sábado, 19 de marzo de 2011

Al encuentro con la Palabra



IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41).
Jesús, luz del mundo, sanación  para los ciegos que dicen ver.
El domingo pasado el evangelio nos presentaba un signo eminentemente pascual: el agua viva: En este domingo se resalta un elemento igualmente expresivo de Jesús resucitado: la luz. Aprovechando la fiesta judía de las tiendas (Jn 7,2) que se celebraba en el templo cada año con antorchas encendidas, Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento untándole barro con saliva en los ojos, desencadenando ira y controversia en los fariseos, pues la sanación la había realizado en sábado, día de descanso sagrado para los judíos.
La figura del ciego va a servir en el ministerio de Jesús, para denunciar la ceguera de los discípulos, quienes dejados llevar por el fanatismo religioso, adulteran la imagen de Dios, queriendo explicar el origen del mal como un castigo divino por el pecado. Jesús va a dejar en claro que la enfermedad es un hecho en el que lo más importante no es preguntarnos porque sucede, sino para qué sucede, procurando que una situación adversa se convierta en una experiencia de salvación. También denuncia Jesús la ceguera de los fariseos, quienes vivían esclavos del legalismo riguroso, sobreponiendo a la bondad de la sanación del ciego, el cumplimiento rigorista del descanso sabático. Batiendo Jesús el barro con su saliva, nos recuerda el hecho de la creación del hombre en el Génesis (Gn 2,7), revelando el poder de recrear a la humanidad; el ciego a la par que recobra la vista, progresivamente se encuentra con Jesús, reconociendo la profundidad de su misterio: al principio se refiere a él sólo como “ese hombre que se llama Jesús”; cuando lo cuestionan los fariseos acerca de la identidad de quien le ha devuelto la vista, no duda en declarar “que es un profeta”; al final de la narración,  el que antes era ciego es capaz de expresar la más grande confesión que los cristianos podemos hacer sobre Jesús, llamándolo “Señor”, título ordinariamente reservado para Dios: “Creo, Señor. Y se postró ante él” La expresión salida de sus labios y el gesto de postración, aparecen como una clara experiencia de fe en la divinidad de Jesús; de tal forma que la sanación de los ojos aparece como un signo de esa sanación interior que lleva a ver el Misterio que se revela solo a los sencillos de corazón. Los discípulos que consideraban la ceguera como castigo de Dios, son verdaderos ciegos; y los fariseos que defendían el cumplimiento rigorista del descanso sabático sobre el bien hecho al ciego de nacimiento, aparecen como irremediables ciegos, puesto que el pensar que ven, les lleva a sentir que no necesitan ser sanados por Jesús: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: vemos, vuestro pecado permanece”.
Señor Jesús haz que veamos hacia dentro de nosotros mismos; para que sepamos reconocer nuestras fragilidades de las cuales el mal se vale para tentarnos y apartarnos de ti; para que podamos reconocerte transfigurado entre nosotros, cuando las situaciones de muerte se sobreponen y te desfiguran; para que reconociéndote con la fuente de agua viva, dejemos los cántaros que nos cansan y nos ofrecen agua que provoca mayor sed. 

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