lunes, 28 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


Fiesta de Pentecostés (Jn 20, 19-23)
Como el Padre me ha enviado, así los envío yo
            El domingo de Pentecostés recoge toda la alegría pascual y la difunde con una impetuosidad incontenible en los corazones de todos.
            El contexto joánico de nuestro texto, nos lleva a recordar que, el Evangelio, nos sitúa al anochecer del día de la resurrección (v. 19). Lo que ha pasado hasta entonces es que ese mismo día, muy de madrugada, María Magdalena, con otras mujeres fueron al sepulcro, ven la piedra removida (Jn 20, 1), y van a dar la noticia a Pedro y a Juan (20, 2-10). Magdalena, con la idea de que se han robado el cuerpo del Señor, vuelve al sepulcro para buscarlo y Jesús resucitado se le presenta, inmediatamente retorna donde los discípulos para anunciarles lo que ha vivido (20, 11-18).
            El primer libro de Lucas, puede ampliar el contexto del que Juan habla, pues menciona que estando los Once y sus compañeros reunidos, comparten el hecho asombroso de que el Resucitado se le ha aparecido a Pedro, de igual modo, unos discípulos de Emaús comparten lo que les ha sucedido de camino a su aldea y cómo lo reconocen al partir el pan (Lc 24, 33-35), “estaban hablando de esas cosas, cuando Él (Jesús) se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).
            Según Juan, la comunidad de los discípulos de Jesús, está viviendo la alegría de constatar que su Maestro permanece con ellos como lo había prometido (Mt 20, 20). El evangelio de este domingo, quiere expresar al discípulo como sacramento de Jesucristo. Si el verbo encarnado es sacramento del amor del Padre, entonces el discípulo ha de ser por-con-en Jesús sacramento del amor del Padre por la acción del Espíritu Santo que ha recibido.
            Como el Padre ha enviado a su Hijo, así somos enviados nosotr@s por Cristo (v. 21), que por el soplo, infunde su Espíritu en nosotros (v. 22) para que vivamos como vivió Él (1Jn 2, 6). En el vivir del Maestro, el discípulo encuentra formas siempre nuevas para vivir como Él; una vez, que como Él vive, es en el vivir del discípulo que el Maestro se hace presente; cuando así sucede, de realiza la verdad que ahora el Evangelio anuncia: el discípulo de Jesucristo es sacramento del amor el Padre, por el Hijo que lo ha llamado y enviado (Mc 3, 13-14), bajo la acción del Espíritu Santo.
            Te bendecimos, Padre, por el don del Espíritu, que por tu Hijo haces a la humanidad entera. Que Él nos anime, nos dé fuerza y coraje para trabajar por la paz, la justicia y la verdad; luz para comprender a los demás; ayuda para servir; generosidad para amar; paciencia para esperar; valor para rechazar la mentira; docilidad para vivir como Jesús. Padre, que la presencia del Espíritu en medio de nosotros, sea visible a través de los frutos: el amor, la paz, la bondad, la ternura, la honestidad, la fidelidad, la amabilidad, la comprensión, la auténtica alegría.

domingo, 20 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


La Ascensión del Señor (Mc 16, 15-20)
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes
            Esta fiesta de la Ascensión, nos lleva a contemplar un aspecto concreto de nuestra propia fe: el Resucitado está totalmente con Dios. Desde la liturgia del día, se expresa la fe de la Iglesia que cree que la gloria de la que participa plenamente Jesús, será también participada por los que son sus discípulos.
            Jesús, el Resucitado, es a quien el Padre ha enviado y, todas las palabras y obras del Hijo, ponen de manifiesto esta realidad. Hoy Jesús, pone en acción a los discípulos (v. 15), dejando en ellos la misión que a Él le había sido encomendada por el Padre, de ahí que los discípulos podrán actuar como el Maestro, realizando las mismas obras que a Jesús le vieron hacer (vv. 17.18).
            El versículo 19, central ahora en nuestro texto, refiere el misterio de la ascensión, que se presenta siguiendo el modelo de Elías (cf. 2Re 2,4). Jesús se presenta ahora como elSeñor Jesús”, sentado a la derecha del Padre, reconociéndole así, su poderío, majestad y honor.
            Los discípulos contemporáneos de Jesús, experimentaron al menos tres presencias distintas de Jesús: una que podemos llamar ordinaria, y hace referencia a la historicidad de Jesús, a quien ven, escuchan, comen con Él y perciben sus sentimientos; otra que se le llama excepcional, y hace referencia a la experiencia del Resucitado que se deja ver algunas veces, ofreciendo signos para reconocerle, en la cronología lucana, dura poco, unos cincuenta días; y por último, la presencia invisible, esta es la experiencia de la comunidad tras el acontecimiento de la ascensión, los discípulos ya no le ven, no le sienten, sin embargo, le experimentan tan cerca que están convencidos de que ahora está incluso más presente, esta presencia se prolongará hasta el fin del mundo.
            En el hoy, al discípul@ se le ofrece vivir esta triple presencia de Cristo: la presencia ordinaria con los que se encuentra a diario llevándoles su amor; la presencia excepcional, se da en la vida sacramentaria; y la invisible, en la conciencia de comunión participativa. La ascensión de Jesús, nos hace responsables de la misión que al Hijo le fue confiada. Esto, exige de la comunidad cristiana, ayudada por el Espíritu Santo, hacer presente a Cristo desde su propio vivir.
            Señor Jesús, desde la fe tenemos la certeza de que te seguiremos hasta estar unidos a ti compartiendo la vida junto al Padre en una existencia plena. Queremos comprometernos desde nuestras reales posibilidades, en el anuncio de la Buena Noticia. Sabemos que contamos en todo momento con la ayuda del Espíritu Santo que constantemente nos recuerda tu presencia perenne entre nosotros. Concédenos Señor, la gracia de que nuestras palabras y acciones como discípulos y misioneros estén siempre inspiradas y confirmadas por ti.

domingo, 13 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


VI Domingo de Pascua (Jn 15, 9-17)
Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el da la vida por ellos
Este domingo continuamos con la parábola de la vid que iniciamos el domingo pasado. Podemos con toda claridad distinguir la dos partes unidas por esta idea central: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos” (v. 13).
Antes de esto, Jesús insiste a los discípulos a permanecer en su amor (v. 9), lo mismo que Él permanece en el amor del Padre (v. 10), que es la fuente del amor. Enraizados en ese amor, podrán verdaderamente amarse unos a otros como Cristo los ama. Después del versículo central (13), la atención está puesta en la palabra “amigos” (vv. 13.14.15) que tiene su punto culminante en el “fruto que permanezca” (v. 16) y la oración que el Padre escucha (v. 16).
Este permanecer en el amor, está íntimamente ligado a hacer la voluntad de aquel que ama. Es decir, así como Jesús hace la voluntad del Padre guardando sus mandamientos (v. 10), el discípulo ha de realizar la voluntad de Jesús (v. 14), también guardando sus mandamientos (v. 9). Esto sólo es posible desde la actitud de acoger el amor de Aquel que primero lo da (v. 16).
Aquí, la palabra mandamiento, significa lo que hace llegar a la perfección. Por ello se entiende la razón por la cual Jesús, en el amor, llega a dar la vida por los suyos (v. 13). El discípulo estará llamad@ a vivir como vivió Él (1Jn 2, 6), y a dar el fruto como Él lo dio, un fruto que permanezca, y que consiste en amarnos unos a otros como el Padre en el Hijo nos ama (vv. 9.12).
En definitiva, Jesús no sólo pide que le amemos, sino que nos dejemos amar, que aceptemos su amor, que desde el Padre y a través de Él, desciende en nosotr@s. Para permanecer en Él será necesario asumir una cosa: observar los mandamientos, teniendo a Jesús como modelo de tal observancia.
En este texto dominical, caemos en cuenta que el amor empieza siendo conscientes de que ha sido Él quien nos ha amado primero, desde siempre, y nos lo ha manifestado en la encarnación y en el misterio pascual de su Hijo.
Gracias Padre, porque así te ha parecido bien. En Jesús, tu Hijo muy amado, nos permites sentirnos profundamente amados por ti, con un amor que carece de algún límites, en Él, nos concedes contemplar el amor por tu voluntad que desemboca necesariamente en el amor sin fronteras para con la humanidad. Concédenos en tu Espíritu de vida, vivir con alegría un amor humilde, perseverante y abierto a todos. Que podamos descubrir los distintos modos en se nos presenta la ocasión de dar la vida amando a otros

domingo, 6 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


 V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8)
Yo soy la verdadera vid
Sabemos que la vid es la planta que produce la uva, los sarmientos son las ramas nuevas donde brotan las hojas y los racimos de uvas. La vid era podada durante el invierno para eliminar las ramas débiles, propiciando así que la planta diera las mejores uvas posibles.
El vocablo clave en este texto es el permanecer. El verdadero discípulo debe permanecer en Jesús en cuanto Palabra. Para expresar esta relación vital entre Jesús y sus discípulos  se utiliza la metáfora-alegoría de la vid y los sarmientos. El punto de partida es el árbol, símbolo de lo viviente. Es significativa la utilización que hace el AT de la metáfora (Jr 2, 21-22; Is 5; Sal 80, 9-15). También el judaísmo hace uso del símbolo, incluso para designar a personas individuales (Ex 17, 5; 19, 10). Se aplica al Mesías en el Apocalipsis de Baruc (Bar 36, 40). Algo parecido con la sabiduría (Eclo 24, 17-21). La diferencia en este texto está en que este árbol de la vida (la vid) es una persona histórica en el evangelio de Juan.
Así pues, partimos desde una certeza: Israel es la plantación de Dios (Sal 80, 15-18). Partiendo de ahí, el “yo soy la verdadera vid” (v. 1) se dice en referencia a Israel (ver: Mt 15, 13). Ya no es suficiente aducir a la filiación de Abrahán. En lo real, quien vive la experiencia de Dios, es aquel que ha aceptado a Jesús como el Enviado. El Mesías se convierte en Israel, que se encuentra allí en donde estén los hijos de Dios, generados por el Espíritu, unidos al Mesías. La Iglesia es el nuevo Israel. Pero sabemos que el seguimiento no se da de modo mágico. De ahí la insistencia en la necesidad de “permanecer”, de “dar frutos”, de “guardar los mandamientos.
Así, quien permanece en Jesús y en sus palabras, entra en una relación profunda con el Padre, a quien se quiere ofrendar el fruto del amor y dar gloria a su nombre (vv. 5.8). Para que este fruto sea abundante, el Padre-viñador realiza todos los cuidados, corta los sarmientos no fecundos y poda los fecundos (vv. 1.2). Esta obra de purificación se va logrando cuando la Palabra de Jesús es acogida en un corazón bueno (v. 3): entonces esta Palabra guía las acciones de la persona y le hace amigo de Dios, cooperador en su designio salvífico, colaborador de su gloria (v. 7).
Oh Padre bueno, gracias te damos porque siendo tú el viñador, has querido plantar tu vid preferida en nuestras vidas y no cesas de trabajar en ella. Somos tus sarmientos, deseamos desde lo profundo de nuestro corazón permanecer conscientemente íntimamente adheridos a ti que eres nuestra vida. Ven Padre, y poda en nosotros todo aquello que en nosotros a deformado la imagen de tu Hijo; queremos dar frutos, y darlos en abundancia. Que el fruto de nuestra vida sea el amor que, desde tu corazón, y a través del corazón de Cristo, se derrama en cada uno de nosotros como un flujo inagotable.