martes, 19 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


I Domingo de Cuaresma (L 4, 1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto
Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas y tensiones que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos. Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
Lucas describe el comienzo de la actividad de Jesús siguiendo el modelo del comienzo de la historia del pueblo de Israel, según el libro del Éxodo. El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto. El pueblo de Israel, que es llamado “el hijo de Dios” (Ex 4,22-23), fue conducido por Dios al desierto donde fue tentado durante cuarenta años (Dt 8,2).
La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Lucas no se contenta con indicar que Jesús tiene el Espíritu Santo, sino que también es conducido por Él en y por el desierto (v. 1).
En el desierto, que es lugar de prueba, discernimiento y de encuentro con Dios, Jesús es tentado por el demonio, “el que divide” (v. 2), éste es el enemigo que desde el principio, ha tentado al hombre para alejarle de la voluntad de Dios y llevarle así a la ruina y a la muerte (cf. G 2; Sb 3,4). Es necesario entender que las tentaciones no aparecen una sola vez, están a lo largo de toda la vida y quizás, en los momentos decisivos (Lc 11,16; 22,3; 23,36-37; Jn 8,6). Por esto la indicación “durante cuarenta días” debe entenderse como un número redondo que indica un tiempo amplio y que, al menos en Lucas, parece abarcar el tiempo de las tentaciones y la guía del Espíritu.
Tanto la primera como la última tentación, inician con una condición “si tú eres el Hijo de Dios…” (vv. 3.9); el tentador sabe que Jesús es el Hijo de Dios pero lo invita a que lo demuestre de modo inadecuado, contrario al plan de Dios. En realidad las tres tentaciones no son sólo lo que aparta de Dios, sino lo que elimina la auténtica humanidad. En el fondo, son una invitación a querer ser persona pero de modo inadecuado.
La primera tentación (v. 3) es la de actuar sin obedecer al Padre. La voluntad del Padre es que el “Hijo” recorra el camino de la humanidad. “El que separa”, se apoya en la necesidad de Jesús, extenuado por el largo ayuno; le sugiere que se sirva de sus poderes sobrehumanos en su propio beneficio. Jesús, siendo fiel al designio del Padre, responde (v. 4) que el auténtico alimento es cumplir dicha voluntad (lo hace citando Dt 8,3, donde se expresa la necesidad que tiene la humanidad de la Palabra que sale de la boca del Señor). Cumplir la voluntad del Padre –ser hombre con todas las consecuencias– es lo único que puede identificar a Jesús como “Hijo de Dios”. Comer es importante pero el ser humano es más que eso; las personas son mucho más que esponjas que consumen alimento.
El pasaje del Deuteronomio (8,3) refiere la experiencia vivida por Israel durante el éxodo, a través del desierto, cuando suspiraba por las ollas de carne y el pan que podía comer en Egipto, llevándolo a murmurar contra Moisés y Aarón (Ex 16; Nm 11,7-8); el pueblo quería alimentarse sin importarle el precio o las consecuencias de esta búsqueda de hartura
La segunda tentación (vv. 5-7) consiste en la búsqueda del poder y la riqueza, en creer que se puede ser señor del mundo y de las cosas, y que se puede estar por encima de los demás. El poder que abusa de otros no viene de Dios sino del diablo; él es su dueño y puede engañarlo a quien quiera, pero a un precio muy alto: que lo adoren y lo sirvan. “El que divide”, quiere empujar a Jesús hacia un mesianismo temporal, de carácter político. Se trata de adorar (v. 7) el poder con la adoración que sólo Dios, como único Señor del mundo, merece. Jesús responde (v. 8) con un convencimiento fuerte al mismo tiempo que profundo: quien adora realmente a Dios tendrá ganas de servir a los demás y no de aprovecharse de ellos. Jesús rinde adoración al único Señor de todo (Dt 6, 13), el único que está realmente por encima y que, sin embargo, ha venido a ponerse debajo de todos (Lc 12,37; Fl 2,6-11).
La tercera tentación (vv. 9-11) es la que se produce cuando dudamos si Dios está o no con nosotros: tentar a Dios, exigirle señales espectaculares para mostrar que está presente. Se trata de forzar a Dios para que actúe al capricho del diablo. En este caso el diablo manipula la Biblia (Sl 91,11.12), se muestra muy astuto. Jesús (v. 12) no pide ningún signo porque Dios está con Él (Dt 6,16). Esta tercera tentación nos hace contemplar a Jesús al final de su camino, en “Jerusalén” (v. 9), donde con su muerte y resurrección –Pascua– superará definitivamente la prueba del tentador y mostrará plenamente su obediencia al Padre (Lc 23,46).
En la vida estamos constantemente sometidos a pruebas. También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo, y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
Hoy también se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener, como sea, el poder. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
Finalmente, caemos en la cuenta que nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Sólo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta su Amor a todos sus hijos.
Padre, tú que nos llenas del don de tu Espíritu, concédenos docilidad al mismo, para que en el caminar de nuestra vida cristiana, se alimente nuestra fe, aumente nuestra esperanza y se refuerce la caridad. Que nuestro pan, sea tu Palabra y tu Hijo; nuestro poder, la capacidad de servirte en las personas; y nuestra sencillez ante tu grandeza, tu gloria.

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