jueves, 28 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra

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II Domingo de Cuaresma (Lc 9, 28-36)
Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo
            Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente “La transfiguración del Señor”. Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una “teofanía” o revelación de Dios. Lucas, ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño y asombroso. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente “para orar” (v. 28), no para contemplar una transfiguración.
        La presencia del monte y de la oración es típica del evangelio lucano para expresar la importancia de lo que se nos va a revelar. La “montaña” (v. 28), como símbolo, es el lugar de la revelación de Dios y, por ello, lugar de oración (v. 28). Todo sucede durante la oración de Jesús: “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (v. 29). Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
        En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
        Aparecen Moisés y Elías ‑que representan la Ley y los Profetas, y por tanto, la antigua alianza‑ (v.30), conversando con Jesús acerca de su muerte en Jerusalén (v.31), lugar escogido por Dios para residir y desde donde se revelaría a todos los pueblos de la tierra; pero también, lugar donde Jesús entregará su vida, donde cumplirá la voluntad de Dios. Ellos ‑Moisés y Elías‑, son los testimonios de la veracidad en lo acontecido, pues por medio de la Ley y Profetas es como Dios se había manifestado anteriormente. Sin embargo, ahora se manifiesta en Jesús, el “Hijo” (v. 35), única y definitiva Palabra Dios.
        Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues se caían de sueño y solo al espabilarse” (v.32), captaron algo: la transfiguración de Jesús (v. 29), y la aparición de Moisés y Elías (vv. 30-31). Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que no sabía lo que decía” (v. 33).
        Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube (vv. 34-35), signo de la presencia misteriosa de Dios (Ex 40,35). Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, la voz que identifica a Jesús en su bautismo antes de iniciar su misión en Galilea (Lc 3,22), es la voz de Dios que ahora sale de la nube e identificando a su Hijo se dirige a los discípulos: Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo (v. 35). La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
        Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente “interiorizar” nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
         Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.
         Señor, que el sueño de nuestra condición humana no nos mantenga alejados de los hechos prodigiosos que realizas continuamente en nuestra vida. Que cuando estemos despiertos y logremos velar contigo, consigamos ver la transformación que tiene lugar en nuestro corazón, hasta el punto de reconocerte como presencia transfigurada y luminosa.
         Llévanos, contigo, al monte de la oración, Señor, y concede a nuestra vida cansada y adormecida la capacidad de contemplarte en la gloria del Padre.

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