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martes, 21 de enero de 2014

Al encuentro con la Palabra


II Domingo Ordinario (Jn 1,29-34)
"Yo lo he visto y doy testimonio de que es el Hijo de Dios" 

Algunos ambientes cristianos del siglo I, tuvieron mucho interés en no ser confundidos con los seguidores del Bautista. La diferencia según ellos, era abismal. Los "bautistas" vivían de un rito externo que no transformaba a las personas: un bautismo de agua. Los "cristianos", por el contrario, se dejaban trasformar internamente por el Espíritu de Jesús. Espíritu que los ha de animar, impulsar y transformar.

De ahí que los evangelistas se esfuerzan por diferenciar bien el bautismo de Jesús del bautismo de Juan. El bautismo de Jesús sumerge a los suyos en el Espíritu Santo; es el "baño interior" que penetra, empapa y transforma el corazón de la persona; es fuente de vida nueva; es la recepción del Espíritu de amor, capaz de liberarnos de la cobardía y del egoísmo para abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo; es la recepción del Espíritu de conversión a Dios, capaz de hacernos vivir con sus criterios, actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia quienes viven sufriendo; es la recepción del Espíritu de renovación que crea en nosotros un corazón nuevo para crecer en la capacidad de ser más fieles al evangelio.

Llegar a afirmar con los labios que Jesús es el "Cordero de Dios", es comprometerse con el corazón para vivir con la convicción de que Jesus es el cordero que con el Amor y con su mansedumbre quita el pecado del mundo. Jesús nunca ha dejado de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres.

El evangelio pone a Jesús entre la gente, curaba a todos, enseñaba, rezaba. Pero, tan débil Jesús: como un cordero. Pero ha tenido la fuerza para cargar sobre sí todos nuestros pecados: todos. 

Jesús ha venido para para perdonar, para traer la paz en el mundo, pero primero en el corazón. Quizá cada uno de nosotros tiene una tormenta en el corazón, una oscuridad en el corazón, o se siente un poco triste por alguna culpa... Él ha venido a quitar todo eso. Él nos da la paz, Él lo perdona todo. "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado", ¡pero quita el pecado con la raíz y todo! Esta es la salvación de Jesús, con su amor y su mansedumbre. Al oír esto que dice Juan el Bautista , que da testimonio de Jesús como Salvador.

Gracias Padre de amor, porque nos muestras siempre formas nuevas para reconocer tu amor y mansedumbre en nuestra vida. Gracias porque en tu Hijo, nos concedes la gracia de liberarnos de nuestros pecados.  Que el Espíritu que descendió y se posó sobre Jesús, haga lo mismo en nosotros para crecer en la confianza en Jesús.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Al encuentro con la Palabra


La Sagrada Familia (Mt 2,13-15.19-23)
“Que todos seamos uno, así como Jesús y su Padre son uno”

 La fiesta de la Sagrada Familia es la fiesta de todas las familias, ya que toda familia es sagrada, por ser templo donde Dios-Amor comunica la vida por amor a través del amor de los padres, y donde en el amor enriquece la vida de los esposos y de los hijos con dones de Dios para usar, gozar, agradecer y compartir con gratitud y alegría.

 Jesús, el Hijo de Dios, quiso nacer en una familia, pues la familia unida en el amor es el ambiente privilegiado e insustituible para el desarrollo normal y el crecimiento sano y feliz de los hijos. Para la persona no existe bien humanamente más grande que un hogar donde el padre y la madre se aman, aman a sus hijos y son correspondidos.

 Jesús se dedica enteramente a que todos sientan a Dios como Padre y todos aprendan a vivir como hermanos. Este es el camino que conduce a la salvación del género humano.
 
Para algunos, la familia actual se está arruinando porque se ha perdido el ideal tradicional de “familia cristiana”. Para otros, cualquier novedad es un progreso hacia una sociedad nueva. Pero, ¿cómo es una familia abierta al proyecto humanizador de Dios? ¿Qué rasgos podríamos destacar?

 Amor entre los esposos. Es lo primero. El hogar está vivo cuando los padres saben quererse, apoyarse mutuamente, compartir penas y alegrías, perdonarse, dialogar y confiar el uno en el otro. La familia se empieza a deshumanizar cuando crece el egoísmo, las discusiones y malentendidos.

Relación entre padres e hijos. No basta el amor entre los esposos. Cuando padres e hijos viven enfrentados y sin apenas comunicación alguna, la vida familiar se hace imposible, la alegría desaparece, todos sufren. La familia necesita un clima de confianza mutua para pensar en el bien de todos.

 Atención a los más frágiles. Todos han de encontrar en su hogar acogida, apoyo y comprensión. Pero la familia se hace más humana sobre todo, cuando en ella se cuida con amor y cariño a los más pequeños, cuando se quiere con respeto y paciencia a los mayores, cuando se atiende con solicitud a los enfermos o discapacitados, cuando no se abandona a quien lo está pasando mal.

 Apertura a los necesitados. Una familia trabaja por un mundo más humano, cuando no se encierra en sus problemas e intereses, sino que vive abierta a las necesidades de otras familias: hogares rotos que viven situaciones conflictivas y dolorosas, y necesitan apoyo y comprensión; familias sin trabajo ni ingreso alguno, que necesitan ayuda material; familias de inmigrantes que piden acogida y amistad.

 Crecimiento de la fe. En la familia se aprende a vivir las cosas más importantes. Por eso, es el mejor lugar para aprender a creer en ese Dios bueno, Padre de todos; para conocer el estilo de vida de Jesús; para descubrir su Buena Noticia; para rezar juntos en torno a la mesa; para tomar parte en la vida de la comunidad de seguidores de Jesús. Estas familias cristianas contribuyen a construir ese mundo más justo, digno y dichoso querido por Dios. Son una bendición para la sociedad.
Dios y Padre nuestro, asiste a nuestra familia con la gracia de tu Espíritu y la presencia Hijo, para que en nuestros hogares, a ejemplo del hogar de Nazareth, cada uno de sus integrantes podamos escuchar tu voz, discernir tu palabra y vivir de acuerdo a tu voluntad.
 

lunes, 8 de abril de 2013

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Resurrección (Jn 20,1-10)
Estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro
            Los cuatro evangelios presentan a las mujeres que van al sepulcro vacío el primer día de la semana, pero sólo en Juan sucede que María Magdalena visita el sepulcro dos veces. La que presenta este texto, cumple principalmente la función de preparar el escenario para el relato de Simón Pedro y el Discípulo Amado.
            Los discípulos viven, antes de encontrar al Señor resucitado, el sufrimiento de la experiencia de ver la tumba vacía: constatan la ausencia del cuerpo de Jesús. Los relatos de la resurrección se abren con dos precisiones cronológicas: “El domingo” y “por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol” (v. 8). La expresión sugiere comienzo, nueva creación. El día inicial de una nueva semana, el domingo, verdadero día del Señor en que la fe amante, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina en la oscuridad y va más allá de la muerte.
            Pedro y Juan van al sepulcro para ver si es verdad la noticia que les ha traído María Magdalena (v. 2). Ambos, salen corriendo (vv. 3-4). Ella explicaba el sepulcro vacío por un robo (v. 2). Pedro y Juan observan un dato importante, que no favorece la interpretación de María Magdalena: los ladrones no se han llevado las mortajas. El sudario está separado de los otros lienzos (v. 7). Juan cree en la resurrección (v. 8). Son los ojos de la fe y la luz de la Palabra de Dios (v. 9) los que permiten ver la resurrección de Jesús en el sepulcro vacío.
            Jesús no siempre está en donde creemos que está, ni donde nos gustaría que esté, sino en donde Él se pone. No saber “dónde lo han puesto”, no es razón suficiente para desesperanzarnos, sino para seguir buscándolo. El sepulcro vacío, nos lanza a buscarlo siempre.
            Señor Jesús, conscientes de que somos tus discípulos, aún con todas las herramientas que hoy tenemos a la mano, nos sucede lo mismo que a los discípulos que, “hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos” (v. 9). Ayúdanos a ser testigos de tu resurrección, testigos de tu vivir en nuestro existir. Deseamos llevar a otros esta buena y gran noticia, a fin de que vivan en la esperanza.
            Creemos Señor Jesús, que nos amas sin límites y que te has comprometido con la humanidad hasta la muerte. Creemos, que estás con nosotros, alentándonos en nuestro empeño por encontrarte y amarte. Creemos que existen personas que, como María Magdalena, testimonian todavía hoy el atractivo de Cristo. Es en ella que descubrimos que:
El amor madruga más que el sol.
El amor es luz en la oscuridad.
El amor hace testigos de lo invisible, de lo “increíble”.
El amor no mide, derrocha.
El amor tiene bastante con amar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


V Domingo de Cuaresma (Jn 8, 1-11)
Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar
            Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a “proclamar la liberación de los cautivos... y dar libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.
            De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a “una mujer sorprendida en adulterio” (v. 3). No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: “La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?” (v. 5).
            La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?
            Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
            Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitan su perdón.
            Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (v.7). ¿Quiénes son ustedes para condenar a muerte a esa mujer, olvidando sus propios pecados y su necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
            Los acusadores “se van retirando uno tras otro” (v. 9). Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: “Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” (Jn 12,47).
            El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más” (v. 11).
            Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez 18,23; 33,11). De ahí que el discípulo esté invitado a una continua conversión como respuesta al amor y actuar de Jesús que no vino a condenar, sino a salvar a todos (Jn 3,17; 7,11).
            En este diálogo final se expresa el diálogo entre Dios y la humanidad. Una humanidad que Él creó y que ama profundamente. Que no condena a nadie, sino que extiende la mano para que pueda volver a empezar.
            Señor Jesús, deseamos vivir de acuerdo a tus enseñanzas, por ello nos acercamos a ti con los oídos abiertos y el corazón dispuesto. Levántanos Señor, que estamos sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo. Pareciera que vivimos a un tiempo muertos y vivos.
            Que el encuentro contigo nos transforme. Que nos esforcemos, para que junto con tu gracia, lleguemos a ser fiel imagen y semejanza del Padre que nos ha creado. Que nuestra fidelidad se llene de vida cada vez que nos encontremos contigo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Me levantaré, volveré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo
            Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa. Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado “reprimida” en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía “la parábola del hijo pródigo”, pero nunca la han escuchado en su corazón.
            Desde este texto, los publicanos eran rechazados y considerados pecadores por el pueblo en el tiempo de Jesús. Ellos son los que se acercan a Él para escucharlo (v. 1). Eso causaba el rechazo por parte de los fariseos y los escribas (v. 2), pues estaban convencidos de que comer con paganos o con pecadores era una fuente de impureza ritual. La actitud de estos estará retratada en la actitud del hijo mayor (v. 28).
            El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado” (vv. 24 y 32). Este grito revela lo que hay en su corazón de padre: un amor que hace que dé el perdón total y sin condiciones; que lo lleva a salir al encuentro de sus dos hijos (vv. 20 y 28).
            A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.
            El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre “lo vio” venir hambriento y humillado, y “se conmovió” hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
            Enseguida “echa a correr”. No es el hijo quien vuelve a casa (v. 20). Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. “Se le echó al cuello y se puso a besarlo” (v. 20). Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
            El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior (vv. 18 y 21). El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
            El padre solo piensa en la dignidad natural de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa como hijo esperado y querido (v. 22). Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor (v. 23). El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
            Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
¡Padre, he pecado contra el cielo y contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo!

Padre tú me has llamado, para seguir a tu hijo,
constantemente me equivoco, y en mi error no reflexiono.
Me siento cansado de vivir así.

Concédeme la gracia de la conversión,
que pueda tener la humildad suficiente,
quiero acercarme como los publicanos y pecadores para oír tu voz,
para confrontar mi vida con tu Palabra.

Concédeme escuchar en mi corazón tu voz:
“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado”

“Padre, deseo ser plenamente consciente de que SOY TU HIJO,
dame la fortaleza y sabiduría para DEJAR LA MUERTE,
anhelo de mi corazón y filiación es VOLVER A LA VIDA en tu vida.

¡Basta! ¡Quiero levantarme, ayúdame, Señor!
Ayúdame a caer en la cuenta de tu camino.
Dame tu luz para ver que estoy perdido,

domingo, 10 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra a su alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto
            Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia.
            Quienes en este texto hablan con Jesús tienen una determinada mentalidad sobre las desgracias; tanto la brutalidad atribuida a Pilato como el accidente de la torre de Siloé, se entendían como el castigo de parte de Dios por algún pecado anterior. En coherencia con esta mentalidad, se entendía que los que no han sufrido ninguna desgracia eran justos, por tanto, Dios no los castigaba. Sin embargo, la manera de actuar de Dios no pasa por castigar a unos, enviándoles desgracias, y premiar a otros, protegiéndoles de cualquier mal.
            En todo esto, Jesús, sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos. Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: “Conviértanse y crean en esta Buena Noticia”. Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.
            Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al “Reino de Dios”. Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde. Necesario es leer los acontecimientos de la historia, incluso los personales, con la intención de encontrar las causas y trabajar por cambiar.
            En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla. Con esta parábola, Jesús coloca ante la propia responsabilidad en la vida. Si no se da fruto, los que esperan, considerarán que la vida está muerta (v. 7).
            Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto. Pero ante una persona cuya vida no da “fruto” (vv. 6-7), Dios tiene una actitud de paciencia activa: sabe que, si se trabaja, si se cuida, si se ponen los medios para transformar, esa realidad estéril se puede convertir (v. 8).
            El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, “el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.
            Lo que necesitamos hoy en la Iglesia es una conversión profunda, un “corazón nuevo”, una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios. Tendremos que reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.
            Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.
            Padre nuestro, nos has creado con un potencial de fecundidad tan enorme que deseamos en corresponsabilidad responderte con generosidad. Te agradecemos, el que constantemente abones nuestra vida con el rocío de tu gracia, la fertilidad de tu Espíritu y la luz de tu Palabra. Concédenos, Padre generoso, ser tierra dócil a tu acción, de modo que puedas recibir de nosotros el fruto que esperas. Danos luz suficiente para cambiar nuestros pensamientos, nuestro obrar, nuestro corazón. De verdad Padre, no queremos seguir igual, desemos cambiar para dar lograr dar el fruto que de nosotros esperas. Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, guía y maestro.

viernes, 8 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV DOMINGO ORDINARIO (LC. 4, 21 -30)
¿No es este el hijo de José?,

El evangelio de hoy es continuación del de hace ocho días. El primer versículo de hoy es el último que leíamos hace una semana. El evangelista Lucas presenta la reacción de la gente de la sinagoga de Nazareth a la auto-aplicación que Jesús hace del texto de Isaías que acaba de leer “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” En Jesús se hace presente “hoy” la promesa de salvación de Dios que los profetas anunciaban para los “pobres, cautivos, ciegos y oprimidos”. Y de una primera aprobación y admiración “Todos daban su aprobación y admiraban la sabiduría que salían de sus labios”, se va a pasar a la duda, y ante el cuestionamiento que Jesús les hace a la ira y al rechazo total.
¿No es este el hijo de José?, la gente presente en la sinagoga expresa las dificultades que hay para aceptar y hallar en un hombre. Más aún, en un hombre que convivió con ellos, que fue un “hijo de vecino” como cualquier habitante de Nazareth. Y ante el cuestionamiento que Jesús les hace: “Seguramente me dirán aquel refrán, médico cúrate a ti mismo y haz aquí en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído has hecho en Cafarnaúm” añade una frase contundente que manifiesta la actitud de cerrazón a la que están llegando: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra”, y Jesús va todavía más a fondo en su cuestionamiento al recordarles la acción de Dios, que a lo largo de la historia del pueblo, ya se ha hecho presente entre los más desvalidos: viudas, leprosos, extranjeros. Recordando estos episodios en que los profetas Elías y Eliseo actúan a favor de personas extranjeras, Jesús manifiesta que su propia misión está destinada a todos los pueblos y no solo a Israel. También los paganos son llamados a participar del Reino y la salvación que ellos esperaban.
Este relato de la historia de la salvación es una denuncia y un cuestionamiento: que lástima que haya habido extranjeros que hayan aceptado y acogido la intervención de Dios, mejor que ellos. Y esto es difícil de aceptar a los judíos, los cuales entendían el ser pueblo escogido en un sentido restrictivo y exclusivista.
Todo este cuestionamiento provoca la indignación de los oyentes, cuya reacción violenta prefigura el rechazo de Cristo por parte del mundo judío. Y el final de esta escena nos anticipa la muerte y resurrección de Jesús.
¿Qué hay en el trasfondo del evangelio de hoy? Dos cosas que quisiera subrayar de una manera especial.
Primera.- La dificultad que hay para pasar del simple conocimiento humano al plano de la fe. Los habitantes de Nazareth conocieron a Jesús, convivieron con Él; era el hijo de José. Pero pasar a aceptar que en Él se cumple lo anunciado por los profetas, que es el “Ungido”, es decir el Mesías esperado, esto ya es más difícil. Los paisanos de Jesús no lograron dar el paso a la fe y menos cuando se sintieron tan fuertemente cuestionados. También nosotros hoy tenemos las mismas dificultades para dar ese paso.
Segundo.- La escena que se desarrolla en la sinagoga de Nazareth pone de manifiesto un rasgo esencial de la misión de Cristo: la universalidad. El viene para todos los pueblos. Jesús no puede ser acaparado por ningún pueblo.
Los paisanos de Jesús, después del primer movimiento de admiración y al ser fuertemente cuestionados, se vuelven furiosos cuando caen en la cuenta de que no pueden apropiárselo, utilizarlo en clave de exaltación del pueblo, del clan, del grupo. Jesús es una vez más es decepcionante respecto de ciertas expectativas. No se presta a hacer de soporte de una mentalidad exclusivista del privilegio.
¡Que lección para cualquier grupo que hoy quisiera hacer lo mismo con la persona y la misión de Jesús!

lunes, 22 de octubre de 2012

Al encuentro con la Palabra

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Domingo Mundial de las Misiones (Mt 28, 16-20)
“Y sepan que Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo
Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). En este día de modo muy especial, hacemos un acto de comunión en el que nos unimos con toda la Iglesia en la oración por su acción misionera en el mundo. Del mismo modo hacemos un acto de corresponsabilidad desde nuestra aportación económica en la colecta de todas las eucaristías de este domingo. Por tal motivo, se interrumpe la narración marcana que del Evangelio veníamos haciendo, para dejarnos enriquecer por el relato mateano.
Este pasaje, verdaderamente ofrece una serie de claves que recapitulan los temas más importantes del evangelio de Mateo.
La mención de Galilea entonces (v. 16), hace referencia inmediata al monte de las tentaciones (4, 8-10); al sermón de la montaña (5-7); y a la trasfiguración (17, 1-8). La mezcla de adoración y duda por parte de los discípulos (v. 17), refiere al dudar de Pedro sobre las aguas (14, 31). La frase “Yo estaré con ustedes” (v. 20), remite al Emmanuel, “Dios con nosotros” (2, 23); a la promesa de estar cuando se reúnen los discípulos (18, 20). Finalmente, la autoridad expresada por parte de Jesús, es un eco de la siguiente: “todo me ha sido entregado por mi Padre” (11, 27).
La resurrección marca una nueva etapa para los seguidores de Jesús. Su presencia perenne será distinta en medio de ellos. Es realmente significativo el envío que hace de sus discípulos. Ellos son ahora los responsables de la misión. La compañía de Jesús directa y efectiva es para siempre y para cualquier circunstancia. El envío misionero de Jesús, trasciende las fronteras temporales y personales de los “Once” (v. 16) y se extiende como invitación para con todo oyente o lector que participe de esta responsabilidad.
La misión es hacer discípulos, es decir, convencer a otros de que sean seguidores de Jesús, que se hagan sus discípulos, es animarlos para que se encuentren con Él (p. e. José de Arimatea; 27, 57). Así pues, el bautismo tiene un mayor sentido, ya que al no referirse a un sacramento tampoco requiere de un ministro específico. Por tanto, el hacer a otros partícipes de la vida de Dios implica de todos la propia responsabilidad.
La enseñanza de los que son enviados, implica un modo especial de enseñar. Se trata de compartir lo que Jesús compartió y de vivir como Jesús vivió. Esto parece estar fuera de las posibilidades humanas, sin embargo, es la permanencia de Jesús es la que evoca sus palabras y expresa su modo de vivir. En los discípulos son innegables las debilidades y las dudas, aún así, cuando crece la claridad para con la gran misión de la que se es parte, es la presencia del Señor Resucitado la certeza de la acción misionera del discípulo.
Señor Jesús, Tú nos has llamado para que estemos contigo y de ti aprendamos, ayúdanos a bien escuchar tus palabras, a guardarlas en nuestro corazón y a ponerlas en práctica. Te damos gracias por este don tan hermoso de hacernos parte de tu misión. Que sea nuestro modo de pensar, de actuar, de sentir, el grito ensordecedor que desde el silencio convoque a muchos hacia Ti. Que la certeza de tu presencia en nuestra vida, nos dé la seguridad para vencer nuestras dudas y titubeos que nuestros condicionamientos y debilidades provocan en nuestra misión, en tu misión.

domingo, 30 de septiembre de 2012

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XXVI Domingo Ordinario (Mc 10, 38-43.45.47-48)
Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí,  mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello,  y se le arrojase en el mar.
 A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a sus discípulos a vivir como él, al servicio del Reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, digna y dichosa, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que lo anima, su amor grande a los necesitados y la orientación profunda de su vida.
El relato marcano es muy iluminador. Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido “expulsando demonios” (v. 38). Se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y con paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en los que son curados. No les preocupa la gente, sino su prestigio. Su actuación les parece una intrusión.
Jesús reprueba la actitud de sus discípulos, rechaza su postura sectaria y excluyente y, se coloca en una lógica radicalmente diferente (v. 39). El ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante es que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, liberarle de todo aquello que lo esclaviza y destruye, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo. El mensaje de Jesús es claro: el que hace el bien, aunque no sea de los nuestros, está a favor nuestro (v. 40).
Para Jesús, lo primero dentro del grupo de sus seguidores es olvidarse de los propios intereses y ponerse a servir. No es fácil. Preocupa a Jesús que entre los suyos haya quien “escandalice a uno de estos pequeños que creen” (v. 42). El lenguaje de Jesús, al final del texto es fuerte. Está en juego “entrar en el Reino de Dios” o quedar excluido.
La incitación al pecado, o el “escándalo” (v. 42), que es referencia clara a acciones que hacen de obstáculo para vivir la voluntad de Dios como expresión de su reinado, será algo totalmente reprobado en el discípulo. Para expresar esto, Jesús emplea imágenes extremadamente duras (vv. 43-48). El lenguaje de Jesús es metafórico. La “mano” es símbolo de la actividad, del trabajo; los “pies”, pueden hacer daño si nos llevan por caminos contrarios a la entrega y el servicio; y los “ojos”, representan los deseos y aspiraciones de la persona.
Padre, deseamos vivir a ejemplo de Jesús nuestra filiación, queremos vivir tu voluntad y desde esta experiencia colaborar en la realización de tu reinado. Concédenos arrancar de nuestra vida, todo lo que sea obstáculo en el seguimiento fiel de tu Hijo. Verdaderamente anhelamos vivir como vivió Él. Inspirados en este evangelio te pedimos con nuestro corazón, saber utilizar nuestras manos, nuestros pies y nuestros ojos.
Que nuestras manos, no sean para herir, golpear, someter o humillar, sino para bendecir, ayudar, curar y tocar a los excluidos, renunciando así, a actuar en contra del estilo de Jesús. Que nuestros pies nos ayuden a estar cerca de los más necesitados, a salir en búsqueda de los que viven perdidos y nos sirvan para abandonar los caminos errados que no ayudan a nadie a seguir a Jesús. Que nuestros ojos, estén bien abiertos para mirar a las personas con el amor y la ternura con que las miraba Jesús; que verdaderamente aprendamos a mirar la vida de manera más evangélica.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXII Domingo Ordinario (Mc 7, 1-8.14-15.21-23)
Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que si lo mancha es lo que sale de dentro
            Como podemos comprobar, hoy retomamos la lectura del evangelio de Marcos, tal como íbamos haciendo en los domingos del presente año. Durante cinco domingos se interrumpió esa lectura y estuvimos recogiendo la reflexión que san Juan hace a partir del signo de la multiplicación de los panes y peces. Ahora nos resituamos, pues, en el ciclo B, el de Marcos.
            En el contexto marcano, es Jesús, el Buen Pastor, quien alimenta al desorientado y hambriento pueblo de Dios con su enseñanza y el pan que multiplica para todos (6, 34). Los escribas y fariseos hasta este momento, se han esmerado en alimentarlo con leyes y tradiciones que oprimen la vida, de esta “preocupación” nace su pregunta: ¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores? Ante esto Jesús, denuncia su hipocresía, y pone en evidencia su fingimiento de ser lo que no son, haciéndose con eso incapaces de trasmitir el amor de Dios. Ciertamente, son expertos en resquicios legales, y pensando que cumplen la voluntad de Dios se purifican por fuera, cuando lo que Dios quiere es la escucha atenta de su palabra y el amor al prójimo (Os 6,6). El que ama a Dios Padre no es quien lo dice (Is 29, 13; Mt 7, 21-23), sino quien lo busca y lo obedece, sirviendo al hermano, perdonándolo y amándolo de corazón.
            Un grupo de fariseos de Galilea se acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Los acompañan algunos escribas venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa. Conviene corregirla. En este texto del evangelio, el drama judicial alienta ya en estos primeros encuentros y se desarrollará primero como acusación y después como defensa, que se transformará en una requisitoria y en una condena. El imputado se convierte en acusador y los acusadores se encuentran de improviso en el banquillo de los acusados sin posibilidad de apelación.
            Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (v. 6). La denuncia que hace Jesús a los fariseos y escribas es la hipocresía, pues, no son lo que aparentan desde su modo de “cumplir” la ley. Cumplimiento externo, que no es garante de la fidelidad a la voluntad Yahvé con quien se ha pactado una alianza. Pues el culto que agrada a Dios nace del corazón, de la adhesión interior, de ese centro íntimo de la persona de donde nacen nuestras decisiones y proyectos.
            Jesús hace ver, que cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido: “Es inútil el culto que me rinden” (v. 7). De modo que la religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero donde faltan los frutos de una vida fiel a Dios.
            Ciertamente, en toda religión hay tradiciones que son “humanas”. Normas, costumbres, devociones que han nacido para vivir la religiosidad de una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien. Pero hacen mucho daño cuando nos distraes y alejan de la palaba de Dios. Todo esto es a lo que se refería Jesús citando al profeta Isaías: “Porque enseñas doctrinas que no son sino preceptos humanos” (v. 7). Cuando nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de desviarnos del seguimiento de Jesús, Palabra encarnada de Dios. Bien sabemos, que en la religión cristiana lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Sólo después vienen nuestras tradiciones humanas por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial.
            Padre nuestro, a Ti nos acercamos con el corazón que tenemos, repleto de sentimientos que nos esforzamos en reconocer y purificar a la luz de tu Palabra. Siendo tus hijos, reconocemos que muchas veces estamos lejos de ti con el corazón y no nos damos cuenta de que Tú estás siempre cerca de nosotros. Abre nuestro corazón a tu palabra y orienta nuestra vida según lo que te agrada. Que podamos caer en la cuenta de que el amor ‑y sólo el amor‑ nos hace puros. Jesús, Tú que eres el don del amor para la humanidad, “Tú eres nuestro Señor”.

martes, 28 de agosto de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXI Domingo Ordinario (Jn 6, 55.60-69)
Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios
            A lo largo de estos domingos, los interlocutores han sido los judíos. Ahora, después de la polémica con ellos, nosotros, junto con los discípulos de Jesús hemos escuchado el discurso del pan de vida. Hoy podemos distinguir que las resistencias de los judíos, son ahora las resistencias de los discípulos, pues “su modo de hablar es intolerable” (v. 60). Esto refleja dos cosas: que lo han comprendido, y que no quieren escucharlo. Esto, para el interlocutor le exige definir su opción: ser dócil al Espíritu para seguir a Jesús y vivir como él; o bien, abandonarlo y seguir viviendo de acuerdo a los propios razonamientos y encerrados en los propios criterios.
            Ciertamente para muchos de ellos ha resultado un escándalo que Jesús se presente a sí mismo como alguien mayor que Moisés y que la Ley. ¿Cómo va a superar Jesús el don del maná en el desierto? ¿Cómo puede decir que las antiguas tradiciones de Israel son ya caducas? Muy probablemente, muchos de ellos hubiesen preferido que las palabras de Jesús se adecuaran a sus propias expectativas, y se han cerrado al acontecer de Dios que les ha puesto delante de sí la posibilidad de abrirse a algo nuevo y liberador (“nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre” v. 65). Sin embargo, realmente parecen incapaces de modificar sus propios esquemas, por no querer renunciar a la seguridad de “lo de siempre”.
            La llamada de Dios es indistintamente para todos, pero la respuesta siempre es personal y tiene que ver con la experiencia de que “Él nos da vida”. La libertad en la opción, es expresada con claridad en el texto: “Jesús sabía desde el principio quienes no creían y quién lo habría de traicionar... Desde entonces, muchos discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él” (vv. 64.66). Sólo los doce, los verdaderos discípulos, representados en la persona de Pedro, dialogan desde la fe con Jesús, se arriesgan, dan confianza a sus palabras portadoras de vida eterna, mirándolo a los a los ojos sienten satisfecha su más profunda aspiración y optan conocerlo para seguirlo y vivir como vive Él.
            Ante la traición anunciada de uno y el abandono de otros, el evangelista coloca al final de este capítulo la profesión de fe de Pedro (cfr. vv. 68.69), expresada con dos verbos de gran fuerza en el texto juanino: creer y saber. Éstos expresan, el “estar bien convencidos”, el “tener la certezade que Jesús, es elSanto de Dios”; es afirmar que no es un charlatán, sino que realmente venía de Dios y pertenecía a Él. Esto es en definitiva, la opción personal y libre del auténtico discípulo de Jesús, que dócil al Espíritu de éste, se deja hacer para vivir como vivió Él.
            Padre nuestro, que el infinito amor que nos tienes lo podamos reconocer en Jesús, tu Hijo, de modo que nuestra relación con Él no sea algo superficial que nos lleve a seguirlo y responderte de igual manera; sino que por el contrario, al reconocer en Él palabras de vida, nosotros deseemos creer y saber más de Él, para que nuestra opción libre y personal por-con-en Él, rompa nuestras “seguridades y esquemas” para vivir como vivió Él. Padre, sabemos que para ti no hay imposibles, y Tú vas a completar en nosotros lo que ya has iniciado.

martes, 21 de agosto de 2012

Al encuentro con la Palabra


XX Domingo Ordinario (Jn 6, 51-58)
“Jesucristo entrega su vida para dar vida”

Seguimos leyendo el capítulo sexto de Juan, el discurso del Pan de Vida. En la primera parte del discurso, cuya parte leíamos hace ocho día, Jesús se presentaba como el “verdadero pan de vida” que el Padre no da y la insistencia era creer en Él, fe que es don que viene de Padre.

El domingo pasado terminaba con una frase que se repite al inicio del evangelio de hoy:  “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. Esta frase introduce la segunda parte del discurso que es una parte mas eucarística. El discurso se vuelve más sacrificial y eucarístico con respecto a la sección anterior. Se sigue ahondando en el tema del pan de vida pero con signos mas sacramentales.

No se trata solo de acoger la Palabra reveladora de Jesús que viene del Padre (creer en Él), sino de hacer sitio al misterio de su presencia, captada en su dimensión eucarística. Jesús es pan de vida no sólo en todo lo que hace y dice, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, ámbito de unidad y comunión profunda del creyente con Cristo. Veamos algunos elementos que nos introducen a esta dimensión.

La insistencia ya no pone Jesús en “el que viene a mi” o “cree en mi”, sino más explícitamente en “el que come”, verbo que sale varias veces en los vv 49-58. Además aparece también varias veces el binomio “carne-sangre”,  “símbolo del pan partido y sangre derramada” expresión que simboliza la donación de la vida de Cristo por la salvación del mundo.

Para el evangelista San Juan, la palabra “carne” no debe entenderse como la substancia del organismo humano, sino que indica la condición débil y mortal de la persona humana; por eso es la palabra elegida para afirmar el misterio de la encarnación: “..Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo mismo tenemos que decir de la palabra “sangre”, significa también el hombre entero, en su condición natural, terrena.

También significa la vida misma, de la que solo Dios puede disponer. Además cambia un poco el lenguaje, anteriormente en el v32, Jesús era el don dado por el Padre: “ es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo”, ahora Jesús se convierte en donante de su propio don. “El pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”

Por supuesto que la reacción de la muchedumbre ante esta revelación, es semejante, y diría yo, mayor que en la primera parte: “Entonces, los judíos se pusieron a discutir entre sí: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? El escándalo y el consiguiente rechazo va creciendo en intensidad.

Pero Jesús no da marcha atrás, vuelve con mayor fuerza a hacer el mismo planteamiento: “yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en Ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día y lo mismo repite el los versículos 56 al 58.

Las palabras “el pan que yo les daré es mi carne, para que el mundo tenga vida” que introducen el evangelio de hoy, son la cima de la revelación sobre Jesús- pan, e introducen una nueva idea: el pan se identifica con la humanidad de Jesús, que se sacrificará por la salvación de los hombres en la muerte de cruz.

Por lo tanto, “comer su carne” y “beber su sangre” será no solo entrar en el dinamismo de la fe acogiendo su Palabra y su persona, sino además entrar en el dinamismo de su Pascua, símbolo de una vida que se entrega por la salvación de todos. El cristiano, por lo mismo, no podrá prescindir de la Eucaristía  si realmente la ha descubierto como expresión de la fe y la vive impregnada de esa misma fe, que es conjunto de creencias sino la unión – o comunión – con Jesucristo que se da, que entrega su vida para dar vida.

domingo, 29 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra

XVII Domingo Ordinario (Jn 6, 1-15)
"Jesús es el único capaz de saciar el hambre de la humanidad"

Hace ocho días contemplábamos a Jesús, según el relato de Marcos, frente a una multitud que lo estaba esperando y cómo se compadeció de ellos, porque “andaban como ovejas sin pastor” y se puso a enseñarles muchas cosas. Siguiendo el relato del mismo evangelista viene la narración del milagro de la multiplicación de los panes. La liturgia nos introduce en la comprensión de este milagro pero en el Evangelio de Juan que viene en el capítulo 6, juntamente con el discurso del “Pan de Vida”.
Durante cinco domingos iremos reflexionando sobre el significado del milagro que en Juan tiene un trasfondo claramente Eucarístico. Se trata de un signo querido por el Maestro para revelarse a sí mismo como el nuevo “Pan de Vida”, único capaz de saciar las hambres de toda la humanidad. En el evangelio de hoy la liturgia centra nuestra atención en la narración del milagro. Hay elementos que sitúan desde un principio el significado del relato.
Jesús, en el marco de la Pascua judía, sube al monte con sus discípulos, seguido de la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que hace Jesús. Es Él quien toma la iniciativa de dar de comer a la muchedumbre, apareciendo de inmediato como el protagonista absoluto de la escena, consciente de sus acciones y de los motivos que la impulsan.
Aunque le hace una pregunta a Felipe para “ponerlo a prueba” “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” . Él, desconcertado responde que ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le toque un pedazo. Pero Andrés, el hermano de Simón Pedro tímidamente le dice: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados, pero, ¿qué es eso para tanta gente?. Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. Todos pues se sentaron ahí y tan solo los hombres eran unos cinco mil. Enseguida, tomó Jesús lo panes y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a lo que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescado todo lo que quisieron.
Dos cosas quisiera subrayar del relato del milagro de la multiplicación de los panes:
Primero.- el gesto del muchacho que tiene la valentía de poner sus cinco panes y sus dos pescados en las manos de Jesús y el milagro que se realiza. Dios actúa a través de mediaciones humanas. Ciertamente hay una desproporción entre la pequeñez de lo ofrecido y el resultado obtenido.
Jesús al multiplicar los cinco panes y los dos pescados ofrecidos por el muchacho, da una respuesta innovadora a las objeciones de Felipe y de Andrés sobre la falta de dinero y la escasez de alimento. Se trata de la respuesta del amor generoso, sobreabundante del Padre, que a partir de poco, de la debilidad humana ofrecida incondicionalmente y compartida, sacia las hambres que la humanidad padece.
¿Estoy dispuest@ a poner en juego mis “cinco panes y mis dos pescados” en la lucha contra las realidades humanas, que a pesar de tanto progreso, mantiene a gran parte de la humanidad que sufre bajo el umbral de la supervivencia física y de otros tipos de hambre: de reconocimiento, de justicia, de amor, de verdad, de acogida, de calidad de vida? ¿tengo el valor necesario para perder mis panes y mis peces y entregarlos al Señor para que puedan vivir muchos? Si es así, entonces podré experimentar el gusto de las cosas regaladas, el valor del dinero que no he acumulado, lo precioso del tiempo que he gastado con los otros, sentir el calor que he  encendido en un corazón, saborear la alegría que he difundido, la esperanza que he  distribuido, el consuelo que he dado. Dios estará saciando muchas hambres a través de mi pequeñez.
Segundo.- el otro aspecto es la incomprensión del signo que Jesús acaba de realizar. Y Jesús, dándose cuenta de que la gente quiere hacerlo rey se retira de nuevo  a la montaña Él solo. La multitud no ve más allá de su hambre materia que ha sido saciada. Cuando el hombre no deja espacio a la búsqueda sincera del don de Dios, no consigue leer los acontecimientos de su vida como Palabra de salvación y no se abre a la fe. Se queda solo en la lectura material de los acontecimientos.