lunes, 8 de abril de 2013

Al encuentro con la Palabra


II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31)
…no sigas dudando, sino cree
            Los dos episodios presentados por el evangelista Juan, son un eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.
            A pesar de “las puertas cerradas” (v. 19), el resucitado toma la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos; en ella Jesús da “la paz” (v. 19), su paz, la que el mundo no da (Jn 14,27), tal como lo había anunciado.
            Enseñar “las manos y el costado” (v. 20), es un modo de incidir en que el Resucitado es el mismo que el Crucificado, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí la necesidad de ver y palpar los agujeros de las manos y el costado. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena participación de la vida divina por un ser humano.
            En la actualidad, hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento, sobretodo científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.
            Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: “Hemos visto al Señor” (v. 25). Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: “Si no lo veo...no lo creo” (v. 25).
            Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.
            Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.
            Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia.
            Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, “ocho días después” se presenta de nuevo Jesús (v. 26). No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas (v. 27).
            No son “pruebas” de la resurrección, sino “signos” de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: “No sigas dudando, sino cree” (v. 27). Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: “Señor mío y Dios mío” (v. 28).
            Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.
Jesús resucitado,
continúa abriendo nuestro entendimiento
para que comprendamos tu Palabra.
Jesús resucitado,
continúa haciéndote nuestro compañero de camino
para que sigamos tus pasos.
Jesús resucitado,
continúa suscitando en nosotros dudas
para que lleguemos a ti, verdad plena.
Jesús resucitado,
continúa mostrándonos tus manos y costado perforados
para ser conscientes del amor que nos tienes.
Jesús resucitado,
que tu aliento compartido a tus discípulos,
nos renueve a nosotros también;
e infunda en nuestra experiencia humana
la vida de divina que nos hace vivir como hijos de Dios.

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Resurrección (Jn 20,1-10)
Estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro
            Los cuatro evangelios presentan a las mujeres que van al sepulcro vacío el primer día de la semana, pero sólo en Juan sucede que María Magdalena visita el sepulcro dos veces. La que presenta este texto, cumple principalmente la función de preparar el escenario para el relato de Simón Pedro y el Discípulo Amado.
            Los discípulos viven, antes de encontrar al Señor resucitado, el sufrimiento de la experiencia de ver la tumba vacía: constatan la ausencia del cuerpo de Jesús. Los relatos de la resurrección se abren con dos precisiones cronológicas: “El domingo” y “por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol” (v. 8). La expresión sugiere comienzo, nueva creación. El día inicial de una nueva semana, el domingo, verdadero día del Señor en que la fe amante, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina en la oscuridad y va más allá de la muerte.
            Pedro y Juan van al sepulcro para ver si es verdad la noticia que les ha traído María Magdalena (v. 2). Ambos, salen corriendo (vv. 3-4). Ella explicaba el sepulcro vacío por un robo (v. 2). Pedro y Juan observan un dato importante, que no favorece la interpretación de María Magdalena: los ladrones no se han llevado las mortajas. El sudario está separado de los otros lienzos (v. 7). Juan cree en la resurrección (v. 8). Son los ojos de la fe y la luz de la Palabra de Dios (v. 9) los que permiten ver la resurrección de Jesús en el sepulcro vacío.
            Jesús no siempre está en donde creemos que está, ni donde nos gustaría que esté, sino en donde Él se pone. No saber “dónde lo han puesto”, no es razón suficiente para desesperanzarnos, sino para seguir buscándolo. El sepulcro vacío, nos lanza a buscarlo siempre.
            Señor Jesús, conscientes de que somos tus discípulos, aún con todas las herramientas que hoy tenemos a la mano, nos sucede lo mismo que a los discípulos que, “hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos” (v. 9). Ayúdanos a ser testigos de tu resurrección, testigos de tu vivir en nuestro existir. Deseamos llevar a otros esta buena y gran noticia, a fin de que vivan en la esperanza.
            Creemos Señor Jesús, que nos amas sin límites y que te has comprometido con la humanidad hasta la muerte. Creemos, que estás con nosotros, alentándonos en nuestro empeño por encontrarte y amarte. Creemos que existen personas que, como María Magdalena, testimonian todavía hoy el atractivo de Cristo. Es en ella que descubrimos que:
El amor madruga más que el sol.
El amor es luz en la oscuridad.
El amor hace testigos de lo invisible, de lo “increíble”.
El amor no mide, derrocha.
El amor tiene bastante con amar.