domingo, 7 de julio de 2013

Al encuentro con la Palabra


XIV Domingo Ordinario (Lc 10, 1-12.17-20)
Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos
            Jesús, en el relato lucano, anteriormente había enviado a los Doce para que fueran a las doce tribus de Israel (9,2; ver 22,30). En este caso son más numerosos los enviados. El número alude a Gn 10 (según la versión griega del Antiguo Testamento), donde setenta y dos es en número de las naciones paganas. Los envía de “dos en dos” para que su testimonio tenga valor jurídico (Dt 17,6; 19,15), “por delante” para preparar su llegada “a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar”. Todo esto, en la intención lucana, simboliza que la misión ha iniciado, y ésta es responsabilidad de todos los que van con Él.
            De hecho, esta segunda misión podría tener la finalidad de preparar al lector para el relato de los Hechos de los Apóstoles, donde, en un primer momento, la responsabilidad de la misión corresponde a los Doce, pero estos la trasmiten después a otros, como Pablo, Bernabé y Silas. La necesidad de una segunda misión en el evangelio se debe a la mies abundante (10,2). Lucas hace notar que, a diferencia de los Doce (9,10), los setenta y dos regresaron llenos de alegría porque hasta los demonios se le sometían (10,17-20). Jesús termina afirmando que su misión había provocado la caída de Satanás.
            El Papa Francisco, recientemente, ha llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en contacto con la vida real de las personas y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan. Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva:  cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.
            La consigna del Papa Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil.  La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.
            El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Pónganse en camino”. No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida. El evangelio, recuerda con claridad que la misión siempre es urgente: “no se detengan…” (4), y prioritaria: “no lleven dinero, ni morral ni sandalias”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre.
            Cualquier saludo tiene que ser misionero: “Que la paz reine en esta casa”. Esto es lo primero. La misión que comparte Jesús se ejerce con palabras y con hechos. Por ello los enviados han de dejar a un lado las condenas, curar a los enfermos, aliviar los sufrimientos que hay en el mundo. Decir a todos que Dios está presente y activo en la vida y misión de los discípulos, que nos quiere ver trabajando por una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.
            Si los enviados son rechazados (10-12), el anuncio se hará igualmente (11). Y la paz (6) no se perderá, porque esa paz la da Dios, no el éxito de la acción (20). Y Dios no dejará de darla.
            Jesús valora la reunión para revisar la acción (17-20). Así los discípulos saben que Él no los deja. Y pueden redescubrir el sentido de fondo de la misión: “Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Esto expresa, que es Dios quien los salva, como hace con todos. Éste es el verdadero motivo de alegría para los discípulos de Jesucristo. Y la motivación de cualquier acción que pretenda dar a conocer esta buena noticia a todo el mundo.
            Señor Jesús, como el Padre te ha enviado, Tú sigues enviándonos. Concédenos ser conscientes de que somos portadores de un mensaje de paz a todos los rincones en donde nuestro vivir se realiza. Guía, Señor, nuestros pasos. Fortalécenos con la fuerza de tu gracia, para que el cansancio no nos venza. Que nuestras palabras sean un eco de las palabras de Cristo. Y nuestro vivir, sea en nuestros ambientes, verdadero testimonio de tu presencia por el cual muchos se sientan atraídos hacia ti.

Al encuentro con la Palabra


XIII Domingo Ordinario (Lc 9, 18-24)
Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén
            Jesús emprende con decisión su marcha hacia Jerusalén. No es fácil trazar un itinerario del viaje, ya que las referencias geográficas son prácticamente inexistentes; en cambio son numerosas las alusiones a Jerusalén que expresan la constante preocupación de Lucas por destacar la culminación de su evangelio en esta ciudad.
            La importancia de este viaje radica en que Jesús lo convierte en una escuela de discipulado. El camino hacia Jerusalén, es una catequesis dirigida a los creyentes de todos los tiempos. El tema central se describe con total claridad en Lc 13,31-34: el camino hacia Jerusalén lleva a Jesús a la muerte, pero, a través de ella, se alcanza la plenitud de la revelación y la salvación que Jesús aporta a toda la humanidad. Su vida solo tiene un objetivo: anunciar y promover el proyecto del reino de Dios.
            La marcha parece comenzar mal: los samaritanos lo rechazan. Está acostumbrado: lo mismo le ha sucedido en su pueblo de Nazaret. El relato refleja la fuerte enemistad entre los judíos y los samaritanos. Jesús sabe que no es fácil acompañarlo en su vida de profeta itinerante. No puede ofrecer a sus seguidores la seguridad y el prestigio que pueden prometer los letrados de la ley a sus discípulos. Jesús no engaña a nadie. Quienes lo quieran seguir tendrán que aprender a vivir como él. La única muestra de credibilidad que tendrán los apóstoles, la misma tiene Jesús, será la fidelidad a seguir el camino. No es necesario hacer bajar fuego del cielo; el profeta Elías lo ha hecho como prueba que constata ser enviado de Dios; Jesús no necesita hacer una comprobación tal.
            Mientras van de camino, se le acerca un desconocido. Se le ve entusiasmado: “Te seguiré adonde vayas” (v.57). Antes que nada, Jesús le hace ver que no espere de él seguridad, ventajas ni bienestar. De hecho es necesario desprenderse de estabilidades y seguridades. Él mismono tiene dónde reclinar su cabeza” (v.58). No tiene casa, come lo que le ofrecen, duerme donde puede.
            No nos engañemos. El gran obstáculo que nos impide hoy a muchos cristianos seguir de verdad a Jesús es el bienestar en el que vivimos instalados. Nos da miedo tomarle en serio porque sabemos que nos exigiría vivir de manera más generosa y solidaria. Somos esclavos de nuestro pequeño bienestar.
            Otro pide a Jesús que le deje ir a enterrar a su padre antes de seguirlo (vv.59-60). Jesús le responde con un juego de palabras provocativo y enigmático: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios” (v.60). Es necesario recordar que en aquella cultura no quería decir que su padre hubiera muerto y no estuviera enterrado (no estaría allí aquel hombre). Quería decir que cuando se muera su padre y le entierre, quizá dentro de algunos años, seguirá a Jesús.
            Estas palabras desconcertantes cuestionan nuestro estilo convencional de vivir. El discípulo que es llamado, y quiere seguir a Jesús de verdad, tiene que poner en un segundo término todas las demás actividades y preocupaciones, como el buen samaritano, que detiene su actividad para servir a su hermano: “anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,37).
            Hemos de ensanchar el horizonte en el que nos movemos. La familia no lo es todo. Esas son excusas de nuestras inconsistencias, inseguridades, de nuestra falta de responsabilidad cristiana. Hay algo más importante. Una de las condiciones del caminar cristiano es un cierto desprendimiento, una cierta inseguridad material, para no estar atado al mundo terreno. Si nos decidimos a seguir a Jesús, hemos de pensar también en la familia humana: nadie debería vivir sin hogar, sin patria, sin papeles, sin derechos, sin lo necesario.
            Otro está dispuesto a seguirlo, pero antes se quiere despedir de su familia. Jesús le sorprende con estas palabras: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. Colaborar en el proyecto de Jesús exige dedicación total, mirar hacia adelante sin distraernos, caminar hacia el futuro sin encerrarnos en el pasado. Se trata de seguirlo con verdad y libertad.

Al encuentro con la Palabra


XII Domingo Ordinario (Lc 9, 18-24)
Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
            Mientras los Doce realizan la misión que Jesús les ha encomendado (9,1-6), Lucas nos dice que Herodes ha decapitado a Juan el Bautista (9,7-9). El elemento importante es la curiosidad del tretarca por Jesús. El tema de la identidad de Jesús es desarrollado en los episodios siguientes: retorno de los doce apóstoles y multiplicación de los panes para 5000 personas (9,11-17).
            En nuestro texto, la escena es conocida. Sucedió en las cercanías de Cesarea de Filipo. Los discípulos llevan ya un tiempo acompañando a Jesús. Lucas, como otras muchas veces, presenta a Jesús orando; tratando de acentuar así la docilidad del Hijo para con el Padre: “que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Pero también, uniendo la oración a la fe.
            El marco es sugestivo: Jesús se encuentra, por fin, en un lugar solitario, donde puede dedicarse a la oración, en compañía de los Doce. La oración precede y acompaña los momentos sobresalientes de la misión de Jesús en el evangelio de Lucas. Ahora interroga a sus discípulos. Pero los discípulos, ¿por qué le siguen? Jesús quiere saber qué idea se hacen de él: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Las palabras de Pedro ‑“el Mesías de Dios”‑ representan también la respuesta de Lucas a la pregunta de Herodes formulada diez versículos antes: “¿Quién será este?” (9,9). Esta confesión mesiánica de labios de Pedro es el punto de llegada de un largo camino de manifestaciones por parte de Jesús y el punto de partida para la formación ulterior de los discípulos.
            Unido a todo esto, aparece en nuestro texto el primero –en el evangelio de Lucas‑ de los anuncios de de la pasión, indicando la suerte que correrá el Hijo del Hombre. Éste ha de pasar por el rechazo, el sufrimiento, la muerte, y resucitará al tercer día. Del anuncio de la pasión de Jesús se pasa a las consecuencias que dimanan para la vida de los discípulos. El que quiera seguirle debe compartir sus opciones y su destino.

            Es importante ‑en el proceso de maduración en la fe‑, para los seguidores de Jesús, aprender a estar en lugares apartados en compañía del Señor, ponerse a su escucha y dejarse interrogar por Él. La pregunta que Jesús hace a sus discípulos, es también la pregunta que nos hemos de hacer los cristianos de hoy: ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué idea nos hacemos de él? ¿Le seguimos? ¿Quién es para nosotros ese Profeta de Galilea, que no ha dejado tras de sí escritos sino testigos?
            Señor Jesús, sabemos que no basta que te llamemos “Mesías de Dios”. Hemos de seguir dando pasos por el camino abierto por él, encender también hoy el fuego que quería prender en el mundo. ¿Cómo podemos hablar tanto de ti sin sentir tu sed de justicia, tu deseo de solidaridad, tu voluntad de paz? El camino de la cruz recorrido por ti Maestro, cuya desembocadura es la resurrección, es el indicado también para los que te seguimos. Señor Jesús, concédenos, vivir tu sentir.
            Jesús de Nazareth, somos conscientes de que no es suficiente confesar tu condición divina con fórmulas abstractas, alejadas de la vida e incapaces de tocar el corazón de los hombres y mujeres de hoy. Tendremos que descubrir en sus gestos y palabras al Dios Amigo de la vida y del ser humano. ¿No es la mejor noticia que podemos comunicar hoy a quienes buscan caminos para encontrarse contigo? Jesús de Nazareth, concédenos, en nuestro caminar, que muchos se sientan atraídos hacia ti.
            Jesús, sabemos que el camino de la fe no es algo mágico, sino una experiencia anclada en el vivir. Caemos por tanto en cuenta, que no basta repetir una y otra vez tu mandato. Es responsabilidad nuestra mantener siempre viva tu inquietud por caminar hacia un mundo más fraterno, promoviendo un amor solidario y creativo hacia los más necesitados. No basta predicar tus milagros. También hoy hemos de curar la vida como lo hacías Tú, aliviando el sufrimiento, devolviendo la dignidad a los perdidos, sanando heridas, acogiendo a los pecadores, tocando a los excluidos. Concédenos Jesús, un corazón semejante al tuyo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Al encuentro con la Palabra


Domingo IX Ordinario (Lc. 7, 1-10)
“Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”

Después de haber terminado las celebraciones pascuales con la fiesta de Pentecostés hace 15 días y la fiesta de la Santísima Trinidad hace 8 días, volvemos a los domingos ordinarios del tiempo litúrgico. El relato de la curación del criado de un Centurión Romano que también se relata en MT. 8, 5-13 y Jn. 4, 46-54, en Lucas viene inmediatamente después del Sermón de las Bienaventuranzas y pone de manifiesto por una parte, la dificultad que reinaba en las relaciones entre judíos y paganos y por otra, el aspecto universal de la salvación que subraya especialmente el evangelista San Lucas.

El protagonista del relato del evangelio de hoy es un centurión del ejército romano. Un centurión es un oficial que manda sobre cien hombres. Es un militar pagano, que normalmente no tenía buena fama entre el pueblo judío. El caso de este hombre es diferente. Es descrito como una persona generosa, pues ha ayudado a construir la sinagoga local de Cafarnaúm; se preocupa por su servidumbre, tiene un criado gravemente enfermo y aboga ante Jesús para que lo sane; y es descrito como una persona humilde, cosa muy rara en personajes de su rango. Pero sobre todo, es descrito como una persona profundamente creyente. El centurión que ha oído hablar de Jesús, se dirige a algunos amigos judíos para que le pidan que venga a curar a su criado enfermo a quién quería mucho. Después en su humildad y con una fe y confianza total en el Señor, le envío otra embajada porque está completamente seguro de que Jesús puede realizar el milagro incluso a distancia. “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que Tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano”

Jesús queda admirado de este extranjero y comenta “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”

Dos cosas podemos descubrir en el fondo del evangelio de hoy. La fe del centurión, un hombre pagano, pero con un corazón humilde y humanitario. La fe del centurión que se manifiesta en una confianza total y absoluta en el poder de la palabra del Señor. este hombre, con su humildad frente a Jesús, con su amor por el hombre, que supera esquemas sociales y los prejuicios nacionalista, con su fe sencilla y grande, nos sacude y nos hace interrogarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra fe, sobre nuestra vida social. Resulta inquietante que Jesús haya encontrado una fe grande no en Israel, sino en el corazón inquieto de un hombre bueno, de un pagano preocupado por la salud y la vida de su criado. La Iglesia ha recogido, como una perla preciosa, la frase del centurión y la ha incorporado a la celebración de la Eucaristía, en el momento que precede a la comunión. “Señor yo no soy digno de que entres en mi casa…” , pero no sé si encuentre el Señor, la misma aprobación y alabanza que en el centurión. ¿Y no será también que hoy el Señor puede encontrar mas fe fuera de la Iglesia, entre los llamados infieles y no creyentes? ¿Cómo se expresa nuestra fe hoy?. La fe del centurión nos recuerda que el Espíritu sopla donde quiere. Otro aspecto que está en el fondo del Evangelio de hoy es la universalidad de la salvación; la salvación es para todos, también para los paganos. Al narrar el evangelista Lucas el episodio del centurión, de alguna manera está adelantando lo que contará en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cuando Lucas escribe el evangelio, la comunidad eclesial ya hacía tiempo que iba admitiendo a los paganos a la fe, por ejemplo en la persona de otro centurión romano, Cornelio, que se convirtió con toda su familia después de oír la predicación de Pedro. La comunidad de Jerusalén, en aquella ocasión sacó la conclusión de que realmente “Dios no hace distinción de personas.”

Sin embargo, esta apertura de la salvación para todos no fue fácil. El Espíritu fue guiando a aquellas primeras comunidades en su progresiva apertura a todas las naciones. Cambiar de mentalidad es siempre difícil.

En el evangelio de hoy Jesús rompe los esquemas nacionalistas y los estrechos esquemas religiosos de su pueblo y de su tiempo, en los que se concebía la salvación sólo para el pueblo judío.

El evangelio de este domingo es una invitación para examinarnos respecto a nuestra mentalidad abierta o cerrada, incluyente o excluyente. ¿Sabemos reconocer los valores que tienen “los otros”, los que no son de nuestra cultura, raza, lengua, religión?  Tendríamos que alegrarnos de que la salvación que Dios nos ofrece por medio de Cristo sea tan universal. Dios es un Dios de todos y salvador de todos.

Al encuentro con la Palabra


La Santísima Trinidad (Jn 16, 12 -15)
“Creemos en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”

En el calendario litúrgico después de terminar el ciclo de Pascua con la fiesta de Pentecostés, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, una fiesta que nos hace ir a las raíces profundas del misterio pascual, que son también el fundamento de nuestra fe cristiana: creemos en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, un Dios que es Comunidad, tres personas que se aman de tal manera y están tan interpenetrados entre sí que están siempre unidos y son un solos Dios, el Dios uno y Trino.

Es difícil sacar de un solo texto todo el misterio de la Trinidad, puesto que fue una verdad que el Señor fue revelando a través de su ministerio de una manera gradual.

El texto que la liturgia pone este domingo forma parte de los discursos de despedida de Jesús en la Última Cena. Si se escoge este evangelio en un domingo como este, es porque presupone una relación profunda entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Lo vemos especialmente en el v15 “Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”

El contexto del evangelio de este domingo es el anuncio de Jesús de su partida y de persecución y violencia que sufrirán sus discípulos. Ellos están desanimados y tristes por la partida de Jesús y por lo que les esperaba en el futuro inmediato. Por eso Jesús les habla por quinta ocasión de la promesa del Espíritu Santo. El evangelista pone en boca de Jesús que hay muchas cosas que tiene que decirles, pero de momento no las pueden entender. “Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los irá guiando hacia la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder”.

Antes, en el mismo evangelio de Juan, Jesús había dicho “Si se mantienen en mi palabra serán de verdad los hará libres”. Y luego ante Pilato dirá “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad”. Por tango “la verdad” es Dios mismo y Jesús se identifica con ella “Yo soy el camino, la verdad y la vida”

Dice Jesús que el camino hasta Dios, hasta la “verdad plena” no lo podemos reconocer solos, aunque Él nos dijera todas las cosas que le quedaran por decir, ya que todavía no las podemos entender. Ciertamente, para recorrer el camino, necesitamos su palabra, pero es el Espíritu el que nos abre a la comprensión de su palabra. Por lo mismo sin el Espíritu no podemos amar a Dios y con Dios no se puede tener otra relación que la del amor. Especialmente destacable en esta fiesta es que el Espíritu “no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído… Él me glorificará, porque primero recibirá de mi lo que les vaya comunicando”. El Espíritu comunica lo que recibe de Jesús, como Él lo ha recibido del Padre. La comunión, la comunicación, es una característica del Dios Trinidad. Y no se puede creer en Él si no es comunión-comunicación de. La gran revelación que Jesús nos ha hecho es que Dios es un Padre que nos.

La gran revelación que Jesús nos ha hecho es que Dios es un Padre que nos ama y ama infinitamente, que nos ha dado a su Hijo – lo más que puede darnos- que haciéndose hombre como nosotros ha entregado su vida por la salvación de toda la humanidad. Que ambos nos han dado su Espíritu que nos abre a la comprensión de la palabra del Hijo y nos introduce en la comunión del Padre y del Hijo haciéndonos participar de su misma vida.

La presencia Trinitaria de Dios en nuestra vida implica la vivencia cotidiana del amor entre nosotros.

No es suficiente creer en Dios, hay que creen en el Dios Trino que implica el amor y la diversidad que nos va ayudando a conocer y experimentar el Espíritu Santo.

La fiesta de la Santísima Trinidad es una fiesta para disfrutar de la gratuidad del amor y alabar a Dios, que nos ama gratuitamente y ha hecho posible que lleguemos a participar de la intimidad de su vida. La Trinidad es nuestro presente y nuestro futuro.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Al encuentro con la Palabra


V Domingo de Pascua (Jn 13, 31-33, 34-35)
“Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”

El evangelio de hoy nuevamente nos coloca en el contexto de la Última Cena y más en concreto en el comienzo del largo discurso de despedida de Jesús. Los discursos de despedida se encuentran en otros escritos bíblicos y del judaísmo; son un modo de dar relieve a un personaje importante, quien, antes de morir, reúne a su familia y les dice cómo tienen que afrontar lo que les tocará vivir.

El género literario del discurso de despedida permite que las palabras del personaje importante, es esta caso Jesús, sean leída más tarde por otros discípulos. Es decir, las palabras de Jesús se dirigen a todas las generaciones de creyentes, no solo a los que han compartido la cena con Él.

El capítulo 13 empieza con el lavatorio de los pies a sus discípulos con todo el simbolismo eucarístico que Juan le da; viene después el anuncio de la traición de Judas, y la interpretación que Jesús hace de muerte inminente como la “hora” en que Dios será glorificado, y si Dios va a ser glorificado en le Hijo del Hombre, también Dios lo glorificará en Él.

Inmediatamente después se inicia el discurso de despedida con una frase muy significativa “hijitos míos”. Es Jesús que instruye a sus discípulos “su familia” sobre cómo tienen que afrontar la nueva etapa: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado”

Para comprender mejor este mandamiento debemos tomar en cuenta lo que dijimos anteriormente sobre el género literario del discurso de despedida. En ella la persona no se entretiene en cosas sin importancia; trata asuntos fundamentales para el que se va y de temas importantes para quienes se quedan. Esto nos introduce en un tema fundamental del Evangelio de Juan: ante la ausencia física del Señor, el modo más importante de hacerlo presente es la vivencia del amor. A tal grado remarca esto el Evangelio que no duda en ponerlo como el encargo por excelencia del Maestro a sus discípulos. Su testamento definitivo.

Además, Jesús lo llama “mandamiento nuevo” ¿En qué está la novedad? Eso de amar es tan viejo como la  humanidad. Jesús, llevándolo al extremo, al amor sin límites lo hace nuevo. La novedad del mandamiento está en que los discípulos deben amarse “como Él nos ha amado”. Ya no se trata de amar a los demás “como a nosotros mismos”. En este sentido el amor renueva los mandamientos, ya no son leyes sino la expresión de la voluntad de Dios que ama sin límites. El amor es “nuevo” porque nace de la Pascua, de la entrega libre y gratuita de Jesús hasta la muerte: “Como Yo los he amado” es la nueva medida: amor al estilo de Jesús, no de cualquier manera.

El estilo de amor de Jesús incluye al menos tres cosas: el amor a Dios se manifiesta en el amor a los hermanos; no puede existir el uno sin el otro; es un amor que tiene como exigencia inmediata construir una comunidad de hermanos basada en el servicio; introduce, además en una dinámica en la que lo importante no es cumplir algunos mandamientos, sino amar con tal intensidad que no tiene límites, y esto es tan importante para Jesús como para sus discípulos que lo pone como distintivo para que los reconozcan como tales: “Y por este amor reconocerán todos, que ustedes son mis discípulos” La autenticidad del discípulo no está  en lo que diga sino en lo que viva: que ame al estilo de Jesús. amor, que en el evangelio de Juan, debe estar impregnado de lo comunitario.

Ante la falta de confianza que mucha gente tiene en la Iglesia y en nosotros los cristianos, el evangelio de hoy nos remite a lo esencial y fundamental de nuestra fe y lo único capaz de generar credibilidad: el amor sin límites.

El evangelio de hoy releído a la luz de la Pascua – estamos en tiempo pascual – nos recuerda que la única manera de testificar y  hacer la presencia viva del resucitado es a través de amor y que sólo amando, podemos vencer a la muerte.

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Pascua (Jn 10, 27-30)
“Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”

El cuarto domingo de Pascua se le llama el Domingo del Buen Pastor porque leemos un trozo de la alegoría del Buen Pastor que viene en el capítulo 10 de San Juan. En el ciclo c que estamos celebrando este año leemos solamente un pequeño trozo del versículo 27 al 30 de dicho capítulo. Convine situar toda la alegoría del Buen Pastor en su contexto para poder entender el pequeño trozo que leemos este domingo.

La curación del ciego de nacimiento que se narra en el capítulo 9  ha provocado una serie de discusiones a favor y en contra de Jesús.  Los fariseos y maestros de la ley son quienes más decididamente han rechazado a Jesús; ellos son los pastores que han abandonado al rebaño y han cerrado los ojos y el corazón ante los signos realizados por el Señor; no quiere reconocer como Mesías y enviado por Dios; la pretensión de Jesús les parece blasfema. Terminaron por expulsar al ciego que ahora ve, confabulándose en contra de Jesús.

En el capítulo 10 Jesús desarrolla la alegoría del Buen Pastor como una respuesta a los que lo rechazan. Del verso 1 al 18 desarrolla toda la alegoría, y estas palabras de Jesús fueron la causa de una nueva división de opiniones: muchos decías que estaba poseído por el demonio, otros en cambio lo defienden (vv 19-21)

Como respuesta a la petición apremiante y casi amenazadora de los judíos: “¿Hasta cuando vas a tenernos en suspenso?. Si eres el Cristo, dilo claramente de una vez” (v24), Jesús les habla empleando nuevamente la imagen del Buen Pastor. Pero estos no se encuentran con la disposición adecuada para creer en sus afirmaciones ni tampoco para dejarse convencer por las obras de Jesús.  Se trata de un rechazo total que les autoexcluye del rebaño de Jesús (vv 25-26). Mas, a pesar de tanta hostilidad, el Señor se presenta a sí mismo como Buen Pastor, haciendo una síntesis de toda la alegoría en los versos 27 a 30 que leemos este domingo. ¿Qué hay en el trasfondo de la alegoría? Las relaciones de Jesús para con nosotros y de nosotros para con él. Tres cosas se resaltan en las relaciones de Cristo para con nosotros:

1.- Conoce a sus ovejas.  Conocer significa entrar en comunión íntima con las personas, captar sus exigencia más profundas, interpretar las esperanzas, entender los problemas y la situación de cada individuo. Para Jesús no somos una masa anónima, somos personas con una historia y un rostro determinado.

2.- Yo les doy la vida eterna  y no perecerán jamás.  A eso viene Jesús, a revelarnos  y realizar el proyecto de salvación del Padre, que es un proyecto de salvación del Padre, que es un proyecto de vida y de una vida que trasciende, la vida eterna.

3.- “Nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre… y nadie puede arrebatarlas de mano del Padre.  Estos versículos marcan un ritmo creciente en la intensidad de la pertenencia Cristo y al Padre: las ovejas, los creyentes, los discípulos que reciben la vida de Jesús están siempre en sus manos y por eso gozan de una seguridad perenne, el mismo Padre se los ha confiado. Se trata de afirmaciones que alientan a la comunidad cristiana que sigue estando sometida a la prueba por la persecución. Pertenecer a Jesús significa  pertenecer a Dios mismo, para siempre.

Y ¿cuales son las relaciones de las ovejas para con Jesús?

1.- “Escuchan mi voz”  no basta oír, es necesario que la palabra penetre dentro, provoque una decisión. Sólo escucha de verdad quien acepta el cambio, quien está dispuesto a traducir en los hechos, la palabra que se le ha dirigido. Una escucha que deje las cosas como están, constituye, sustancialmente, un rechazo a la Palabra.

2.- “Me conocen”  Entran en relación de vida con Cristo, en intimidad con Él.

3.-  “Me siguen” No se trata de seguir sólo un sentimiento, una idea, una doctrina, se trata de seguir a una persona, el camino de vida que Él nos ha trazado. De identificarse con Él, de configurarse con Él.

El domingo del Buen Pastor, partiendo del pequeño texto del capítulo 10 que leemos en el ciclo C que corresponde a este año, es una buena oportunidad para clarificar las relaciones de Cristo para con nosotros y de nosotros para con Él, renovando nuestra opción decidida como discípulos y seguidores de Jesús.