domingo, 13 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


VI Domingo de Pascua (Jn 15, 9-17)
Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el da la vida por ellos
Este domingo continuamos con la parábola de la vid que iniciamos el domingo pasado. Podemos con toda claridad distinguir la dos partes unidas por esta idea central: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos” (v. 13).
Antes de esto, Jesús insiste a los discípulos a permanecer en su amor (v. 9), lo mismo que Él permanece en el amor del Padre (v. 10), que es la fuente del amor. Enraizados en ese amor, podrán verdaderamente amarse unos a otros como Cristo los ama. Después del versículo central (13), la atención está puesta en la palabra “amigos” (vv. 13.14.15) que tiene su punto culminante en el “fruto que permanezca” (v. 16) y la oración que el Padre escucha (v. 16).
Este permanecer en el amor, está íntimamente ligado a hacer la voluntad de aquel que ama. Es decir, así como Jesús hace la voluntad del Padre guardando sus mandamientos (v. 10), el discípulo ha de realizar la voluntad de Jesús (v. 14), también guardando sus mandamientos (v. 9). Esto sólo es posible desde la actitud de acoger el amor de Aquel que primero lo da (v. 16).
Aquí, la palabra mandamiento, significa lo que hace llegar a la perfección. Por ello se entiende la razón por la cual Jesús, en el amor, llega a dar la vida por los suyos (v. 13). El discípulo estará llamad@ a vivir como vivió Él (1Jn 2, 6), y a dar el fruto como Él lo dio, un fruto que permanezca, y que consiste en amarnos unos a otros como el Padre en el Hijo nos ama (vv. 9.12).
En definitiva, Jesús no sólo pide que le amemos, sino que nos dejemos amar, que aceptemos su amor, que desde el Padre y a través de Él, desciende en nosotr@s. Para permanecer en Él será necesario asumir una cosa: observar los mandamientos, teniendo a Jesús como modelo de tal observancia.
En este texto dominical, caemos en cuenta que el amor empieza siendo conscientes de que ha sido Él quien nos ha amado primero, desde siempre, y nos lo ha manifestado en la encarnación y en el misterio pascual de su Hijo.
Gracias Padre, porque así te ha parecido bien. En Jesús, tu Hijo muy amado, nos permites sentirnos profundamente amados por ti, con un amor que carece de algún límites, en Él, nos concedes contemplar el amor por tu voluntad que desemboca necesariamente en el amor sin fronteras para con la humanidad. Concédenos en tu Espíritu de vida, vivir con alegría un amor humilde, perseverante y abierto a todos. Que podamos descubrir los distintos modos en se nos presenta la ocasión de dar la vida amando a otros

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