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lunes, 15 de octubre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXVIII Domingo Ordinario (Mc 10, 17-30)
Es imposible para los hombres, más no para Dios. Para Dios todo es posible
            Jesús sigue de camino hacia Jerusalén junto con sus discípulos, y sabemos que de camino, Él los va instruyendo (v. 31). Sucede que al salir al camino un hombre se le acerca a Jesús (v. 17), éste tiene una intención que pone al descubierto inmediatamente, busca normas de comportamiento –“¿qué haré?”‑ para merecer –“heredar”‑ “la vida eterna”. Eso es lo que le importa. No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Seguramente, todo lo tiene resuelto. Teniendo en cuenta que en el mundo judío del tiempo de Jesús, tener riqueza material era un signo de la bendición de Dios, pareciera que este hombre quiere ser amo de la vida eterna del mismo modo que es amo de muchos bienes al ser “muy rico” (v. 22).
            Sin embargo el relato marcano, presenta a este hombre como alguien que quiere ser fiel a la voluntad de Dios (v. 20). Jesús lo valora. Ciertamente, los mandamientos que le prohíben actuar contra el prójimo (v. 19) éste hombre los vive desde pequeño (v. 20), y serán pistas que le conduzcan a la vida eterna (Ex 20, 12; Dt 5, 16), pero no para merecer nada.
            Jesús, después de mirarlo con amor, le hace el mayor regalo que puede hacer: le invita a seguirle, a ir con Él (v. 21). Esto implicará, “desprenderse de todos sus bienes” (v. 22). Dar las riquezas a los pobres (v. 21), es darles lo que les pertenece. Por ésta acción no se gana la vida eterna. La salvación no se compra ni es una conquista humana, ésta es un don de Dios. De ahí que, para la persona les es imposible salvarse, pero para Dios es posible (v. 27). Éste hombre es bueno, pero vive apegado a su riqueza. Se siente incapaz, necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin sus riquezas. Su dinero está por encima de todo, y por él, renuncia a seguir a Jesús.
            “Para quienes lo han dejado todo” (v. 28), el seguimiento implica rupturas con el propio proyecto de vida (propiedad, familia, profesión). Si recordamos el modo de comprender y vivir de la familia en el tiempo de Jesús, esto es más comprensible. Ser parte de una familia era: el modo de participar en la sociedad y ganarse el prestigio de la misma; garantizar el acceso a Dios; la posibilidad de ayuda y solidaridad de los demás parientes. Para muchos hombres, abandonar el hogar paterno, tenía como recompensa otra nueva familia, o bien, nueva casa, familiares y campos. Su ideal era convertirse en padres de familia. Ésta era la figura más importante, pues su autoridad, casi absoluta, le convertía en dueño de la casa o familia; era como el jefe de Estado pero en la familia; tenía derecho de desheredar a los hijos y hasta de condenarlos a muerte.
            En la familia de Jesús, será distinto. La figura paterna es Dios. Los discípulos tendrán que comprender una nueva forma de vivir la experiencia de familia. Ésta consistirá en experiencia de comunidad de hermanos. Son ellos quienes han de organizar la vida de la comunidad familiar creando un nuevo tipo de relaciones humanas.
            Después de todo lo anterior, podemos recoger algunos elementos que nos ayudan a identificar la respuesta de Jesús a la pregunta inicial:¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” (v. 17). Desde el mismo evangelio podemos distinguir lo siguiente, no como pasos para obtener meritoriamente la eternidad de la vida, sino a modo de respuesta como elementos constitutivos del verdadero discípulo de Jesús: vivir los mandamientos de la Ley del Amor; en todo ser y hacer con libertad de apegos; seguir a Jesús y vivir como Él; reconocer y confiar que la salvación es una acción que depende absolutamente del Padre, para quien todo es posible.
            Padre de todos, en el encuentro con tu Hijo desde el evangelio de este domingo, caemos en la cuenta que no podemos permanecer indiferentes. Es necesario pasar de la experiencia estéril y empobrecedora de “cumplirte”, a la experiencia enriquecedora de “seguirte”. Pasar del “cumplimiento” al “seguimiento”. De verdad que si los mandamientos no nos llevan a seguir y vivir como Jesús, nos empobrecen en un legalismo. Seguir a Jesús, nos ayuda a descubrir que la relación con Dios es relación con una persona y con las personas. Una relación que es gratuita y confiada. El seguimiento de Jesús, no es un mandamiento más. Jesús invita a pasar de la Ley del Amor, del hacer –“¿qué haré?”‑ al ser mismo del discípulo-misionero de Jesucristo ‑sígueme‑.
            Padre, que la vivencia de los mandamientos nos ayuden a permanecer fieles a tu amor. Que la libertad de apegos, favorezca la conciencia receptiva de tu Amor y nos comprometa responsablemente dentro la comunidad de hermanos en la que estamos insertados. Que nuestra pobreza humana, alcance toda su riqueza en el seguimiento de tu Hijo, al conducirnos para ser y vivir como Él. Para ser por Él, con Él y en Él, auténtica imagen y semejanza de Ti. Padre, queremos y deseamos que nos hagas partícipes de la vida eterna, don generoso y gratuito que expresa la inmensidad del Amor que nos tienes.

domingo, 30 de septiembre de 2012

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XXVI Domingo Ordinario (Mc 10, 38-43.45.47-48)
Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí,  mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello,  y se le arrojase en el mar.
 A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a sus discípulos a vivir como él, al servicio del Reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, digna y dichosa, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que lo anima, su amor grande a los necesitados y la orientación profunda de su vida.
El relato marcano es muy iluminador. Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido “expulsando demonios” (v. 38). Se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y con paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en los que son curados. No les preocupa la gente, sino su prestigio. Su actuación les parece una intrusión.
Jesús reprueba la actitud de sus discípulos, rechaza su postura sectaria y excluyente y, se coloca en una lógica radicalmente diferente (v. 39). El ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante es que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, liberarle de todo aquello que lo esclaviza y destruye, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo. El mensaje de Jesús es claro: el que hace el bien, aunque no sea de los nuestros, está a favor nuestro (v. 40).
Para Jesús, lo primero dentro del grupo de sus seguidores es olvidarse de los propios intereses y ponerse a servir. No es fácil. Preocupa a Jesús que entre los suyos haya quien “escandalice a uno de estos pequeños que creen” (v. 42). El lenguaje de Jesús, al final del texto es fuerte. Está en juego “entrar en el Reino de Dios” o quedar excluido.
La incitación al pecado, o el “escándalo” (v. 42), que es referencia clara a acciones que hacen de obstáculo para vivir la voluntad de Dios como expresión de su reinado, será algo totalmente reprobado en el discípulo. Para expresar esto, Jesús emplea imágenes extremadamente duras (vv. 43-48). El lenguaje de Jesús es metafórico. La “mano” es símbolo de la actividad, del trabajo; los “pies”, pueden hacer daño si nos llevan por caminos contrarios a la entrega y el servicio; y los “ojos”, representan los deseos y aspiraciones de la persona.
Padre, deseamos vivir a ejemplo de Jesús nuestra filiación, queremos vivir tu voluntad y desde esta experiencia colaborar en la realización de tu reinado. Concédenos arrancar de nuestra vida, todo lo que sea obstáculo en el seguimiento fiel de tu Hijo. Verdaderamente anhelamos vivir como vivió Él. Inspirados en este evangelio te pedimos con nuestro corazón, saber utilizar nuestras manos, nuestros pies y nuestros ojos.
Que nuestras manos, no sean para herir, golpear, someter o humillar, sino para bendecir, ayudar, curar y tocar a los excluidos, renunciando así, a actuar en contra del estilo de Jesús. Que nuestros pies nos ayuden a estar cerca de los más necesitados, a salir en búsqueda de los que viven perdidos y nos sirvan para abandonar los caminos errados que no ayudan a nadie a seguir a Jesús. Que nuestros ojos, estén bien abiertos para mirar a las personas con el amor y la ternura con que las miraba Jesús; que verdaderamente aprendamos a mirar la vida de manera más evangélica.

martes, 28 de agosto de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXI Domingo Ordinario (Jn 6, 55.60-69)
Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios
            A lo largo de estos domingos, los interlocutores han sido los judíos. Ahora, después de la polémica con ellos, nosotros, junto con los discípulos de Jesús hemos escuchado el discurso del pan de vida. Hoy podemos distinguir que las resistencias de los judíos, son ahora las resistencias de los discípulos, pues “su modo de hablar es intolerable” (v. 60). Esto refleja dos cosas: que lo han comprendido, y que no quieren escucharlo. Esto, para el interlocutor le exige definir su opción: ser dócil al Espíritu para seguir a Jesús y vivir como él; o bien, abandonarlo y seguir viviendo de acuerdo a los propios razonamientos y encerrados en los propios criterios.
            Ciertamente para muchos de ellos ha resultado un escándalo que Jesús se presente a sí mismo como alguien mayor que Moisés y que la Ley. ¿Cómo va a superar Jesús el don del maná en el desierto? ¿Cómo puede decir que las antiguas tradiciones de Israel son ya caducas? Muy probablemente, muchos de ellos hubiesen preferido que las palabras de Jesús se adecuaran a sus propias expectativas, y se han cerrado al acontecer de Dios que les ha puesto delante de sí la posibilidad de abrirse a algo nuevo y liberador (“nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre” v. 65). Sin embargo, realmente parecen incapaces de modificar sus propios esquemas, por no querer renunciar a la seguridad de “lo de siempre”.
            La llamada de Dios es indistintamente para todos, pero la respuesta siempre es personal y tiene que ver con la experiencia de que “Él nos da vida”. La libertad en la opción, es expresada con claridad en el texto: “Jesús sabía desde el principio quienes no creían y quién lo habría de traicionar... Desde entonces, muchos discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él” (vv. 64.66). Sólo los doce, los verdaderos discípulos, representados en la persona de Pedro, dialogan desde la fe con Jesús, se arriesgan, dan confianza a sus palabras portadoras de vida eterna, mirándolo a los a los ojos sienten satisfecha su más profunda aspiración y optan conocerlo para seguirlo y vivir como vive Él.
            Ante la traición anunciada de uno y el abandono de otros, el evangelista coloca al final de este capítulo la profesión de fe de Pedro (cfr. vv. 68.69), expresada con dos verbos de gran fuerza en el texto juanino: creer y saber. Éstos expresan, el “estar bien convencidos”, el “tener la certezade que Jesús, es elSanto de Dios”; es afirmar que no es un charlatán, sino que realmente venía de Dios y pertenecía a Él. Esto es en definitiva, la opción personal y libre del auténtico discípulo de Jesús, que dócil al Espíritu de éste, se deja hacer para vivir como vivió Él.
            Padre nuestro, que el infinito amor que nos tienes lo podamos reconocer en Jesús, tu Hijo, de modo que nuestra relación con Él no sea algo superficial que nos lleve a seguirlo y responderte de igual manera; sino que por el contrario, al reconocer en Él palabras de vida, nosotros deseemos creer y saber más de Él, para que nuestra opción libre y personal por-con-en Él, rompa nuestras “seguridades y esquemas” para vivir como vivió Él. Padre, sabemos que para ti no hay imposibles, y Tú vas a completar en nosotros lo que ya has iniciado.

martes, 21 de agosto de 2012

Al encuentro con la Palabra


XX Domingo Ordinario (Jn 6, 51-58)
“Jesucristo entrega su vida para dar vida”

Seguimos leyendo el capítulo sexto de Juan, el discurso del Pan de Vida. En la primera parte del discurso, cuya parte leíamos hace ocho día, Jesús se presentaba como el “verdadero pan de vida” que el Padre no da y la insistencia era creer en Él, fe que es don que viene de Padre.

El domingo pasado terminaba con una frase que se repite al inicio del evangelio de hoy:  “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. Esta frase introduce la segunda parte del discurso que es una parte mas eucarística. El discurso se vuelve más sacrificial y eucarístico con respecto a la sección anterior. Se sigue ahondando en el tema del pan de vida pero con signos mas sacramentales.

No se trata solo de acoger la Palabra reveladora de Jesús que viene del Padre (creer en Él), sino de hacer sitio al misterio de su presencia, captada en su dimensión eucarística. Jesús es pan de vida no sólo en todo lo que hace y dice, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, ámbito de unidad y comunión profunda del creyente con Cristo. Veamos algunos elementos que nos introducen a esta dimensión.

La insistencia ya no pone Jesús en “el que viene a mi” o “cree en mi”, sino más explícitamente en “el que come”, verbo que sale varias veces en los vv 49-58. Además aparece también varias veces el binomio “carne-sangre”,  “símbolo del pan partido y sangre derramada” expresión que simboliza la donación de la vida de Cristo por la salvación del mundo.

Para el evangelista San Juan, la palabra “carne” no debe entenderse como la substancia del organismo humano, sino que indica la condición débil y mortal de la persona humana; por eso es la palabra elegida para afirmar el misterio de la encarnación: “..Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo mismo tenemos que decir de la palabra “sangre”, significa también el hombre entero, en su condición natural, terrena.

También significa la vida misma, de la que solo Dios puede disponer. Además cambia un poco el lenguaje, anteriormente en el v32, Jesús era el don dado por el Padre: “ es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo”, ahora Jesús se convierte en donante de su propio don. “El pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”

Por supuesto que la reacción de la muchedumbre ante esta revelación, es semejante, y diría yo, mayor que en la primera parte: “Entonces, los judíos se pusieron a discutir entre sí: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? El escándalo y el consiguiente rechazo va creciendo en intensidad.

Pero Jesús no da marcha atrás, vuelve con mayor fuerza a hacer el mismo planteamiento: “yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en Ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día y lo mismo repite el los versículos 56 al 58.

Las palabras “el pan que yo les daré es mi carne, para que el mundo tenga vida” que introducen el evangelio de hoy, son la cima de la revelación sobre Jesús- pan, e introducen una nueva idea: el pan se identifica con la humanidad de Jesús, que se sacrificará por la salvación de los hombres en la muerte de cruz.

Por lo tanto, “comer su carne” y “beber su sangre” será no solo entrar en el dinamismo de la fe acogiendo su Palabra y su persona, sino además entrar en el dinamismo de su Pascua, símbolo de una vida que se entrega por la salvación de todos. El cristiano, por lo mismo, no podrá prescindir de la Eucaristía  si realmente la ha descubierto como expresión de la fe y la vive impregnada de esa misma fe, que es conjunto de creencias sino la unión – o comunión – con Jesucristo que se da, que entrega su vida para dar vida.

martes, 14 de agosto de 2012

Al encuentro con la Palabra


XIX Domingo Ordinario (Jn 6, 41-51)
“… y el pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”

Continuamos leyendo el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, el discurso del “Pan de Vida”. El Evangelio del domingo pasado terminaba con la frase: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a mi no tendrá hambre, y el que cree en mi nunca tendrá sed” (Jn 6, 35), que introduce la primera parte, des discurso.
Viene después unos versículos (36-40) que son muy provocadores e interpeladores, en los que Jesús habla de su origen divino: Él es el pan de vida bajado del cielo, el que viene a Él no pasará hambre y el que cree en Él nunca pasará sed; y termina con esta palabras: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”  (v40)
La liturgia suprima estos versículos y empieza este domingo con las reacciones que provocan estos revelaciones. Estamos en la primera parte del discurso en el la idea central es Jesús es el verdadero pan de vida bajado del cielo, único pan capaz de dar una vida que se prolonga hasta la vida eterna. Pero, comer este pan es creer en Él. Él es la Palabra que deben creer para gustar la vida eterna. Pero las revelaciones de Jesús sobre su origen divino, provocan escándalos, disentimiento y protestas entre la muchedumbre, que se vuelve hostil y murmura contra el Maestro. “¿No es este, Jesús, el hijo de José?, ¿acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo? (v42) es demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Jesús. El conocimiento humano de Cristo se convierte en un obstáculo para entrar en la dimensión de la fe. Pretenden conocer el origen de Jesús, lo tienen encasillado en sus esquemas a los que ellos no quieren renunciar. 
Jesús con su respuesta, intenta evitar una discusión inútil con los que le escuchan y quiere ayudarlos a reflexionar sobre la dureza de su corazón. A continuación, enuncia las condiciones necesarias para creer en Él.
La primera es la de ser atraído por el Padre. “Nadie puede venir a mi si no lo atrae el Padre, que me ha enviado” (v44). La fe es un don de Dios, tiene su origen en el Padre, como el “enviado”. La atracción del Padre es un don hecho al hombre que empuja hacia Jesús al que lo recibe. La fe es acoger la persona de Jesús, no las creencia que nosotros mismos nos podamos construir. La segunda condición es la escucha del Padre que se manifiesta en el Hijo (v45). Estamos ante la enseñanza interior  del Padre y ante la enseñanza de la Palabra y la vida de Jesús. Para ser enseñados por el profeta de Nazaret es preciso ser instruidos por Dios. Escuchar a Jesús significa ser instruidos por el mismo Padre. Con la venida de Jesús, la salvación está abierta a todos, pero la condición esencial que se requiere es la de dejarse por el escuchando con docilidad su Palabra de vida.
En este punto del discurso, el texto presenta una nueva revelación, una revelación que ilumina el misterio: quien come a Jesús- pan no muere. “Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (vv 47-50)
Es preciso comer el pan vivo bajado del cielo para sobrevivir y entrar en comunión íntima con Jesús. la revelación divina consiste en el pan que contiene la eficacia de comunicar vida mas allá de la muerte. Es Jesús – pan de vida el que da la inmortalidad a quien se alimenta de Él, a quien interioriza su Palabra en la fe y asimila su vida.
La escucha interior de Jesús es alimentarse del pan celeste y saciar las hambres que todo hombre tiene en lo profundo del corazón. Y el Evangelio de hoy termina con una frase que forma parte e introduce la segunda parte del discurso “y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida” (v51), que es profundamente eucarística y que reflexionaremos el próximo domingo.

domingo, 29 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra

XVII Domingo Ordinario (Jn 6, 1-15)
"Jesús es el único capaz de saciar el hambre de la humanidad"

Hace ocho días contemplábamos a Jesús, según el relato de Marcos, frente a una multitud que lo estaba esperando y cómo se compadeció de ellos, porque “andaban como ovejas sin pastor” y se puso a enseñarles muchas cosas. Siguiendo el relato del mismo evangelista viene la narración del milagro de la multiplicación de los panes. La liturgia nos introduce en la comprensión de este milagro pero en el Evangelio de Juan que viene en el capítulo 6, juntamente con el discurso del “Pan de Vida”.
Durante cinco domingos iremos reflexionando sobre el significado del milagro que en Juan tiene un trasfondo claramente Eucarístico. Se trata de un signo querido por el Maestro para revelarse a sí mismo como el nuevo “Pan de Vida”, único capaz de saciar las hambres de toda la humanidad. En el evangelio de hoy la liturgia centra nuestra atención en la narración del milagro. Hay elementos que sitúan desde un principio el significado del relato.
Jesús, en el marco de la Pascua judía, sube al monte con sus discípulos, seguido de la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que hace Jesús. Es Él quien toma la iniciativa de dar de comer a la muchedumbre, apareciendo de inmediato como el protagonista absoluto de la escena, consciente de sus acciones y de los motivos que la impulsan.
Aunque le hace una pregunta a Felipe para “ponerlo a prueba” “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” . Él, desconcertado responde que ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le toque un pedazo. Pero Andrés, el hermano de Simón Pedro tímidamente le dice: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados, pero, ¿qué es eso para tanta gente?. Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. Todos pues se sentaron ahí y tan solo los hombres eran unos cinco mil. Enseguida, tomó Jesús lo panes y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a lo que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescado todo lo que quisieron.
Dos cosas quisiera subrayar del relato del milagro de la multiplicación de los panes:
Primero.- el gesto del muchacho que tiene la valentía de poner sus cinco panes y sus dos pescados en las manos de Jesús y el milagro que se realiza. Dios actúa a través de mediaciones humanas. Ciertamente hay una desproporción entre la pequeñez de lo ofrecido y el resultado obtenido.
Jesús al multiplicar los cinco panes y los dos pescados ofrecidos por el muchacho, da una respuesta innovadora a las objeciones de Felipe y de Andrés sobre la falta de dinero y la escasez de alimento. Se trata de la respuesta del amor generoso, sobreabundante del Padre, que a partir de poco, de la debilidad humana ofrecida incondicionalmente y compartida, sacia las hambres que la humanidad padece.
¿Estoy dispuest@ a poner en juego mis “cinco panes y mis dos pescados” en la lucha contra las realidades humanas, que a pesar de tanto progreso, mantiene a gran parte de la humanidad que sufre bajo el umbral de la supervivencia física y de otros tipos de hambre: de reconocimiento, de justicia, de amor, de verdad, de acogida, de calidad de vida? ¿tengo el valor necesario para perder mis panes y mis peces y entregarlos al Señor para que puedan vivir muchos? Si es así, entonces podré experimentar el gusto de las cosas regaladas, el valor del dinero que no he acumulado, lo precioso del tiempo que he gastado con los otros, sentir el calor que he  encendido en un corazón, saborear la alegría que he difundido, la esperanza que he  distribuido, el consuelo que he dado. Dios estará saciando muchas hambres a través de mi pequeñez.
Segundo.- el otro aspecto es la incomprensión del signo que Jesús acaba de realizar. Y Jesús, dándose cuenta de que la gente quiere hacerlo rey se retira de nuevo  a la montaña Él solo. La multitud no ve más allá de su hambre materia que ha sido saciada. Cuando el hombre no deja espacio a la búsqueda sincera del don de Dios, no consigue leer los acontecimientos de su vida como Palabra de salvación y no se abre a la fe. Se queda solo en la lectura material de los acontecimientos.

domingo, 22 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XVI Domingo Ordinario (Mc 6, 30-34)
Y se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor…”

El evangelio de hoy conecta con el evangelio del domingo pasado. Después de haber enviado a los discípulos en misión, Jesús los acoge a su regreso y los invita a una pausa de reflexión y repos en un lugar solitario, para que puedan fortalecerse y retomar energías físicas y espirituales. Se trata también de recoger la experiencia vivida; de seguro hay muchas cosas por comentar y compartir de parte de los discípulos, y otras por reflexionar y aprender de parte de Jesús con sus discípulos. Les invita, en suma, a unas “vacaciones” programadas, entendidas como suspensión de actividades habituales. Una experiencia de desierto que sea un momento de búsqueda de silencio que se convierta en reflexión, oración e intimidad.

Pero el proyecto original, parece que habrá que posponerse. La muchedumbre que sigue a Jesús, hambrienta de su palabra, no toma en cuenta las dificultades prácticas que pueden surgir, y por eso, se pone a buscar a Jesús siguiendo sus huellas, sin dejarse atraer o distraer por otra cosa: “La genta los vio irse y los reconoció ; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron” (v 33). La muchedumbre se presentó a la mirada de Jesús como un rebaño perdido y disperso por carecer de pastor y “sintió compasión de ellos” (v 34) (en el sentido literal: se le revolvieron las entrañas). Su conmoción es más que una instintiva reacción emotiva: el verbo griego expresa un profundo afecto de rasgos maternales. Jesús no permanece indiferente ante estos hombres y mujeres explotados por las políticas, despreciados por los intelectuales y abandonados por los sacerdotes. Sale a su encuentro y les hace escuchar una palabra que les conforta y un corazón que les ama. En realidad, el texto desarrolla más el símbolo del pastor solícito anunciado en la primera lectura de esta domingo tomada del libro del profeta Jeremías (23, 1-4)

Jesús, que ha venido para una misión universal, no se muestra contrariado por el imprevisto cambio de programa y dirige su solicitud a un grupo mas amplio que el de los discípulos. Jesús satisface en seguida el deseo de la muchedumbre que desea escucharle: “y se puso a enseñarles muchas cosas”

¿Qué hay en el fondo del evangelio de hoy? Hace ocho días comentábamos que la misión nos compete a todos. La Iglesia es una comunidad de “llamados” a seguir a Cristo, ser sus discípulos, y de “enviados” es decir, continuar su misión, recibida del Padre. Hay varias cosas que el grupo de los doce, y ahora nosotros tendremos que aprender y tomar en cuenta.

Primera. Los Apóstoles, a la vuelta de la primera misión, refieren a Jesús lo que han vivido. El enviado tiene que responder ante quien le ha enviado. No basta partir, reivindicar el origen divino de la propia autoridad, del encargo, hay que dar cuentas. Los doce refieren lo que han hecho, lo que han enseñado. Es decir, el referente de la misión será siempre Jesucristo, el que envía. También nosotros debemos estar dispuestos a contar a Jesús lo que hemos hecho, lo que hemos enseñado, lo que hemos vivido. Cristo desea cerciorarse de lo que hemos producido con nuestro trabajo, no por un afán fiscalizador, sino por una necesidad nuestra de relación y de confrontación con Él, pues Él será siempre nuestro referente porque Él es el que envía. Él será siempre nuestro modelo con el que constatemos la fidelidad de nuestro trabajo en la misión.

Segunda. Todo comienza por la compasión; el apóstol de Jesucristo tendrá que aprender, como el Apóstol Pablo, a revestirse de las entrañas de misericordia de Cristo. Dejarse tocar por las necesidades de los demás. En el evangelio de hoy, aparece la compasión del Maestro: por los discípulos y por la multitud privada de pastor. La compasión constituye el punto de partida de todo. Con la compasión sufro el cansancio del otro, la molestia del otro y las necesidades ajenas. La postura de Jesús revela, ante todo, su humanidad, su ternura, su sensibilidad, su delicadeza. Cristo pide todo a sus amigos, les impone una acción difícil y un camino áspero. No les ahorra fatigas, incomodidades, dificultades, y tampoco persecuciones. Pero Él mismo, camina siempre delante.

Tercera. Poner a Cristo siempre en el centro de la misión.  Es necesario consolidar la relación con Él para profundizar el sentido y garantizar la eficacia de la misión. El estar con Él es la manera más segura para no defraudar las esperanzas de la gente. Tenemos necesidad de retirarnos aparte con Cristo, sobre todo, cuando nos consideramos indispensables y nos acecha la tentación del protagonismo y de apropiarnos de algo que no nos pertenece: la eficacia de la misión.

Aparentemente el proyecto original de Jesús, cambió; pero los Apóstoles igualmente, tuvieron que aprender muchas cosas.

domingo, 24 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XII Domingo  Ordinario.- Natividad de San Juan Bautista (Lc. I, 57-60. 80)
“Y a ti niño, te llamará profeta del Altísimo”

La figura de Juan el Bautista es una figura clave en la Historia de la Salvación, es el profeta que cierra una etapa (la Antigua Alianza) y abre una nueva (la Nueva Alianza). Su misión fue dar testimonio de la luz en el umbral de los tiempos nuevos. Él es el “precursor” que viene a preparar el camino al Señor; él mismo se define como “la voz que grita en el desierto: preparen el camino del Señor” A Juan le tocará también presentar a Cristo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Mesías esperado y anunciado durante siglos. Cristo mismo destacará el papel incomparable del Bautista, cuando dijo: “Entre los nacidos de mujer, no hay ninguno que se pueda comparar con Juan el Bautista”.

De los demás santos, aparte de Jesús y de su Madre, celebramos sólo el día de su muerte; sin embargo de Juan, celebramos también el día de su nacimiento dada la importancia que tiene como enlace entre las dos Alianzas recalcada por el mismo Cristo y porque Dios lo llamó ya desde el seno materno para ser profeta.

Hay un paralelismo muy marcado en la narración que hace Lucas de la infancia de Cristo y de Juan. El evangelio de hoy relata el nacimiento, la circuncisión, la imposición del nombre y la presentación de Juan a la familia, a los vecinos y a todo Israel. Pero omite la profecía de Zacarías, el Benedictus.

El texto está lleno de datos que hablan de la singularidad de este nacimiento y la intervención especia de Dios: lo que el ángel había anunciado a Zacarías, se cumple ahora, la alegría de muchos ante el nacimiento del niño se le impone el nombre de Juan , contra toda la tradición familiar, Zacarías vuelve a hablar, el niño se llena del Espíritu Santo. Esto hace que toda la gente se pregunte “¿Qué va a ser de este niño?

En el nombre de Juan que significa “Dios ha mostrado su misericordia”, se expresa la presencia de la misericordia divina, tanto a favor de Isabel como de todo el pueblo de Israel por la misión que este niño desempeñará como precursor del Mesías.

Contemplando la narración del nacimiento de Juan, se nos manifiesta la misteriosa acción de Dios en la vida de los hombres. Vemos a un Dios que irrumpe en nuestras vidas yendo más allá de nuestras expectativas, de nuestras dudas y temores, incluso de nuestras limitaciones. Un Dios  que va mucho mas allá de nosotros mismos para llevar a cabo su proyecto de salvación.

Para Isabel y Zacarías el llegar a tener un hijo por la edad avanzada en que estaban, quedaba fuera de toda posibilidad humana. Por eso cuando ella queda encinta, provocará dudas y estupor en ellos, y posiblemente, sonrisas burlonas en sus vecinos. Los acontecimientos que vivirán en el nacimiento de su hijo: el nombre que le ponen, a pesar de la tradición familiar de poner al primogénito el nombre del padre, la recuperación del habla de Zacarías, van rompiendo cualquier duda y abriéndolas al descubrimiento de una realidad que las sobrepasa: verdaderamente Dios ha hecho misericordia con ellos, y dad la vocación del hijo que progresivamente irán conociendo, con todo el pueblo de Israel. A Israel y Zacarías sólo les queda acoger agradecidos esa misericordia y colaborar con ella.

Junto a la esterilidad fisiológica hay otras “esterilidades existenciales” en la vida de los hombres. Y estas se dan cuando el hombre ha caído en la desesperanza, en le vacío de la vida, en el ya no creer que pueda haber algo mejor, y por lo mismo, resignarse a vivir así. Esta “esterilidad” es peor que la fisiológica.

El evangelio de hoy es un llamado a creer que Dios sigue irrumpiendo en nuestra vidas y es capaz de romper nuestras desesperanzas, nuestras dudas, nuestras limitaciones y abrirnos a la experiencia  de una vida nueva, a la alegría de una nueva realidad mas allá de nuestras pobres expectativas. Y esto es abrirnos a la misericordia de Dios en nuestras vidas.

domingo, 17 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XI Domingo Ordinario (Mc. 4, 26-34)
“Jesús es la fuerza vital y misteriosa que transforma al individuo y  a la sociedad”.

La enseñanza de Jesús en parábolas se ha iniciado en Mc 4, 1; parábolas que siempre tienen como centro el Reino de Dios que se va describiendo a través de imágenes muy sencillas, pero que requieren en el oyente una actitud de escucha y acogida para poder descifrarlas en profundidad.
La primera parábola del Evangelio de hoy habla de un “hombre que siembra la semilla en la tierra” “ que pasan las noches y los días, y sin que él sepa como, la semilla germina y crece; y la tierra por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas”. El labrador, una vez confiada la semilla a la tierra, se va: ha terminado su trabajo. El sembrador participa al comienzo con la semilla y al final con la cosecha. Todo lo que se sitúa en estos momentos acontece sin su concurso. Él no sabe como, pero sabe que Dios trabaja a través de sus elementos. El secreto, por tanto, está en la fuerza interna que tiene la semilla y en la disponibilidad de la tierra que hacen que se vuelva a encender de una manera milagrosa la vida. El sembrador reconoce con su inactividad que hay un ámbito en el que no puede actuar. Debe limitarse únicamente a esperar confiado.
La segunda parábola omite la figura del labrador, presente de una manera alusiva en la semilla echada en la tierra, y se concentra en el tipo de semilla, el grano de mostaza tan minúsculo que casi se pierde cuando lo ponemos en la palma de la mano. Pero una vez que ha crecido se convierte en una planta que alcanza a veces cuatro metros de altura  y pasa a ser cómodo refugio para los pájaros. Ésta parábola del grano de mostaza acentúa el contraste entre la pequeñez de los inicios del Reino de Dios y la grandeza que vendrá. Expresa lo que ya están viviendo los discípulos: la actividad de Jesús ha empezado de modo muy sencillo, pero en ella se encuentra el vigor del Reino, presente en sus hechos y en sus palabras. Y eso llena a los discípulos de la esperanza de que llegará un momento en que Dios establecerá plenamente su Reino.
El Reino de los cielos fue anunciado por la predicación del Evangelio: es la semilla plantada. Tomando en cuenta las expectativas mesiánicas de la mayoría del pueblo de Israel, un Mesías poderoso social y políticamente, los discípulos al verlo empezar de un modo tan pobre podían preguntarse con inquietud cuál habría de ser su destino. Puesto que los efectos de esa predicación podían parecer lentos y no responder a sus expectativas de unos frutos inmediatos o espectaculares, Jesús los tranquiliza exhortándoles a considerar la naturaleza y sus leyes, de ahí entender la realidad del Reino de Dios y sus leyes que van por otro camino muy diferente al que ellos piensan y esperan.
Hay sobro todo una enseñanza muy clara: el Reino de Dios tiene su propia fuerza de transformación que viene de Dios y no del esfuerzo humano, y ademán hay que buscarlo en la pequeñez de lo cotidiano, pero que tiene un crecimiento tal que puede albergar a todos los hombres que se acogen a él.
Las dos parábolas no son un llamado a la inactividad humana, sin a recalcar la acción divina en la acción salvífica manifestada en le Reino.
En nuestra cultura moderna, la programación rápida, el culto a la eficiencia y la intolerancia frente a toda lentitud, se vuelve obligatorio el método fuerte y eficaz, invoca el autoritarismo para la consecución rápida del fin. La paciencia no entra en la cultura del “eficientismo” actual; sin embargo, nosotros debemos comprender que las cosas del Reino, la impaciencia no es de Dios, no es de Cristo y no debe ser del cristiano, porque el Reino de Dios se va abriendo camino por situaciones impensables para los criterios humanos.
La promesa de Dios es como la semilla plantada en el surco de la historia: es Cristo muerto y resucitado, que actúa ya desde ahora en este mundo. Él es la semilla que brota por sí sola y que garantiza una rica cosecha, es el árbol frondoso que alberga a los pájaros; Él es la fuerza vital y misteriosa que transforma al individuo y a la sociedad.
A nosotros nos toca acoger y colaborar con este don. Es un tiempo que exige fe y esperanza.

domingo, 10 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


X Domingo Ordinario (Mc 3, 20-35)
“Porque el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Hay un tema que recorre como trasfondo y como línea conductora todo el evangelio de hoy, la incomprensión que provoca la persona, la palabra y las acciones de Jesús. Incomprensión que se manifiesta, incluso, al interior de su familia, cosa que nos sorprende sobremanera.
Jesús ha entrado en una actividad frenética en su ministerio. Él sigue su infatigable obre no únicamente en la sinagoga, sino en el escenario de una casa. La gente se agolpa alrededor de Él y ni siquiera lo dejan comer. Sus parientes están preocupados por este trabajo excesivo y se sienten en la obligación de tomar medidas. Van a buscarlo para llevárselo. Marcos recoge una nota que no hacen los otros evangelistas, “sus parientes” lo consideran alguien que ha perdido la cabeza (v21). Su entrega a la misión emprendida supera los límites de una normalidad aceptable. Si a esto añadimos las ásperas críticas que dirige a la clase dominante, los numerosos choques verbales con las autoridades religiosas y otras cosas más preocupantes, tendremos el cuadro que justifica la preocupación de sus parientes. Además todo esto hace correr el riesgo de poner en peligro el buen nombre de la familia y a proyectar sobre ella la sombra del descrédito. Hay que poner solución a esto.
Si piensan los parientes de Jesús es un trastornado, para los maestros de la ley, que proceden de Jerusalén, es un endemoniado (v22). La valoración de la persona de Jesús se vuelve ahora gravemente negativa, es el extremo de la incomprensión. La blasfemia contra el Espíritu Santo es el rechazo obstinado a reconocer los signos y la acción de Dios en los signos de su Santo Espíritu, es cerrar los ojos a la positividad de la predicación profética y de la actividad de Jesús, interpretándolas como acción demoníaca. Es el pecado contra la luz, es la cerrazón total a la acción de Dios. Y siguiendo con la incomprensión de la persona de Jesús en sus mismos discípulos en otros textos del Evangelio, sin llegar a estos extremos de los fariseos, los apóstoles no acaban de entender a su maestro y poner cantidad de defensas.
Uno termina por preguntarse ¿por qué esa incomprensión? Yo creo que no nos tiene que extrañar porque la persona, las palabras y las acciones de Jesús  rompen muchos esquemas, en el terreno social, religioso, incluso familiar, y no queremos que nos rompan nuestros esquemas, que muchas veces son nuestras seguridades, y por eso nos defendemos, terminamos por rechazar a Jesús, o acomodarlo a nuestros esquemas, hacerlo a “nuestra manera”. Podemos atrincherarnos como los maestros de la ley, detrás de nuestras convicciones, haciéndonos impermeables a cualquier llamada, o peor todavía, interpretando de una manera totalmente opuesta sus palabras y sus acciones. La persona  y las palabras de Jesús son fuertemente desestabilizadora y “nos mueven el tapete”. Solamente quien se deja cuestionar, quien deja que el Señor rompa sus esquemas y sus convicciones, puede entrar en el dinamismo del discipulado, en el grupo de la nueva familia que Él está formando. El Evangelio de hoy, termina con una buena noticia (vv31-36). Ante la insistencia  de sus familiares que están afuera  y quieren verlo, la gente que lo rodea le dice “Allá afuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan” Él les respondió: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”. Luego mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Esta es la nueva familia que Jesús está inaugurando; una familia, la de sus seguidores, en la que los vínculos que se crean son más fuertes y más importantes que los mismos vínculos de sangre.
Quien escucha la voz de Dios, se hace disponible a la acogida de un pensamiento diferente al maestro y nos estimula para reconocer caminos de diferentes a los que transitamos habitualmente. De la escucha se pasa a la acción: cumplir la voluntad del Padre, y esto es entrar en la acción creadora de Dios de la nueva familia de Jesús.

domingo, 3 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Mt 28, 16-20)
“… y bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…”

En el ciclo litúrgico, el primer domingo después de Pentecostés está dedicado a la Santísima Trinidad. Hace ocho días celebramos la fiesta de Pentecostés que culminaba el tiempo de Pascua, centro de nuestra fe cristiana. En este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, en la cual contemplamos el mismo Misterio de Dios que se ha revelado como Uno en la diversidad de tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es como una especie de síntesis de toda nuestra fe cristiana.
El final del Evangelio de Mateo que hoy leemos, es el cierre no solo de las apariciones post-pascuales, sino de todo su evangelio. El Jesús que se aparece a los discípulos en el monto es el “Señor” de la Iglesia, objeto de adoración y plegaria por parte de los suyos, aunque no siempre con una fe plena (v.17). Ahora bien, Jesús es asimismo, el juez del final de los tiempos: está sentado ya desde ahora a la diestra del Padre para evangelizar a todas las gentes (cf. 24,14). En esta misión implica a sus discípulos y en ellos a toda su Iglesia, que deberá proseguir su obra. Esta obra consiste en dar a conocer la Buena Nueva de la salvación, “hacer discípulos” a todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles todas las cosas mandadas por Jesús, o sea, evangelizándolos (vv. 18-20). Aquí está en síntesis la misión de la Iglesia.
Hemos hablado en los últimos domingos de la misión de la Iglesia, por eso quisiera más bien fijarme en la fórmula trinitaria que aparece con el bautismo para resaltar el misterio que celebramos en la fiesta de hoy .
La fórmula trinitaria del bautismo representa una sorpresa en Mateo, pero le confiere al final de este texto un aspecto solemne y una síntesis teológica  de todo su Evangelio.
La revelación del misterio trinitario se va realizando gradualmente a través de todo el ministerio de Jesús. La gran buena nueva de Jesús es que Dios es Padre y un Padre que nos ama infinitamente y de una manera gratuita e incondicional. Y que este Padre, por amor, ha enviado a su Hijo Unigénito, que tomando nuestra condición humana nos da a conocer el rostro y el proyecto de vida, y la realización del mismo que culmina en el misterio de la Pascua. Él mismo además, se declara igual al Padre y en definitiva ésta será la causa de su condenación. Su divinidad fue siempre motivo de controversia y de rechazo; en las últimas horas de su vida terrena, Jesús nos revelará la realidad del Espíritu Santo, que es el amor que lo une con el Padre, y el papel que desempeñará en la vida de la Iglesia (cf. Jn 14, 15-17; 25-26; 15, 26-27; 16, 4-11; 12-15). Así el Espíritu Santo se convierte en el don por excelencia del Resucitado, muy ligado a la misión e impulsor de la nueva creación que se inicia con la resurrección de Cristo. El Dios que Jesús nos revela es único por su naturaleza, pero trino por las personas. Al proclamar este misterio, el creyente adora la unidad de Dios y la Trinidad de las Personas. En esto consiste la salvación: en creer en este adorable misterio y ser bautizado en el nombre del Dios uno y trino. Profesar esta fe en la Trinidad significa aceptar el amor del Padre, vivir por medio de la gracia del Hijo y abrirse al don del Espíritu Santo que recrea un hombre nuevo y una nueva sociedad.
Hemos sido bautizados en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a través del cual, participamos de la misma vida divina; el bautismo nos ha insertado en el misterio de comunión de Dios. Pero esto no puede reducirse a un mero rito externo en un momento de nuestra vida, sino que esto debe marcar el principio de un camino que tendrá que convertirse en una experiencia de vida, en un camino de maduración en la fe, en el que vamos siendo sumergidos en el amor infinito del Padre, en los sentimientos del corazón de Jesús que nos conduce a ser hijos en el Hijo; y en el amor del Espíritu que tiene el poder de transformarnos desde lo más profundo del corazón en hombres y mujeres nuevas.
El misterio de la trinidad no puede reducirse, como se nos insistía antiguamente en la catequesis, a un misterio que “intelectualmente no podemos comprender”, sino descubrirlo como fuente de vida inagotable de la que siempre podemos estar alimentando nuestra vida.

domingo, 20 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


La Ascensión del Señor (Mc 16, 15-20)
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes
            Esta fiesta de la Ascensión, nos lleva a contemplar un aspecto concreto de nuestra propia fe: el Resucitado está totalmente con Dios. Desde la liturgia del día, se expresa la fe de la Iglesia que cree que la gloria de la que participa plenamente Jesús, será también participada por los que son sus discípulos.
            Jesús, el Resucitado, es a quien el Padre ha enviado y, todas las palabras y obras del Hijo, ponen de manifiesto esta realidad. Hoy Jesús, pone en acción a los discípulos (v. 15), dejando en ellos la misión que a Él le había sido encomendada por el Padre, de ahí que los discípulos podrán actuar como el Maestro, realizando las mismas obras que a Jesús le vieron hacer (vv. 17.18).
            El versículo 19, central ahora en nuestro texto, refiere el misterio de la ascensión, que se presenta siguiendo el modelo de Elías (cf. 2Re 2,4). Jesús se presenta ahora como elSeñor Jesús”, sentado a la derecha del Padre, reconociéndole así, su poderío, majestad y honor.
            Los discípulos contemporáneos de Jesús, experimentaron al menos tres presencias distintas de Jesús: una que podemos llamar ordinaria, y hace referencia a la historicidad de Jesús, a quien ven, escuchan, comen con Él y perciben sus sentimientos; otra que se le llama excepcional, y hace referencia a la experiencia del Resucitado que se deja ver algunas veces, ofreciendo signos para reconocerle, en la cronología lucana, dura poco, unos cincuenta días; y por último, la presencia invisible, esta es la experiencia de la comunidad tras el acontecimiento de la ascensión, los discípulos ya no le ven, no le sienten, sin embargo, le experimentan tan cerca que están convencidos de que ahora está incluso más presente, esta presencia se prolongará hasta el fin del mundo.
            En el hoy, al discípul@ se le ofrece vivir esta triple presencia de Cristo: la presencia ordinaria con los que se encuentra a diario llevándoles su amor; la presencia excepcional, se da en la vida sacramentaria; y la invisible, en la conciencia de comunión participativa. La ascensión de Jesús, nos hace responsables de la misión que al Hijo le fue confiada. Esto, exige de la comunidad cristiana, ayudada por el Espíritu Santo, hacer presente a Cristo desde su propio vivir.
            Señor Jesús, desde la fe tenemos la certeza de que te seguiremos hasta estar unidos a ti compartiendo la vida junto al Padre en una existencia plena. Queremos comprometernos desde nuestras reales posibilidades, en el anuncio de la Buena Noticia. Sabemos que contamos en todo momento con la ayuda del Espíritu Santo que constantemente nos recuerda tu presencia perenne entre nosotros. Concédenos Señor, la gracia de que nuestras palabras y acciones como discípulos y misioneros estén siempre inspiradas y confirmadas por ti.

domingo, 13 de mayo de 2012

Al encuentro con la Palabra


VI Domingo de Pascua (Jn 15, 9-17)
Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el da la vida por ellos
Este domingo continuamos con la parábola de la vid que iniciamos el domingo pasado. Podemos con toda claridad distinguir la dos partes unidas por esta idea central: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos” (v. 13).
Antes de esto, Jesús insiste a los discípulos a permanecer en su amor (v. 9), lo mismo que Él permanece en el amor del Padre (v. 10), que es la fuente del amor. Enraizados en ese amor, podrán verdaderamente amarse unos a otros como Cristo los ama. Después del versículo central (13), la atención está puesta en la palabra “amigos” (vv. 13.14.15) que tiene su punto culminante en el “fruto que permanezca” (v. 16) y la oración que el Padre escucha (v. 16).
Este permanecer en el amor, está íntimamente ligado a hacer la voluntad de aquel que ama. Es decir, así como Jesús hace la voluntad del Padre guardando sus mandamientos (v. 10), el discípulo ha de realizar la voluntad de Jesús (v. 14), también guardando sus mandamientos (v. 9). Esto sólo es posible desde la actitud de acoger el amor de Aquel que primero lo da (v. 16).
Aquí, la palabra mandamiento, significa lo que hace llegar a la perfección. Por ello se entiende la razón por la cual Jesús, en el amor, llega a dar la vida por los suyos (v. 13). El discípulo estará llamad@ a vivir como vivió Él (1Jn 2, 6), y a dar el fruto como Él lo dio, un fruto que permanezca, y que consiste en amarnos unos a otros como el Padre en el Hijo nos ama (vv. 9.12).
En definitiva, Jesús no sólo pide que le amemos, sino que nos dejemos amar, que aceptemos su amor, que desde el Padre y a través de Él, desciende en nosotr@s. Para permanecer en Él será necesario asumir una cosa: observar los mandamientos, teniendo a Jesús como modelo de tal observancia.
En este texto dominical, caemos en cuenta que el amor empieza siendo conscientes de que ha sido Él quien nos ha amado primero, desde siempre, y nos lo ha manifestado en la encarnación y en el misterio pascual de su Hijo.
Gracias Padre, porque así te ha parecido bien. En Jesús, tu Hijo muy amado, nos permites sentirnos profundamente amados por ti, con un amor que carece de algún límites, en Él, nos concedes contemplar el amor por tu voluntad que desemboca necesariamente en el amor sin fronteras para con la humanidad. Concédenos en tu Espíritu de vida, vivir con alegría un amor humilde, perseverante y abierto a todos. Que podamos descubrir los distintos modos en se nos presenta la ocasión de dar la vida amando a otros