XXII
Domingo Ordinario (Mc 7, 1-8.14-15.21-23)
“Nada que entre de
fuera puede manchar al hombre; lo que si lo mancha es lo que sale de dentro”
Como podemos comprobar, hoy retomamos la lectura del evangelio de
Marcos, tal como íbamos haciendo en los domingos del presente año. Durante
cinco domingos se interrumpió esa lectura y estuvimos recogiendo la reflexión
que san Juan hace a partir del signo de la multiplicación de los panes y peces.
Ahora nos resituamos, pues, en el ciclo B, el de Marcos.
En el contexto marcano, es Jesús, el
Buen Pastor, quien alimenta al desorientado y hambriento pueblo de Dios con su
enseñanza y el pan que multiplica para todos (6, 34). Los escribas y fariseos
hasta este momento, se han esmerado en alimentarlo con leyes y tradiciones que
oprimen la vida, de esta “preocupación” nace su pregunta: ¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición
de nuestros mayores? Ante esto
Jesús, denuncia su hipocresía, y pone en evidencia su fingimiento de ser lo
que no son, haciéndose con eso incapaces
de trasmitir el amor de Dios. Ciertamente, son expertos en resquicios
legales, y pensando que cumplen la voluntad de Dios se purifican por fuera,
cuando lo que Dios quiere es la escucha
atenta de su palabra y el amor al prójimo (Os 6,6). El que ama a Dios Padre no es quien lo dice (Is 29, 13; Mt 7,
21-23), sino quien lo busca y lo
obedece, sirviendo al hermano, perdonándolo y amándolo de corazón.
Un grupo de fariseos de Galilea se
acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Los acompañan algunos
escribas venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia
de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa.
Conviene corregirla. En este texto del evangelio, el drama judicial alienta ya
en estos primeros encuentros y se desarrollará primero como acusación y después
como defensa, que se transformará en una requisitoria y en una condena. El
imputado se convierte en acusador y los acusadores se encuentran de improviso
en el banquillo de los acusados sin posibilidad de apelación.
“Este
pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (v. 6). La
denuncia que hace Jesús a los fariseos y escribas es la hipocresía, pues, no son
lo que aparentan desde su modo de “cumplir” la ley. Cumplimiento externo, que no es garante de la fidelidad a la voluntad
Yahvé con quien se ha pactado una alianza. Pues el culto que agrada a Dios nace del corazón, de la adhesión interior,
de ese centro íntimo de la persona de donde nacen nuestras decisiones y
proyectos.
Jesús hace ver, que cuando nuestro
corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido: “Es inútil el culto que me rinden” (v.
7). De modo que la religión se convierte en algo exterior que se practica por
costumbre, pero donde faltan los frutos de una vida fiel a Dios.
Ciertamente, en toda religión hay
tradiciones que son “humanas”. Normas, costumbres, devociones que han nacido
para vivir la religiosidad de una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien.
Pero hacen mucho daño cuando nos distraes y alejan de la palaba de Dios. Todo
esto es a lo que se refería Jesús citando al profeta Isaías: “Porque enseñas doctrinas que no son sino
preceptos humanos” (v. 7). Cuando
nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de
desviarnos del seguimiento de Jesús, Palabra encarnada de Dios. Bien
sabemos, que en la religión cristiana lo primero es siempre Jesús y su llamada
al amor. Sólo después vienen nuestras tradiciones humanas por muy importantes
que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial.
Padre nuestro, a Ti nos acercamos
con el corazón que tenemos, repleto de sentimientos que nos esforzamos en
reconocer y purificar a la luz de tu Palabra. Siendo tus hijos, reconocemos que
muchas veces estamos lejos de ti con el corazón y no nos damos cuenta de que Tú
estás siempre cerca de nosotros. Abre nuestro corazón a tu palabra y orienta
nuestra vida según lo que te agrada. Que podamos caer en la cuenta de que el
amor ‑y sólo el amor‑ nos hace puros. Jesús, Tú que eres el don del amor para
la humanidad, “Tú eres nuestro Señor”.
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