lunes, 15 de octubre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXVIII Domingo Ordinario (Mc 10, 17-30)
Es imposible para los hombres, más no para Dios. Para Dios todo es posible
            Jesús sigue de camino hacia Jerusalén junto con sus discípulos, y sabemos que de camino, Él los va instruyendo (v. 31). Sucede que al salir al camino un hombre se le acerca a Jesús (v. 17), éste tiene una intención que pone al descubierto inmediatamente, busca normas de comportamiento –“¿qué haré?”‑ para merecer –“heredar”‑ “la vida eterna”. Eso es lo que le importa. No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Seguramente, todo lo tiene resuelto. Teniendo en cuenta que en el mundo judío del tiempo de Jesús, tener riqueza material era un signo de la bendición de Dios, pareciera que este hombre quiere ser amo de la vida eterna del mismo modo que es amo de muchos bienes al ser “muy rico” (v. 22).
            Sin embargo el relato marcano, presenta a este hombre como alguien que quiere ser fiel a la voluntad de Dios (v. 20). Jesús lo valora. Ciertamente, los mandamientos que le prohíben actuar contra el prójimo (v. 19) éste hombre los vive desde pequeño (v. 20), y serán pistas que le conduzcan a la vida eterna (Ex 20, 12; Dt 5, 16), pero no para merecer nada.
            Jesús, después de mirarlo con amor, le hace el mayor regalo que puede hacer: le invita a seguirle, a ir con Él (v. 21). Esto implicará, “desprenderse de todos sus bienes” (v. 22). Dar las riquezas a los pobres (v. 21), es darles lo que les pertenece. Por ésta acción no se gana la vida eterna. La salvación no se compra ni es una conquista humana, ésta es un don de Dios. De ahí que, para la persona les es imposible salvarse, pero para Dios es posible (v. 27). Éste hombre es bueno, pero vive apegado a su riqueza. Se siente incapaz, necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin sus riquezas. Su dinero está por encima de todo, y por él, renuncia a seguir a Jesús.
            “Para quienes lo han dejado todo” (v. 28), el seguimiento implica rupturas con el propio proyecto de vida (propiedad, familia, profesión). Si recordamos el modo de comprender y vivir de la familia en el tiempo de Jesús, esto es más comprensible. Ser parte de una familia era: el modo de participar en la sociedad y ganarse el prestigio de la misma; garantizar el acceso a Dios; la posibilidad de ayuda y solidaridad de los demás parientes. Para muchos hombres, abandonar el hogar paterno, tenía como recompensa otra nueva familia, o bien, nueva casa, familiares y campos. Su ideal era convertirse en padres de familia. Ésta era la figura más importante, pues su autoridad, casi absoluta, le convertía en dueño de la casa o familia; era como el jefe de Estado pero en la familia; tenía derecho de desheredar a los hijos y hasta de condenarlos a muerte.
            En la familia de Jesús, será distinto. La figura paterna es Dios. Los discípulos tendrán que comprender una nueva forma de vivir la experiencia de familia. Ésta consistirá en experiencia de comunidad de hermanos. Son ellos quienes han de organizar la vida de la comunidad familiar creando un nuevo tipo de relaciones humanas.
            Después de todo lo anterior, podemos recoger algunos elementos que nos ayudan a identificar la respuesta de Jesús a la pregunta inicial:¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” (v. 17). Desde el mismo evangelio podemos distinguir lo siguiente, no como pasos para obtener meritoriamente la eternidad de la vida, sino a modo de respuesta como elementos constitutivos del verdadero discípulo de Jesús: vivir los mandamientos de la Ley del Amor; en todo ser y hacer con libertad de apegos; seguir a Jesús y vivir como Él; reconocer y confiar que la salvación es una acción que depende absolutamente del Padre, para quien todo es posible.
            Padre de todos, en el encuentro con tu Hijo desde el evangelio de este domingo, caemos en la cuenta que no podemos permanecer indiferentes. Es necesario pasar de la experiencia estéril y empobrecedora de “cumplirte”, a la experiencia enriquecedora de “seguirte”. Pasar del “cumplimiento” al “seguimiento”. De verdad que si los mandamientos no nos llevan a seguir y vivir como Jesús, nos empobrecen en un legalismo. Seguir a Jesús, nos ayuda a descubrir que la relación con Dios es relación con una persona y con las personas. Una relación que es gratuita y confiada. El seguimiento de Jesús, no es un mandamiento más. Jesús invita a pasar de la Ley del Amor, del hacer –“¿qué haré?”‑ al ser mismo del discípulo-misionero de Jesucristo ‑sígueme‑.
            Padre, que la vivencia de los mandamientos nos ayuden a permanecer fieles a tu amor. Que la libertad de apegos, favorezca la conciencia receptiva de tu Amor y nos comprometa responsablemente dentro la comunidad de hermanos en la que estamos insertados. Que nuestra pobreza humana, alcance toda su riqueza en el seguimiento de tu Hijo, al conducirnos para ser y vivir como Él. Para ser por Él, con Él y en Él, auténtica imagen y semejanza de Ti. Padre, queremos y deseamos que nos hagas partícipes de la vida eterna, don generoso y gratuito que expresa la inmensidad del Amor que nos tienes.

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