sábado, 20 de agosto de 2011

Al encuentro con la Palabra


XXI Domingo Ordinario (Mt 16, 13-20)
Desde la fe, “atar y desatar” también es mi responsabilidad
Luego del encuentro entre Jesús y la mujer cananea (Mt 15, 21-28), éste se dirige a Galilea, en donde sana a muchos (Mt 15, 29-31); después de dar de comer a “cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt 15, 32-39) se va al territorio de Magadán, en donde algunos fariseos, para tentarlo, le piden “una señal del cielo”, Jesús, luego de reprenderlos, alerta a los discípulos de la levadura de éstos mientras atraviesa el lago de Galilea rumbo a la región de Cesarea de Filipo (Mt 16, 1-13). Aquí es donde ubicamos nuestro texto.
La liturgia dominical, ahora nos ofrece un texto verdaderamente denso y elaborado. Presenta la inquietud por saber el “ser” de Jesús en medio de una serie de confusiones, expresada en una diversidad de opiniones: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías o alguno de los profetas”.
En este texto, la dicha de Pedro radica en su docilidad  para acoger la respuesta –a la pregunta de Jesús– que el Padre le ha compartido y éste ha expresado: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Para Pedro, el conocer el ser de Jesús le llevará a esclarecer su propia misión: ser piedra en la que Cristo funde su Iglesia, con la autoridad y responsabilidad (“llaves del Reino”) de presidirla en la fe y en el amor; como harán posteriormente los sucesores de éste.
Nosotros, como discípulos de Jesús, no podemos reducir nuestra profesión de fe a una repetición dogmática de lo que hemos “aprendido”, “escuchado”, “de lo que otros dicen”; sino que implicará un encuentro íntimo y personal con Jesucristo, cuyo ser nos es compartido por el Padre como un don. Evidentemente que, como discípulos, sólo entenderemos nuestra misión si respondemos a esta cuestión: “¿y tú quien dices que soy?”.
Señor Jesús, como discípulos, enséñanos a ser sensibles a las mociones de tu Espíritu para alcanzar la integridad entre la fe y la vida. Líbranos de no “atar” tu gracia a nuestros condicionamientos humanos, sino que estemos siempre dispuestos a “desatarla” con responsabilidad y alegría para plenitud de nuestras vidas y desde servicio a los demás.

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