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martes, 25 de febrero de 2014

Al encuentro con la Palabra


VI Domingo Ordinario (Mt 5, 17-37)
“No he venido a abolir la Ley y los Profetas; sino a darles plenitud”

Seguimos en el Sermón de la Montaña. Lo retomamos donde lo habíamos dejado el domingo pasado. Son las Bienaventuranzas las que iluminan el texto de hoy.

Hay dos versículos que nos dan la clave de interpretación del texto de este domingo y el siguiente. El primero es el versículo 17: “No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas; sino a darles plenitud”.

En más de una ocasión se acusa a Jesús y sus discípulos de no cumplir con la ley. Aquí el Señor responde con claridad que Él no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a llevarlos a plenitud, hasta sus últimas consecuencias. Lejos pues de desautorizar la Escritura, Jesús la valora insistentemente y nos lleva a su sentido más profundo. El otro versículo que es clave es el v20 “Les aseguro  que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos”

La palabra “justicia”, en la Escritura, no tiene el significado que le damos en nuestra cultura: dar a cada quien lo que corresponde. El hombre “justo” en la Sagrada Escritura, es el hombre que está en comunión con Dios y cumple su voluntad. Ser justo quiere decir cumplir fielmente la voluntad de Dios. Pero no basta con cumplirla en la letra, quedamos en la exterioridad de la ley. Sino superamos el cumplimiento meramente externo de la ley, no hemos entendido su sentido profundo, no hemos entrado en la dinámica del Reino, y por lo mismo, no cumplimos la voluntad del Padre. No hemos superado la “justicia” de los escribas y fariseos.

Anunciado este planteamiento, el Sermón de la Montaña plantea seis ejemplos a manera de antítesis; en ellos Jesús contrapone algunas sentencias significativas de la Ley de Moisés con normas de actuación. De este modo pretende ayudarnos a descubrir cuál es el contenido de fondo de la Ley.

La primera antítesis se refiere a “no matar”, presente en el decálogo y reinterpretado por Jesús, hay también otras maneras de matar; también la ira, el insulto, el desprecio, manifiestan un conflicto y un juicio que amenazan y trastornan la vida de la comunidad. Y todavía más, la autenticidad del culto se verificará según la capacidad de vivir reconciliados.

El adulterio también es sometido a consideración: la unión con la mujer de otro hombre, incluso antes de quebrantar el derecho del marido, tiene su raíz en el corazón, sede de los sentimiento profundos y de la personalidad moral del individuo. Por eso, quien “desea” en el sentido del verbo hebreo correspondiente, quiere adueñarse con violencia de algo que no le pertenece, ya cometió adulterio en su corazón.

Lo que viene después de “arrancarse el ojo” o “la mano”, por supuesto que no hay que entenderlo literalmente. El “ojo”  y la “mano” son el símbolo del deseo y la acción correspondiente; es decir, lo que hay que cortar es todo aquello que te lleva al pecado.

El tercer ejemplo que el Señor pone es sobre el divorcio y nos remite al texto de Dt 24, 1). Se trata del derecho que tenía el marido de repudiar a una mujer, es decir, de despedirla a su casa y oficializar el divorcio. En cambio, según la ley de Moisés, la mujer no tiene derecho a divorciarse de su marido. Jesús quiere ir a la raíz, no se contenta con resolver las cuestiones importantes de la vida por la vía legal, sino que antepone a todo la importancia del hecho y no deja de recordar las responsabilidades de los hombres, no tan contempladas en la Ley como las de las mujeres. Además, en otro texto (Mt 19, 1-9), Jesús remite al proyecto original de Dios.

La última antítesis hace referencia a los juramentos que pretenden implicar a Dios en nuestras afirmaciones. Pueden convertirse en una manipulación de Dios, cosa que los hombres han hecho y hacen a menudo. La exclusión de cualquier tipo de juramento, pretende desenmascarar la costumbre de abusar de la autoridad de Dios, y es una llamada a la verdad y a la sinceridad y un rechazo de cualquier forma de hipocresía.

¿Qué hay en el fondo del Evangelio de hoy? Jesús nos invita a entrar en el sentido profundo de la Ley; a no quedarnos en el cumplimiento externo y superficialidad. Para entrar en el Reino de los cielos, el Señor nos pide una justicia (cumplimiento de la voluntad de Dios) superior a la observancia mecánica y desencarnada; solicita una adhesión capaz de interiorizar la norma  y manifestar las verdaderas intenciones del corazón.

La nueva justicia no se volverá a medir más en términos “cuantitativos”, como observancia externa de unos preceptos; será valorada en virtud de la adhesión del corazón a las exigencias del Reino: el amor, el respeto, la libertad, la verdad....

lunes, 3 de febrero de 2014

Al encuentro con la Palabra


La presentación del Señor (Lc. 2, 22-40)
“Aquí vengo Señor para hacer Tu voluntad"

Celebramos hoy a los cuarenta días del nacimiento de Cristo, la fiesta de la presentación del Señor.  Siendo una fiesta Cristológica, prevalece sobre el domingo ordinario.
Esta es una fiesta evangélica de un gran significado Cristológico que tiene un triple contenido.
1.- Ante todo como “Presentación del Señor”, esta fiesta celebra la ofrenda de Jesús al Padre. Según el libro del Éxodo, todo primogénito varón pertenece al Señor y debe serle consagrado o bien rescatado mediante la ofrenda  de un sacrificio. Además el libro del Levítico prescribe un rito de purificación para la madre después del parto. María y José se atienen a estos preceptos y van al templo de Jerusalén para cumplir con estos mandatos y como son pobres, en vez de un cordero ofrecen simplemente un par de tórtolas.
La presentación de Jesús en el templo y su consagración a Dios, tiene un sentido mucho más profundo que el que marcaba la Ley. Es la consagración de Jesús al Padre, que la carta a los Hebreos interpreta maravillosamente cuando pone en boca de Jesús: “Por eso, al entrar en este mundo, dicen Cristo: no has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has dado un cuerpo; no has aceptado holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces yo dije: aquí vengo, ¡Oh Dios!, para hacer tu voluntad. Así está escrito de mi en un capítulo del libro”.
En la visita al templo de Jerusalén tienen lugar unos hechos sorprendentes que preludian el futuro. El protagonista es el anciano Simeón, “hombre justo y temeroso de Dios; en él mora el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor”. Movido por el mismo Espíritu reconoce en aquel niño en brazos de su madre al Mesías prometido y tomándolo en sus brazos bendijo a Dios diciendo: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, el que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”
María y José están sorprendidos por las palabras de Simeón y a la madre de Jesús le anuncia: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”. Se anuncia ya el misterio de la pasión, el misterio de la Pascua, y María íntimamente unida a la suerte y misión de su Hijo.
Aparece también otro personaje: Ana, de la tribu de Aser, mujer muy anciana, que se encuentra también con aquel niño y reconoce al Mesías prometido, “dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
2.- El segundo contenido de esta fiesta es el carácter mariano de la celebración. María aparece como la “portadora de Cristo Luz que alumbra a las naciones y gloria de su  pueblo Israel” El papel de María es darnos a Cristo, su Hijo, y además íntimamente unida al misterio y a la misión de su Hijo, al misterio de su Pascua, “y a ti una espada de dolor te atravesará el alma”.  María y José quedan sorprendidos por la palabra de Simeón, y sin entender del todo sus palabras en ese momento, las guardan en su corazón. Como fieles discípulos de su Hijo van descubriendo gradualmente iluminados por el Espíritu, su identidad y misión, y el papel que ellos desempeñarán el proyecto de salvación.
3.- Hay un tercer tema que también se descubre en el trasfondo de esta fiesta. Hoy es la fiesta de la Iglesia que sale al encuentro de su Señor, ya que el mismo Señor se ha dignado revivir al encuentro de su Iglesia. En este día somos invitados a reconocernos en Simeón y Ana como creyentes que impulsados por la fe, salen al encuentro de su Señor. la Bendición  y procesión de las candelas (velas) que hoy se realiza, quieren expresa esta realidad de fe. Encuentro que culmina en el reconocimiento y testimonio gozosos de Cristo como Salvador y luz de todas las naciones.
También hoy podemos preguntarnos si, como Simeón y Ana, verdaderamente lo esperamos, cómo lo esperamos y en que medida nos alimentamos durante el tiempo de la espera de la esperanza que defrauda, puesta ya en nosotros por el Espíritu, disponiéndonos con la oración y la confianza a dejarnos sorprender por la luz de Aquel que no sale al encuentro  y que como hizo a Simeón y Ana, nos revela en sentido pleno y verdadero de la vida.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Al encuentro con la Palabra


La Sagrada Familia (Mt 2,13-15.19-23)
“Que todos seamos uno, así como Jesús y su Padre son uno”

 La fiesta de la Sagrada Familia es la fiesta de todas las familias, ya que toda familia es sagrada, por ser templo donde Dios-Amor comunica la vida por amor a través del amor de los padres, y donde en el amor enriquece la vida de los esposos y de los hijos con dones de Dios para usar, gozar, agradecer y compartir con gratitud y alegría.

 Jesús, el Hijo de Dios, quiso nacer en una familia, pues la familia unida en el amor es el ambiente privilegiado e insustituible para el desarrollo normal y el crecimiento sano y feliz de los hijos. Para la persona no existe bien humanamente más grande que un hogar donde el padre y la madre se aman, aman a sus hijos y son correspondidos.

 Jesús se dedica enteramente a que todos sientan a Dios como Padre y todos aprendan a vivir como hermanos. Este es el camino que conduce a la salvación del género humano.
 
Para algunos, la familia actual se está arruinando porque se ha perdido el ideal tradicional de “familia cristiana”. Para otros, cualquier novedad es un progreso hacia una sociedad nueva. Pero, ¿cómo es una familia abierta al proyecto humanizador de Dios? ¿Qué rasgos podríamos destacar?

 Amor entre los esposos. Es lo primero. El hogar está vivo cuando los padres saben quererse, apoyarse mutuamente, compartir penas y alegrías, perdonarse, dialogar y confiar el uno en el otro. La familia se empieza a deshumanizar cuando crece el egoísmo, las discusiones y malentendidos.

Relación entre padres e hijos. No basta el amor entre los esposos. Cuando padres e hijos viven enfrentados y sin apenas comunicación alguna, la vida familiar se hace imposible, la alegría desaparece, todos sufren. La familia necesita un clima de confianza mutua para pensar en el bien de todos.

 Atención a los más frágiles. Todos han de encontrar en su hogar acogida, apoyo y comprensión. Pero la familia se hace más humana sobre todo, cuando en ella se cuida con amor y cariño a los más pequeños, cuando se quiere con respeto y paciencia a los mayores, cuando se atiende con solicitud a los enfermos o discapacitados, cuando no se abandona a quien lo está pasando mal.

 Apertura a los necesitados. Una familia trabaja por un mundo más humano, cuando no se encierra en sus problemas e intereses, sino que vive abierta a las necesidades de otras familias: hogares rotos que viven situaciones conflictivas y dolorosas, y necesitan apoyo y comprensión; familias sin trabajo ni ingreso alguno, que necesitan ayuda material; familias de inmigrantes que piden acogida y amistad.

 Crecimiento de la fe. En la familia se aprende a vivir las cosas más importantes. Por eso, es el mejor lugar para aprender a creer en ese Dios bueno, Padre de todos; para conocer el estilo de vida de Jesús; para descubrir su Buena Noticia; para rezar juntos en torno a la mesa; para tomar parte en la vida de la comunidad de seguidores de Jesús. Estas familias cristianas contribuyen a construir ese mundo más justo, digno y dichoso querido por Dios. Son una bendición para la sociedad.
Dios y Padre nuestro, asiste a nuestra familia con la gracia de tu Espíritu y la presencia Hijo, para que en nuestros hogares, a ejemplo del hogar de Nazareth, cada uno de sus integrantes podamos escuchar tu voz, discernir tu palabra y vivir de acuerdo a tu voluntad.
 

domingo, 17 de noviembre de 2013

Al encuentro con la Palabra


XXXIII DOMINGO ORIDINARIO
“Yo estaré con Ustedes hasta el último día”

Estamos ya al final del año litúrgico, que cierra el próximo domingo con la fiesta de Cristo Rey. Lucas, al igual que Marcos y Matero, terminan la enseñanza de Jesús con lo que conocemos como el discurso escatológico, es decir, el discurso que se refiere  al final de los tiempos y la segunda venida del Hijo del Hombre, el resucitado que viene a dar plenitud al proyecto de salvación que el Padre le encomendó. Pero lo hace con un lenguaje que se llama “apocalíptico” muy ajeno a nuestra cultura, pero que era propio a la cultura del pueblo de Israel. Lo importante es descubrir el mensaje que el Señor nos quiere dar a través de un lenguaje que es raro para nosotros.
El discurso escatológico es precedido por los comentarios que algunos hacían ponderando la solidez y la grandiosidad de la construcción del templo de Jerusalén y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, y el comentario que Jesús hace: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”. Palabras desconcertantes para sus oyentes.
El Templo, como espacio y lugar de encuentro del hombre con Dios y todo lo que significó en la historia del pueblo de Dios, ha dejado de tener sentido. Pasa lo “viejo” para cederle su lugar a lo “nuevo”, el nuevo templo, el nuevo espacio de encuentro del hombre con Dios es la humanidad de Jesús, nuevo templo de Dios.
A las preguntas de cuando tendrá lugar la catástrofe (la destrucción del templo) y cuál será el signo que la anuncie previamente, Jesús responde con un extenso discurso, el llamado “discurso escatológico”, porque se extiende hasta los acontecimientos últimos, que culminan con la venida del Hijo del Hombre.
Ciertamente las piedras del templo caerán bajo los golpes de las legiones romanas en el año 70, destrozando también la ciudad de Jerusalén.
La enseñanza de Jesús nos lleva a comprender que el final del templo no coincide con el final del tiempo ni con su segunda venida. Antes deben tener lugar diversos hechos, aparecerán falsos profetas que se harán pasar por el Mesías y anunciarán que el fin es inminente. Estallarán guerras y revueltas. Los desconciertos de la historia irán acompañados de calamidades (terremotos, carestías, pestes) y fenómenos extraordinarios (aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles que según la tradición apocalíptica, constituyen los signos que nos hablan del fin del tiempo presente. Pero Jesús insiste: “Cuídense que nadie los engañe… que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Además de los sufrimientos que afligirán a la humanidad, los discípulos serán objeto de persecución, tanto entre los judíos como entre los gentiles, y serán traicionados incluso por amigos y familiares. Algunos sufrirán muerte violenta.
¿Qué descubrimos en el trasfondo del evangelio de hoy?
Ante los profundos cambios socioculturales que se están produciendo en nuestros días y la crisis religiosa que sacude las raíces de nuestra fe cristiana, nos han de urgir a buscar en Jesús la luz y la fuerza que necesitamos para leer y vivir estos tiempos de manera lúcida y responsable. El evangelio de hoy nos lleva a descubrir varias llamadas:
Llamada al realismo. En ningún momento augura Jesús a sus seguidores un camino fácil de éxito y gloria. Al contrario, les da a entender que su largara historia estará  llena de dificultades y de luchas. El caminar de la Iglesia a través de los tiempos no será fácil. Pero, Él estará con nosotros, Él hace el camino con nosotros. Llamada al realismo, pero también a la esperanza.
Llamada a la vigilancia y al discernimiento. En momentos de crisis, desconcierto y confusión no es extraño que se escuchen mensajes y revelaciones proponiendo caminos nuevos de salvación. El discípulo de Cristo tendrá que tener una actitud de vigilancia y discernimiento para no dar crédito a mensajes ajenos al Evangelio, ni fuera ni dentro de la Iglesia.
Es la hora del testimonio. Los tiempos difíciles no han de ser tiempos para los lamentos o el desaliento. No es la hora de la resignación, la pasividad o el dar marcha atrás. En los tiempos difíciles “tendrán ocasión de dar testimonio”, no dice el Señor  Tiempos de reavivar la conciencia de ser testigos humildes pero conscientes de su persona y de su proyecto de salvación.
Finalmente, llamado a la perseverancia. “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” Es el momento de cultivar un estilo de vida cristiana perseverante y tenaz que nos ayude a responder a nuevos retos sin perder la paz ni la lucidez.





jueves, 28 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra

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II Domingo de Cuaresma (Lc 9, 28-36)
Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo
            Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente “La transfiguración del Señor”. Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una “teofanía” o revelación de Dios. Lucas, ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño y asombroso. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente “para orar” (v. 28), no para contemplar una transfiguración.
        La presencia del monte y de la oración es típica del evangelio lucano para expresar la importancia de lo que se nos va a revelar. La “montaña” (v. 28), como símbolo, es el lugar de la revelación de Dios y, por ello, lugar de oración (v. 28). Todo sucede durante la oración de Jesús: “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (v. 29). Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
        En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
        Aparecen Moisés y Elías ‑que representan la Ley y los Profetas, y por tanto, la antigua alianza‑ (v.30), conversando con Jesús acerca de su muerte en Jerusalén (v.31), lugar escogido por Dios para residir y desde donde se revelaría a todos los pueblos de la tierra; pero también, lugar donde Jesús entregará su vida, donde cumplirá la voluntad de Dios. Ellos ‑Moisés y Elías‑, son los testimonios de la veracidad en lo acontecido, pues por medio de la Ley y Profetas es como Dios se había manifestado anteriormente. Sin embargo, ahora se manifiesta en Jesús, el “Hijo” (v. 35), única y definitiva Palabra Dios.
        Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues se caían de sueño y solo al espabilarse” (v.32), captaron algo: la transfiguración de Jesús (v. 29), y la aparición de Moisés y Elías (vv. 30-31). Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que no sabía lo que decía” (v. 33).
        Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube (vv. 34-35), signo de la presencia misteriosa de Dios (Ex 40,35). Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, la voz que identifica a Jesús en su bautismo antes de iniciar su misión en Galilea (Lc 3,22), es la voz de Dios que ahora sale de la nube e identificando a su Hijo se dirige a los discípulos: Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo (v. 35). La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
        Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente “interiorizar” nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
         Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.
         Señor, que el sueño de nuestra condición humana no nos mantenga alejados de los hechos prodigiosos que realizas continuamente en nuestra vida. Que cuando estemos despiertos y logremos velar contigo, consigamos ver la transformación que tiene lugar en nuestro corazón, hasta el punto de reconocerte como presencia transfigurada y luminosa.
         Llévanos, contigo, al monte de la oración, Señor, y concede a nuestra vida cansada y adormecida la capacidad de contemplarte en la gloria del Padre.

martes, 19 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


I Domingo de Cuaresma (L 4, 1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto
Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas y tensiones que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos. Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
Lucas describe el comienzo de la actividad de Jesús siguiendo el modelo del comienzo de la historia del pueblo de Israel, según el libro del Éxodo. El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto. El pueblo de Israel, que es llamado “el hijo de Dios” (Ex 4,22-23), fue conducido por Dios al desierto donde fue tentado durante cuarenta años (Dt 8,2).
La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Lucas no se contenta con indicar que Jesús tiene el Espíritu Santo, sino que también es conducido por Él en y por el desierto (v. 1).
En el desierto, que es lugar de prueba, discernimiento y de encuentro con Dios, Jesús es tentado por el demonio, “el que divide” (v. 2), éste es el enemigo que desde el principio, ha tentado al hombre para alejarle de la voluntad de Dios y llevarle así a la ruina y a la muerte (cf. G 2; Sb 3,4). Es necesario entender que las tentaciones no aparecen una sola vez, están a lo largo de toda la vida y quizás, en los momentos decisivos (Lc 11,16; 22,3; 23,36-37; Jn 8,6). Por esto la indicación “durante cuarenta días” debe entenderse como un número redondo que indica un tiempo amplio y que, al menos en Lucas, parece abarcar el tiempo de las tentaciones y la guía del Espíritu.
Tanto la primera como la última tentación, inician con una condición “si tú eres el Hijo de Dios…” (vv. 3.9); el tentador sabe que Jesús es el Hijo de Dios pero lo invita a que lo demuestre de modo inadecuado, contrario al plan de Dios. En realidad las tres tentaciones no son sólo lo que aparta de Dios, sino lo que elimina la auténtica humanidad. En el fondo, son una invitación a querer ser persona pero de modo inadecuado.
La primera tentación (v. 3) es la de actuar sin obedecer al Padre. La voluntad del Padre es que el “Hijo” recorra el camino de la humanidad. “El que separa”, se apoya en la necesidad de Jesús, extenuado por el largo ayuno; le sugiere que se sirva de sus poderes sobrehumanos en su propio beneficio. Jesús, siendo fiel al designio del Padre, responde (v. 4) que el auténtico alimento es cumplir dicha voluntad (lo hace citando Dt 8,3, donde se expresa la necesidad que tiene la humanidad de la Palabra que sale de la boca del Señor). Cumplir la voluntad del Padre –ser hombre con todas las consecuencias– es lo único que puede identificar a Jesús como “Hijo de Dios”. Comer es importante pero el ser humano es más que eso; las personas son mucho más que esponjas que consumen alimento.
El pasaje del Deuteronomio (8,3) refiere la experiencia vivida por Israel durante el éxodo, a través del desierto, cuando suspiraba por las ollas de carne y el pan que podía comer en Egipto, llevándolo a murmurar contra Moisés y Aarón (Ex 16; Nm 11,7-8); el pueblo quería alimentarse sin importarle el precio o las consecuencias de esta búsqueda de hartura
La segunda tentación (vv. 5-7) consiste en la búsqueda del poder y la riqueza, en creer que se puede ser señor del mundo y de las cosas, y que se puede estar por encima de los demás. El poder que abusa de otros no viene de Dios sino del diablo; él es su dueño y puede engañarlo a quien quiera, pero a un precio muy alto: que lo adoren y lo sirvan. “El que divide”, quiere empujar a Jesús hacia un mesianismo temporal, de carácter político. Se trata de adorar (v. 7) el poder con la adoración que sólo Dios, como único Señor del mundo, merece. Jesús responde (v. 8) con un convencimiento fuerte al mismo tiempo que profundo: quien adora realmente a Dios tendrá ganas de servir a los demás y no de aprovecharse de ellos. Jesús rinde adoración al único Señor de todo (Dt 6, 13), el único que está realmente por encima y que, sin embargo, ha venido a ponerse debajo de todos (Lc 12,37; Fl 2,6-11).
La tercera tentación (vv. 9-11) es la que se produce cuando dudamos si Dios está o no con nosotros: tentar a Dios, exigirle señales espectaculares para mostrar que está presente. Se trata de forzar a Dios para que actúe al capricho del diablo. En este caso el diablo manipula la Biblia (Sl 91,11.12), se muestra muy astuto. Jesús (v. 12) no pide ningún signo porque Dios está con Él (Dt 6,16). Esta tercera tentación nos hace contemplar a Jesús al final de su camino, en “Jerusalén” (v. 9), donde con su muerte y resurrección –Pascua– superará definitivamente la prueba del tentador y mostrará plenamente su obediencia al Padre (Lc 23,46).
En la vida estamos constantemente sometidos a pruebas. También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo, y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
Hoy también se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener, como sea, el poder. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
Finalmente, caemos en la cuenta que nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Sólo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta su Amor a todos sus hijos.
Padre, tú que nos llenas del don de tu Espíritu, concédenos docilidad al mismo, para que en el caminar de nuestra vida cristiana, se alimente nuestra fe, aumente nuestra esperanza y se refuerce la caridad. Que nuestro pan, sea tu Palabra y tu Hijo; nuestro poder, la capacidad de servirte en las personas; y nuestra sencillez ante tu grandeza, tu gloria.

lunes, 22 de octubre de 2012

Al encuentro con la Palabra

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Domingo Mundial de las Misiones (Mt 28, 16-20)
“Y sepan que Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo
Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). En este día de modo muy especial, hacemos un acto de comunión en el que nos unimos con toda la Iglesia en la oración por su acción misionera en el mundo. Del mismo modo hacemos un acto de corresponsabilidad desde nuestra aportación económica en la colecta de todas las eucaristías de este domingo. Por tal motivo, se interrumpe la narración marcana que del Evangelio veníamos haciendo, para dejarnos enriquecer por el relato mateano.
Este pasaje, verdaderamente ofrece una serie de claves que recapitulan los temas más importantes del evangelio de Mateo.
La mención de Galilea entonces (v. 16), hace referencia inmediata al monte de las tentaciones (4, 8-10); al sermón de la montaña (5-7); y a la trasfiguración (17, 1-8). La mezcla de adoración y duda por parte de los discípulos (v. 17), refiere al dudar de Pedro sobre las aguas (14, 31). La frase “Yo estaré con ustedes” (v. 20), remite al Emmanuel, “Dios con nosotros” (2, 23); a la promesa de estar cuando se reúnen los discípulos (18, 20). Finalmente, la autoridad expresada por parte de Jesús, es un eco de la siguiente: “todo me ha sido entregado por mi Padre” (11, 27).
La resurrección marca una nueva etapa para los seguidores de Jesús. Su presencia perenne será distinta en medio de ellos. Es realmente significativo el envío que hace de sus discípulos. Ellos son ahora los responsables de la misión. La compañía de Jesús directa y efectiva es para siempre y para cualquier circunstancia. El envío misionero de Jesús, trasciende las fronteras temporales y personales de los “Once” (v. 16) y se extiende como invitación para con todo oyente o lector que participe de esta responsabilidad.
La misión es hacer discípulos, es decir, convencer a otros de que sean seguidores de Jesús, que se hagan sus discípulos, es animarlos para que se encuentren con Él (p. e. José de Arimatea; 27, 57). Así pues, el bautismo tiene un mayor sentido, ya que al no referirse a un sacramento tampoco requiere de un ministro específico. Por tanto, el hacer a otros partícipes de la vida de Dios implica de todos la propia responsabilidad.
La enseñanza de los que son enviados, implica un modo especial de enseñar. Se trata de compartir lo que Jesús compartió y de vivir como Jesús vivió. Esto parece estar fuera de las posibilidades humanas, sin embargo, es la permanencia de Jesús es la que evoca sus palabras y expresa su modo de vivir. En los discípulos son innegables las debilidades y las dudas, aún así, cuando crece la claridad para con la gran misión de la que se es parte, es la presencia del Señor Resucitado la certeza de la acción misionera del discípulo.
Señor Jesús, Tú nos has llamado para que estemos contigo y de ti aprendamos, ayúdanos a bien escuchar tus palabras, a guardarlas en nuestro corazón y a ponerlas en práctica. Te damos gracias por este don tan hermoso de hacernos parte de tu misión. Que sea nuestro modo de pensar, de actuar, de sentir, el grito ensordecedor que desde el silencio convoque a muchos hacia Ti. Que la certeza de tu presencia en nuestra vida, nos dé la seguridad para vencer nuestras dudas y titubeos que nuestros condicionamientos y debilidades provocan en nuestra misión, en tu misión.

lunes, 15 de octubre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXVIII Domingo Ordinario (Mc 10, 17-30)
Es imposible para los hombres, más no para Dios. Para Dios todo es posible
            Jesús sigue de camino hacia Jerusalén junto con sus discípulos, y sabemos que de camino, Él los va instruyendo (v. 31). Sucede que al salir al camino un hombre se le acerca a Jesús (v. 17), éste tiene una intención que pone al descubierto inmediatamente, busca normas de comportamiento –“¿qué haré?”‑ para merecer –“heredar”‑ “la vida eterna”. Eso es lo que le importa. No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Seguramente, todo lo tiene resuelto. Teniendo en cuenta que en el mundo judío del tiempo de Jesús, tener riqueza material era un signo de la bendición de Dios, pareciera que este hombre quiere ser amo de la vida eterna del mismo modo que es amo de muchos bienes al ser “muy rico” (v. 22).
            Sin embargo el relato marcano, presenta a este hombre como alguien que quiere ser fiel a la voluntad de Dios (v. 20). Jesús lo valora. Ciertamente, los mandamientos que le prohíben actuar contra el prójimo (v. 19) éste hombre los vive desde pequeño (v. 20), y serán pistas que le conduzcan a la vida eterna (Ex 20, 12; Dt 5, 16), pero no para merecer nada.
            Jesús, después de mirarlo con amor, le hace el mayor regalo que puede hacer: le invita a seguirle, a ir con Él (v. 21). Esto implicará, “desprenderse de todos sus bienes” (v. 22). Dar las riquezas a los pobres (v. 21), es darles lo que les pertenece. Por ésta acción no se gana la vida eterna. La salvación no se compra ni es una conquista humana, ésta es un don de Dios. De ahí que, para la persona les es imposible salvarse, pero para Dios es posible (v. 27). Éste hombre es bueno, pero vive apegado a su riqueza. Se siente incapaz, necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin sus riquezas. Su dinero está por encima de todo, y por él, renuncia a seguir a Jesús.
            “Para quienes lo han dejado todo” (v. 28), el seguimiento implica rupturas con el propio proyecto de vida (propiedad, familia, profesión). Si recordamos el modo de comprender y vivir de la familia en el tiempo de Jesús, esto es más comprensible. Ser parte de una familia era: el modo de participar en la sociedad y ganarse el prestigio de la misma; garantizar el acceso a Dios; la posibilidad de ayuda y solidaridad de los demás parientes. Para muchos hombres, abandonar el hogar paterno, tenía como recompensa otra nueva familia, o bien, nueva casa, familiares y campos. Su ideal era convertirse en padres de familia. Ésta era la figura más importante, pues su autoridad, casi absoluta, le convertía en dueño de la casa o familia; era como el jefe de Estado pero en la familia; tenía derecho de desheredar a los hijos y hasta de condenarlos a muerte.
            En la familia de Jesús, será distinto. La figura paterna es Dios. Los discípulos tendrán que comprender una nueva forma de vivir la experiencia de familia. Ésta consistirá en experiencia de comunidad de hermanos. Son ellos quienes han de organizar la vida de la comunidad familiar creando un nuevo tipo de relaciones humanas.
            Después de todo lo anterior, podemos recoger algunos elementos que nos ayudan a identificar la respuesta de Jesús a la pregunta inicial:¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” (v. 17). Desde el mismo evangelio podemos distinguir lo siguiente, no como pasos para obtener meritoriamente la eternidad de la vida, sino a modo de respuesta como elementos constitutivos del verdadero discípulo de Jesús: vivir los mandamientos de la Ley del Amor; en todo ser y hacer con libertad de apegos; seguir a Jesús y vivir como Él; reconocer y confiar que la salvación es una acción que depende absolutamente del Padre, para quien todo es posible.
            Padre de todos, en el encuentro con tu Hijo desde el evangelio de este domingo, caemos en la cuenta que no podemos permanecer indiferentes. Es necesario pasar de la experiencia estéril y empobrecedora de “cumplirte”, a la experiencia enriquecedora de “seguirte”. Pasar del “cumplimiento” al “seguimiento”. De verdad que si los mandamientos no nos llevan a seguir y vivir como Jesús, nos empobrecen en un legalismo. Seguir a Jesús, nos ayuda a descubrir que la relación con Dios es relación con una persona y con las personas. Una relación que es gratuita y confiada. El seguimiento de Jesús, no es un mandamiento más. Jesús invita a pasar de la Ley del Amor, del hacer –“¿qué haré?”‑ al ser mismo del discípulo-misionero de Jesucristo ‑sígueme‑.
            Padre, que la vivencia de los mandamientos nos ayuden a permanecer fieles a tu amor. Que la libertad de apegos, favorezca la conciencia receptiva de tu Amor y nos comprometa responsablemente dentro la comunidad de hermanos en la que estamos insertados. Que nuestra pobreza humana, alcance toda su riqueza en el seguimiento de tu Hijo, al conducirnos para ser y vivir como Él. Para ser por Él, con Él y en Él, auténtica imagen y semejanza de Ti. Padre, queremos y deseamos que nos hagas partícipes de la vida eterna, don generoso y gratuito que expresa la inmensidad del Amor que nos tienes.

domingo, 29 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra

XVII Domingo Ordinario (Jn 6, 1-15)
"Jesús es el único capaz de saciar el hambre de la humanidad"

Hace ocho días contemplábamos a Jesús, según el relato de Marcos, frente a una multitud que lo estaba esperando y cómo se compadeció de ellos, porque “andaban como ovejas sin pastor” y se puso a enseñarles muchas cosas. Siguiendo el relato del mismo evangelista viene la narración del milagro de la multiplicación de los panes. La liturgia nos introduce en la comprensión de este milagro pero en el Evangelio de Juan que viene en el capítulo 6, juntamente con el discurso del “Pan de Vida”.
Durante cinco domingos iremos reflexionando sobre el significado del milagro que en Juan tiene un trasfondo claramente Eucarístico. Se trata de un signo querido por el Maestro para revelarse a sí mismo como el nuevo “Pan de Vida”, único capaz de saciar las hambres de toda la humanidad. En el evangelio de hoy la liturgia centra nuestra atención en la narración del milagro. Hay elementos que sitúan desde un principio el significado del relato.
Jesús, en el marco de la Pascua judía, sube al monte con sus discípulos, seguido de la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que hace Jesús. Es Él quien toma la iniciativa de dar de comer a la muchedumbre, apareciendo de inmediato como el protagonista absoluto de la escena, consciente de sus acciones y de los motivos que la impulsan.
Aunque le hace una pregunta a Felipe para “ponerlo a prueba” “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” . Él, desconcertado responde que ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le toque un pedazo. Pero Andrés, el hermano de Simón Pedro tímidamente le dice: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados, pero, ¿qué es eso para tanta gente?. Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. Todos pues se sentaron ahí y tan solo los hombres eran unos cinco mil. Enseguida, tomó Jesús lo panes y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a lo que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescado todo lo que quisieron.
Dos cosas quisiera subrayar del relato del milagro de la multiplicación de los panes:
Primero.- el gesto del muchacho que tiene la valentía de poner sus cinco panes y sus dos pescados en las manos de Jesús y el milagro que se realiza. Dios actúa a través de mediaciones humanas. Ciertamente hay una desproporción entre la pequeñez de lo ofrecido y el resultado obtenido.
Jesús al multiplicar los cinco panes y los dos pescados ofrecidos por el muchacho, da una respuesta innovadora a las objeciones de Felipe y de Andrés sobre la falta de dinero y la escasez de alimento. Se trata de la respuesta del amor generoso, sobreabundante del Padre, que a partir de poco, de la debilidad humana ofrecida incondicionalmente y compartida, sacia las hambres que la humanidad padece.
¿Estoy dispuest@ a poner en juego mis “cinco panes y mis dos pescados” en la lucha contra las realidades humanas, que a pesar de tanto progreso, mantiene a gran parte de la humanidad que sufre bajo el umbral de la supervivencia física y de otros tipos de hambre: de reconocimiento, de justicia, de amor, de verdad, de acogida, de calidad de vida? ¿tengo el valor necesario para perder mis panes y mis peces y entregarlos al Señor para que puedan vivir muchos? Si es así, entonces podré experimentar el gusto de las cosas regaladas, el valor del dinero que no he acumulado, lo precioso del tiempo que he gastado con los otros, sentir el calor que he  encendido en un corazón, saborear la alegría que he difundido, la esperanza que he  distribuido, el consuelo que he dado. Dios estará saciando muchas hambres a través de mi pequeñez.
Segundo.- el otro aspecto es la incomprensión del signo que Jesús acaba de realizar. Y Jesús, dándose cuenta de que la gente quiere hacerlo rey se retira de nuevo  a la montaña Él solo. La multitud no ve más allá de su hambre materia que ha sido saciada. Cuando el hombre no deja espacio a la búsqueda sincera del don de Dios, no consigue leer los acontecimientos de su vida como Palabra de salvación y no se abre a la fe. Se queda solo en la lectura material de los acontecimientos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Fiestas Patrias

En esta semana celebraremos nuestras fiestas patrias. Pongamos en manos de Dios a nuestra Nación, que ha sido lacerada por la violencia y la inseguridad, la corrupción y la injusticia, la muerte y el secuestro, la extorción, el desempleo y la delincuencia. Inspirados en el Evangelio de hoy, pidámosle a Dios que nos conceda, como ciudadanos y bautizados: Tener la certeza de que, la espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón; ser conscientes de que somos como bestias cuando matamos, como humanos cuando permanecemos obstinados en el odio y reflejo de Dios cuando perdonamos.