miércoles, 14 de noviembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXXII Domingo Ordinario (Mc 12, 38-44)
No estás lejos del Reino de Dios
            Atacados los maestros de la ley en el plano doctrinal (vv. 28b-37), ahora lo son también en plano de la vida práctica (vv. 38-44). Ya ha roto de una manera definitiva con los jefes, con la clase dirigente. Le interesa ahora solo poner en guardia a la gente sencilla. Las acusaciones dirigidas a los escribas, se pueden resumir en estos defectos: vanidad, hipocresía y codicia. La enseñanza de Jesús es totalmente opuesta a la de los escribas.
            La vanidad (vv.38-39), se cita la costumbre de pasear pomposamente envueltos en sus balandranes de terciopelo, el complacerse con reverencias y los saludos de la gente obsequiosa, el acaparamiento de los asientos de honor. Jesús, ha enseñado a los suyos a ser los últimos y servidores de todos. La hipocresía (v. 40), consiste ante todo en una devoción ostentosa, basada en la cantidad y en la extensión de las oraciones, ofrecida en espectáculo para recabar admiración y estima, especialmente, por parte de las mujeres. Jesús, les enseña a tener fe y perdonar. La codicia (v. 40), da a entender de una manera muy clara que su religiosidad era falsa. En vez de ayudar a los pobres, a los indefensos, no dudan en explotarlos sin pudor, aprovechándose incluso de su hospitalidad. Con otras palabras, se sirven de su prestigio religioso para recabar utilidades materiales a costa de los simples, de la gente desposeída. Jesús, enseña a acoger a los pequeños y a los indefensos.
            Lo que Jesús critica de los escribas es propio de toda persona religiosa cuando en su vida no hay unidad entre el primer y segundo mandamientos (vv. 29-33). Las controversias concluyen tras haber sido desenmascarados los maestros de la ley. Las posesiones matan la capacidad de compartir, la capacidad de asumir el riesgo del don gratuito, es decir, de dar, de dar fruto
            La escena de la ofrenda de la “viuda pobre” (vv. 41-44) contrapone a “todos” los ricos (v. 44) a esta mujer que lo da “todo” (v. 44). La mujer, hace recordar a los pobres de Yahveh, a los pequeños, a los huérfanos y forasteros. Hace recordar al auténtico Israel a quien Dios auxilia. Dar todo lo que tiene para vivir (v. 44), es dar con desprendimiento. Es ponerse totalmente en manos de Dios. Esta generosidad de la viuda contrasta totalmente con la ostentación de los ricos y la actitud de los escribas, devoradores de los bienes de las viudas (v. 40).
            Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Hoy, tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender.
            Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea que hagas de mí, te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi vida, te la doy con todo el amor de que soy capaz. Porque te amo y necesito darme a Ti, ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida, con una confianza infinita, porque Tú eres mi Padre” (Charles de Foucauld).

lunes, 5 de noviembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXXI Domingo Ordinario (Mc 12, 28-34)
No estás lejos del Reino de Dios
            La retirada sumisa y silenciosa de los burlescos saduceos suscita la aparición del único interlocutor sincero: un maestro de la Ley, empeñado en la búsqueda auténtica de la verdad. El escriba es un especialista de la Ley, dentro del partido de los fariseos. Contrarios a los saduceos a los que, Jesús ha dejado en evidencia unos versículos antes de este evangelio de hoy (vv. 18-27). El escriba que se acerca a Jesús no viene a tenderle una trampa. Tampoco a discutir con él. Parece que pregunta con buena intención: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” (v. 28). Su pregunta nace de una exigencia particularmente sentida en el judaísmo de entonces. Era la cuestión fundamental para cualquier judío piadoso y entre las diferentes escuelas o corrientes teológicas. Un número exagerado de imposiciones y prohibiciones, no pocas veces insignificantes, impedía ver con claridad lo realmente importante. La opinión más extendida era que lo principal para un judío era el cumplimiento exacto del sábado. Hasta Yahveh estaba sometido al sábado. “El séptimo descansó” Pero había otras opiniones.
            Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando en la religión se van acumulando normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. De ahí que Jesús no le cita los mandamientos de Moisés. Sencillamente, le recuerda la oración que esa misma mañana han pronunciado los dos al salir el sol, siguiendo la costumbre judía: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (v. 29).
            Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas. Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. ¡Sabemos que lo importante es amar! No se trata un sentimiento ni una emoción. Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las personas. Jesús habla de amar “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser” (v. 30). De manera generosa y confiada.
            En este diálogo, Jesús añade algo que el escriba no ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas?
            Es muy frecuente confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario para con quienes vivimos y convivimos. Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a nuestro prójimo? Quien sigue a Jesús no puede “quedarse” en Dios. La prueba de que está de parte de Dios siempre será su amor al prójimo. Quien busca el bien del hombre, no está lejos del Reino.
            Padre nuestro, Tú estás siempre con nosotros que somos tus hijos. Jamás dudamos de tu amor por nosotros, más bien, dudamos en la certeza de amar a los demás como cada uno necesita. Sabemos que en los demás te encuentras, y en ellos podemos amarte. Cuando te encontramos, reencontramos la paz contigo, la alegría con nosotros mismos, la amistad con los demás. Como seguidores de tu Hijo, no es el pecado nuestra pobreza, sino la falta de amor. Perdón te pedimos por nuestra pobreza para amar.
            Nos has hecho para amar, no quieres que amemos poco. Quieres que amemos mucho. Que amemos “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es el amor, la señal de que Tú estás nosotros. Gracias, porque cuando amamos, descubrimos algo: ¡Tú estás siempre con nosotros! Fortalece nuestra amistad contigo, para que en Ti, y desde Ti, la riqueza del amor podamos con otros podamos compartir.
            Jesús, amor encarnado del Padre y pedagogo nuestro en el arte de amar, que no sea la “idea” de tu amor la que enriquezca nuestro conocimiento y empobrezca nuestra experiencia de amar. Que sea más bien, la experiencia del amor, la que nos haga gustar de la cercanía de tu Reinar en nuestro vivir.

Al encuentro con la Palabra


XXX Domingo Ordinario (Mc 10, 46-52)
!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama
            Volvemos nuevamente a tomar el texto de san Marcos. En este caminar siguen hacia Jerusalén y atraviesan por la región de Jericó. Se puede decir que este relato es una verdadera biografía espiritual de un auténtico seguidor, en contraste con el modo de actuar de Santiago y Juan (10, 35-45). Necesario es recordar la significación de los ojos, que unidos al corazón es donde se asientan el discernimiento, la elección, la decisión y el modo de vivir.
            Mientras el ciego, pide ver y se abre a la condición mesiánica de Jesús (vv. 47-48), los discípulos caminan ciegos sin entender las decisiones y acciones del Maestro. No es suficiente ver; desde la perspectiva marcana, estar ciego es estar impedido para seguir adecuadamente a Jesús y vivir como Él.
            La petición del ciego expresa la necesidad real de quien quiere trazar el camino de la existencia siguiendo a Jesús: Maestro, que pueda ver (V. 51). En el seguimiento de Jesús es indispensable conocer y asumir ciertos comportamientos a la luz de las exigencias del Maestro que entrega su vida.
            La curación del ciego Bartimeo, quiere urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. Aceptar que desconocemos a Jesús, es el inicio del alumbramiento para seguir su camino. Tal ignorancia nos instala en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?
            A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (v. 47). Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación. Se escucha la oración humilde y confiada del ciego. El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús que le llega a través de sus enviados: “!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama (v. 49). Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.
            El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: “Maestro, que pueda ver (v. 52). Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego “al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino” (v. 52).
            Padre nuestro, que no seamos insensibles para captar el paso de Jesús en el camino de nuestra vida. Ayúdanos Señor a distinguir nuestras cegueras para que seamos conscientes de la necesidad que de Jesús tenemos. Si estamos ciegos Padre, ayúdanos a desarrollar capacidades diferentes para estar siempre atentos a tu llamada y asumir tu proyecto siguiendo a tu Hijo.
            Si la ceguera es la incapacidad de ver, acoger y vivir el proyecto de Dios que nos pone frente a Jesús, que no falten quienes hagan cercana la voz del Maestro: “!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama”. Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar nuestra vida y la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndole de cerca.