Porque la locura de Dios, es más sabia que la sabiduría de los hombres”  

La liturgia de hoy es diferente a las del resto del año. La acción litúrgica está reducida a lo mínimo, en lo que se refiere a los gestos, pero los hay y son profundamente significativos. El día de hoy, en que celebramos la muerte del Señor en la cruz, por una antiquísima tradición, la Iglesia omite por completo la celebración del Sacrificio Eucarístico.
La Palabra y el silencio son especialmente importantes en este día. En una sociedad tan ruidosa como la nuestra, el silencio es un tesoro que hay que redescubrir.
La celebración litúrgica tiene tres partes:
1)   Liturgia de la Palabra.- Caminar desde la Palabra.
Hoy empezamos con la presencia del silencio, La procesión de entrada es en absoluto silencio; al llegar al altar, el celebrante se postra. Es una invitación al recogimiento, pero sobre todo, con la postración, que es uno de los gestos del día de hoy, se quiere indicar la humillación de la persona y la tristeza y el dolor de la comunidad que se reúne para celebrar el misterio de al cruz.
La primera lectura nos coloca frente a la contemplación del Siervo de Yahvé que en la descripción del Cuarto Cántico parecería estar describiendo la Pasión de Cristo.
La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos (Heb 4, 14-16; 5, 7-9) nos invita a contemplar a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, que ha entrado en le cielo, pero que “durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a Aquel que podía librarlo de la muerte y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo aprendió a obedecer padeciendo y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”
La tercera lectura es el relato de la pasión de Cristo según el Evangelios de san Juan, que acentúa los detalles de la pasión con un dramatismo extraordinario. Hacer el camino del silencio a la Palabra, es condición indispensable para penetrar en el misterio de la Pasión y Muerte del Señor.
2)   Adoración de la Santa Cruz.- Caminar de la Palabra a la contemplación de la Cruz.
La segunda parte de la liturgia del día, es la adoración de la Santa Cruz. La invitación a mirar el árbol de la cruz, expresa nuestra condición de hombres que necesitamos ver en Jesús crucificado, el camino que nos lleva a la Pascua. Pero también puede ser profundamente liberador vivir la experiencia de que soy contemplado por Jesús desde la cruz. Es la mirada de Jesús a la Madre (a la Iglesia), es la mirada al discípulo que habrá de ser testimonio del amor de Dios. ¿Podremos cruzar las dos miradas, la suya y la nuestra?
Comprender el significado de la cruz no es fácil, nos rebasa, va más allá de toda lógica humana, es aquí donde la sabiduría humana se estrella. Había que recordar lo que Pablo decía escribiendo a los corintios (1Cor 1, 22-25) “Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo Crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios, es más fuerte que la fuerza de los hombres”
Para poder llegar a esta comunicación experiencial, hay que hacer el camino de la Palabra a la contemplación de la cruz.
3)   La Comunión.- Tercera y última parte de la liturgia del Viernes Santo.
Como no hay celebración eucarística, con la reserva del Jueves Santo comulgamos. Y aquí el término “comunión” adquiere su fuerza original: somos invitados a entrar en comunión con el crucificado para poder participar de la vida nueva, del tiempo del resucitado.
No hay que quedarse en la contemplación de la cruz, hay que dar el “Paso” a  la comunión con el Crucificado-Resucitado.

jueves, 5 de abril de 2012

Triduo Pascual


JUEVES SANTO (Jn 13, 1-15)
“… y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”

La fiesta de hoy es la entrada en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Señor. Las celebraciones propiamente pascuales serán las del Viernes Santo, la Solemnísima Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche hasta el Domingo.
La conmemoración de la cena del Señor con los apóstoles, condensa para la Iglesia, varios elementos básicos de la vida cristiana: la Eucaristía, cuya institución celebramos hoy; el misterio – servicio y el mandamiento del amor o la “caridad” (palabra que hemos destrozado, porque significa amar como Dios ama)
La narración que hace Juan, de la cena del Señor es muy diferente de la que hacen los otros evangelistas. La Iglesia ha integrado ambas tradiciones, acentuando así la vinculación indisoluble que hay entre los diversos elementos que constituyen la vida cristiana y que, sacramentalmente, se viven en la celebración de la Eucaristía.
La institución de la Eucaristía en este día viene en el relato paulino en la primera carta a los Corintios, 23-26, que es el más antiguo dentro de la tradición literaria del Nuevo Testamento; los relatos sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas, son bastante posteriores a esta carta. Tenemos aquí el relato más antiguo de la Institución de la Eucaristía.
En la aportación de Pablo al tema de la Eucaristía, hay tres aspectos que podríamos subrayar:
a)    La dimensión cristológica, es decir, la afirmación de la presencia real del Señor resucitado en el misterio del pan y el vino consagrados;
b)   La dimensión pascual, o actualización sacramental del misterio de la muerte y resurrección de Jesús; y
c)    La dimensión escatológica, en cuanto la Eucaristía es signo y anticipo de la definitiva paz y unidad, que tendrá lugar cuando se consume  la historia de la salvación.
Pero hay otra aportación más específicamente paulina y que podríamos llamar la dimensión eclesial y la dimensión ético – moral de la Eucaristía. Nadie como Pablo ha puesto tan de relieve el papel que la Eucaristía juega en la vida de la Iglesia. En la Eucaristía ve la más fuerte exigencia de vivencia fraterna y de comunión eclesial. Porque la Eucaristía es participar todos del mismo pan y del mismo cáliz.
El evangelista San Juan, pone le mandato del Señor sobre la caridad fraterna, en el lavatorio de los pies y el contexto de la última cena, como queriendo expresar el significado del gesto con la Eucaristía. Podemos distinguir tres partes en el relato:
a)    Una breve introducción en la que se resalta el significado profundo de lo que Jesús va a realizar: “antes de la fiesta de Pascua y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)
b)   La descripción del gesto con la incomprensión y las reacciones de Pedro. Relato no exento de dramatismo: el Señor toma el lugar de esclavo, de servidor. La acción de lavar los pies, evoca algunas palabras de Jesús recogidas por los sinópticos: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27); “El Señor… se cernirá, los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo” (Lc 12, 35-38).
c)    La conclusión: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien porque lo soy. Pues si Yo que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan” (Jn 13, 12-15)
La expresión “lo que Yo he hecho con ustedes (v15), indica lo que tiene que ser la vida del discípulo: dejarse moldear según Jesús, amar como Él, “les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 24) y dar la vida como Él, “en esto hemos conocido el amor; en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestras vidas por el hermano” (1Jn 3,16)
No cabe duda que el Jueves Santo es el gran pórtico que nos introduce en el misterio de la Pascua.

domingo, 1 de abril de 2012

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Ramos (Mc 14, 1-15, 47)
Iniciamos la Semana Santa. Después de haber hecho, guiados por la Palabra del Señor, nuestro camino cuaresmal tratando de vivir un proceso de conversión profunda en nuestras vidas, llegamos finalmente a donde nos encaminábamos: entrar con Cristo a Jerusalén para vivir con Él  el misterio de su Pascua.
Tanto en éste domingo con en el Triduo Pascual, la liturgia nos invita a hacer un ritual diferente del que se hace habitualmente; hemos vivido muchas Semanas Santas y corremos el riesgo de dejarnos llevar por la rutina; somos invitados a vivir en la fe y desde la fe una semana diferente; diferencia que da la perenne novedad de la Pascua.
El espíritu de la celebración del Domingo de Ramos nos lo remarca el mismo Evangelio de la entrada: Jesús, modelo de humildad, ha entrado a Jerusalén triunfalmente, montado en un burrito, no  sobre un caballo, propio de los emperadores; pero el triunfo pasa por la humillación de la cruz.
Hoy las lecturas tienen una secuencia y están enlazadas extraordinariamente. En la primera lectura, tomada del profeta Isaías, vemos la figura del “Siervo de Yahvé” que siempre está dispuesto a escuchar la Palabra de Dios con todos sus consecuencias. Figura del “Siervo” que contemplamos realizada plenamente en Jesús.
Respecto a la segunda lectura tomada de la carta del apóstol San Pedro a la Filipenses, es una síntesis extraordinaria del misterio de la Pascua. Se le conoce como el Evangelio de la “Kenosis” (del abajamiento). Es un magnífico telón de fondo para toda la Semana Santa. Las dos lecturas nos conducen a escuchar el relato de la Pasión, que hoy la escuchamos del evangelista San Marcos. La narración es sobria, sencilla y condensada, pero tremendamente incisiva: los acontecimiento hablan por sí mismos. Es impresionante en este Evangelio, el silencio del protagonista de la pasión: Jesús, y el griterío de las autoridades y la multitud que piden su muerte.
Precisamente en la narración de la pasión, encuentra respuesta la pregunta fundamental - ¿Quién es Jesús? - que constituye el eje del Evangelio de Marcos. En la pasión se revela el misterio, Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La afirmación del centurión, un pagano, que lo ve morir, es el símbolo del camino de la incredulidad a la confesión de fe que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al crucificado.
El primer día de la Semana Santa, somos invitados a acompañar a Cristo en entrada triunfal a Jerusalén proclamándolo como el Mesías Rey que viene en nombre del Señor a realizar, por caminos insospechados, el proyecto de salvación de Dios, que viene a instaurar el nuevo Reino de Dios.
Pero sobre todo, desde el inicio de la Semana Santa, todo está impregnado por el misterio de la Pasión que conduce a la resurrección.
Al final de la Cuaresma debemos preguntarnos si estamos preparados y dispuestos a entrar con Cristo a vivir el misterio de su Pascua: a afrontar con Jesús nuestro Maestro y Señor el camino del amor, que se manifiesta en una senda, que se da a conocer en su aparente debilidad e inutilidad, en un abandono incondicional a la voluntad del Padre. Solo a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe mas madura en Jesús verdadero hombre y verdadero Dios, un Dios tan enamorado de su criatura que aceptó morir por amor. Nuestra vida  necesita esta fe para crear la novedad de gestos que sólo el amor humilde sabe inventar, y para transfigurar la realidad de cada día en una maravillosa manifestación del Reino de Dios que está en medio de nosotros.
¡Que tengamos una buena celebración de la Semana Santa!