miércoles, 1 de mayo de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Pascua (Jn 10, 27-30)
“Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”

El cuarto domingo de Pascua se le llama el Domingo del Buen Pastor porque leemos un trozo de la alegoría del Buen Pastor que viene en el capítulo 10 de San Juan. En el ciclo c que estamos celebrando este año leemos solamente un pequeño trozo del versículo 27 al 30 de dicho capítulo. Convine situar toda la alegoría del Buen Pastor en su contexto para poder entender el pequeño trozo que leemos este domingo.

La curación del ciego de nacimiento que se narra en el capítulo 9  ha provocado una serie de discusiones a favor y en contra de Jesús.  Los fariseos y maestros de la ley son quienes más decididamente han rechazado a Jesús; ellos son los pastores que han abandonado al rebaño y han cerrado los ojos y el corazón ante los signos realizados por el Señor; no quiere reconocer como Mesías y enviado por Dios; la pretensión de Jesús les parece blasfema. Terminaron por expulsar al ciego que ahora ve, confabulándose en contra de Jesús.

En el capítulo 10 Jesús desarrolla la alegoría del Buen Pastor como una respuesta a los que lo rechazan. Del verso 1 al 18 desarrolla toda la alegoría, y estas palabras de Jesús fueron la causa de una nueva división de opiniones: muchos decías que estaba poseído por el demonio, otros en cambio lo defienden (vv 19-21)

Como respuesta a la petición apremiante y casi amenazadora de los judíos: “¿Hasta cuando vas a tenernos en suspenso?. Si eres el Cristo, dilo claramente de una vez” (v24), Jesús les habla empleando nuevamente la imagen del Buen Pastor. Pero estos no se encuentran con la disposición adecuada para creer en sus afirmaciones ni tampoco para dejarse convencer por las obras de Jesús.  Se trata de un rechazo total que les autoexcluye del rebaño de Jesús (vv 25-26). Mas, a pesar de tanta hostilidad, el Señor se presenta a sí mismo como Buen Pastor, haciendo una síntesis de toda la alegoría en los versos 27 a 30 que leemos este domingo. ¿Qué hay en el trasfondo de la alegoría? Las relaciones de Jesús para con nosotros y de nosotros para con él. Tres cosas se resaltan en las relaciones de Cristo para con nosotros:

1.- Conoce a sus ovejas.  Conocer significa entrar en comunión íntima con las personas, captar sus exigencia más profundas, interpretar las esperanzas, entender los problemas y la situación de cada individuo. Para Jesús no somos una masa anónima, somos personas con una historia y un rostro determinado.

2.- Yo les doy la vida eterna  y no perecerán jamás.  A eso viene Jesús, a revelarnos  y realizar el proyecto de salvación del Padre, que es un proyecto de salvación del Padre, que es un proyecto de vida y de una vida que trasciende, la vida eterna.

3.- “Nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre… y nadie puede arrebatarlas de mano del Padre.  Estos versículos marcan un ritmo creciente en la intensidad de la pertenencia Cristo y al Padre: las ovejas, los creyentes, los discípulos que reciben la vida de Jesús están siempre en sus manos y por eso gozan de una seguridad perenne, el mismo Padre se los ha confiado. Se trata de afirmaciones que alientan a la comunidad cristiana que sigue estando sometida a la prueba por la persecución. Pertenecer a Jesús significa  pertenecer a Dios mismo, para siempre.

Y ¿cuales son las relaciones de las ovejas para con Jesús?

1.- “Escuchan mi voz”  no basta oír, es necesario que la palabra penetre dentro, provoque una decisión. Sólo escucha de verdad quien acepta el cambio, quien está dispuesto a traducir en los hechos, la palabra que se le ha dirigido. Una escucha que deje las cosas como están, constituye, sustancialmente, un rechazo a la Palabra.

2.- “Me conocen”  Entran en relación de vida con Cristo, en intimidad con Él.

3.-  “Me siguen” No se trata de seguir sólo un sentimiento, una idea, una doctrina, se trata de seguir a una persona, el camino de vida que Él nos ha trazado. De identificarse con Él, de configurarse con Él.

El domingo del Buen Pastor, partiendo del pequeño texto del capítulo 10 que leemos en el ciclo C que corresponde a este año, es una buena oportunidad para clarificar las relaciones de Cristo para con nosotros y de nosotros para con Él, renovando nuestra opción decidida como discípulos y seguidores de Jesús.

lunes, 8 de abril de 2013

Al encuentro con la Palabra


II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31)
…no sigas dudando, sino cree
            Los dos episodios presentados por el evangelista Juan, son un eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.
            A pesar de “las puertas cerradas” (v. 19), el resucitado toma la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos; en ella Jesús da “la paz” (v. 19), su paz, la que el mundo no da (Jn 14,27), tal como lo había anunciado.
            Enseñar “las manos y el costado” (v. 20), es un modo de incidir en que el Resucitado es el mismo que el Crucificado, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí la necesidad de ver y palpar los agujeros de las manos y el costado. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena participación de la vida divina por un ser humano.
            En la actualidad, hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento, sobretodo científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.
            Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: “Hemos visto al Señor” (v. 25). Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: “Si no lo veo...no lo creo” (v. 25).
            Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.
            Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.
            Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia.
            Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, “ocho días después” se presenta de nuevo Jesús (v. 26). No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas (v. 27).
            No son “pruebas” de la resurrección, sino “signos” de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: “No sigas dudando, sino cree” (v. 27). Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: “Señor mío y Dios mío” (v. 28).
            Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.
Jesús resucitado,
continúa abriendo nuestro entendimiento
para que comprendamos tu Palabra.
Jesús resucitado,
continúa haciéndote nuestro compañero de camino
para que sigamos tus pasos.
Jesús resucitado,
continúa suscitando en nosotros dudas
para que lleguemos a ti, verdad plena.
Jesús resucitado,
continúa mostrándonos tus manos y costado perforados
para ser conscientes del amor que nos tienes.
Jesús resucitado,
que tu aliento compartido a tus discípulos,
nos renueve a nosotros también;
e infunda en nuestra experiencia humana
la vida de divina que nos hace vivir como hijos de Dios.

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Resurrección (Jn 20,1-10)
Estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro
            Los cuatro evangelios presentan a las mujeres que van al sepulcro vacío el primer día de la semana, pero sólo en Juan sucede que María Magdalena visita el sepulcro dos veces. La que presenta este texto, cumple principalmente la función de preparar el escenario para el relato de Simón Pedro y el Discípulo Amado.
            Los discípulos viven, antes de encontrar al Señor resucitado, el sufrimiento de la experiencia de ver la tumba vacía: constatan la ausencia del cuerpo de Jesús. Los relatos de la resurrección se abren con dos precisiones cronológicas: “El domingo” y “por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol” (v. 8). La expresión sugiere comienzo, nueva creación. El día inicial de una nueva semana, el domingo, verdadero día del Señor en que la fe amante, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina en la oscuridad y va más allá de la muerte.
            Pedro y Juan van al sepulcro para ver si es verdad la noticia que les ha traído María Magdalena (v. 2). Ambos, salen corriendo (vv. 3-4). Ella explicaba el sepulcro vacío por un robo (v. 2). Pedro y Juan observan un dato importante, que no favorece la interpretación de María Magdalena: los ladrones no se han llevado las mortajas. El sudario está separado de los otros lienzos (v. 7). Juan cree en la resurrección (v. 8). Son los ojos de la fe y la luz de la Palabra de Dios (v. 9) los que permiten ver la resurrección de Jesús en el sepulcro vacío.
            Jesús no siempre está en donde creemos que está, ni donde nos gustaría que esté, sino en donde Él se pone. No saber “dónde lo han puesto”, no es razón suficiente para desesperanzarnos, sino para seguir buscándolo. El sepulcro vacío, nos lanza a buscarlo siempre.
            Señor Jesús, conscientes de que somos tus discípulos, aún con todas las herramientas que hoy tenemos a la mano, nos sucede lo mismo que a los discípulos que, “hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos” (v. 9). Ayúdanos a ser testigos de tu resurrección, testigos de tu vivir en nuestro existir. Deseamos llevar a otros esta buena y gran noticia, a fin de que vivan en la esperanza.
            Creemos Señor Jesús, que nos amas sin límites y que te has comprometido con la humanidad hasta la muerte. Creemos, que estás con nosotros, alentándonos en nuestro empeño por encontrarte y amarte. Creemos que existen personas que, como María Magdalena, testimonian todavía hoy el atractivo de Cristo. Es en ella que descubrimos que:
El amor madruga más que el sol.
El amor es luz en la oscuridad.
El amor hace testigos de lo invisible, de lo “increíble”.
El amor no mide, derrocha.
El amor tiene bastante con amar.

lunes, 25 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Ramos (Lc 22,14-23,56)
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
            En la narración lucana de la pasión, Jesús muestra en sí mismo la realización de cuanto había enseñado: el don del amor recibido y compartido. Así, en la última cena el don total de su persona en el pan y el vino se manifiesta como el ejemplo de servicio más humilde.
            Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo: “Padre, si quieres, aparta de mí esta amarga prueba; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (22,42). Sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.
            El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.
            Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (23,34). Así es Jesús. Ha pedido a los suyos “amar a sus enemigos” y “rogar por sus perseguidores” (Mt 5,44). Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.
            Esta petición al Padre por los que lo están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.
            Marcos recoge un grito dramático del crucificado: “¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?
            Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, violencia e inseguridad, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?
            Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.
            Esta semana santa, vamos a celebrar la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


V Domingo de Cuaresma (Jn 8, 1-11)
Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar
            Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a “proclamar la liberación de los cautivos... y dar libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.
            De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a “una mujer sorprendida en adulterio” (v. 3). No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: “La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?” (v. 5).
            La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?
            Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
            Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitan su perdón.
            Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (v.7). ¿Quiénes son ustedes para condenar a muerte a esa mujer, olvidando sus propios pecados y su necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
            Los acusadores “se van retirando uno tras otro” (v. 9). Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: “Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” (Jn 12,47).
            El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más” (v. 11).
            Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez 18,23; 33,11). De ahí que el discípulo esté invitado a una continua conversión como respuesta al amor y actuar de Jesús que no vino a condenar, sino a salvar a todos (Jn 3,17; 7,11).
            En este diálogo final se expresa el diálogo entre Dios y la humanidad. Una humanidad que Él creó y que ama profundamente. Que no condena a nadie, sino que extiende la mano para que pueda volver a empezar.
            Señor Jesús, deseamos vivir de acuerdo a tus enseñanzas, por ello nos acercamos a ti con los oídos abiertos y el corazón dispuesto. Levántanos Señor, que estamos sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo. Pareciera que vivimos a un tiempo muertos y vivos.
            Que el encuentro contigo nos transforme. Que nos esforcemos, para que junto con tu gracia, lleguemos a ser fiel imagen y semejanza del Padre que nos ha creado. Que nuestra fidelidad se llene de vida cada vez que nos encontremos contigo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Me levantaré, volveré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo
            Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa. Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado “reprimida” en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía “la parábola del hijo pródigo”, pero nunca la han escuchado en su corazón.
            Desde este texto, los publicanos eran rechazados y considerados pecadores por el pueblo en el tiempo de Jesús. Ellos son los que se acercan a Él para escucharlo (v. 1). Eso causaba el rechazo por parte de los fariseos y los escribas (v. 2), pues estaban convencidos de que comer con paganos o con pecadores era una fuente de impureza ritual. La actitud de estos estará retratada en la actitud del hijo mayor (v. 28).
            El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado” (vv. 24 y 32). Este grito revela lo que hay en su corazón de padre: un amor que hace que dé el perdón total y sin condiciones; que lo lleva a salir al encuentro de sus dos hijos (vv. 20 y 28).
            A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.
            El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre “lo vio” venir hambriento y humillado, y “se conmovió” hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
            Enseguida “echa a correr”. No es el hijo quien vuelve a casa (v. 20). Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. “Se le echó al cuello y se puso a besarlo” (v. 20). Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
            El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior (vv. 18 y 21). El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
            El padre solo piensa en la dignidad natural de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa como hijo esperado y querido (v. 22). Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor (v. 23). El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
            Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
¡Padre, he pecado contra el cielo y contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo!

Padre tú me has llamado, para seguir a tu hijo,
constantemente me equivoco, y en mi error no reflexiono.
Me siento cansado de vivir así.

Concédeme la gracia de la conversión,
que pueda tener la humildad suficiente,
quiero acercarme como los publicanos y pecadores para oír tu voz,
para confrontar mi vida con tu Palabra.

Concédeme escuchar en mi corazón tu voz:
“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado”

“Padre, deseo ser plenamente consciente de que SOY TU HIJO,
dame la fortaleza y sabiduría para DEJAR LA MUERTE,
anhelo de mi corazón y filiación es VOLVER A LA VIDA en tu vida.

¡Basta! ¡Quiero levantarme, ayúdame, Señor!
Ayúdame a caer en la cuenta de tu camino.
Dame tu luz para ver que estoy perdido,

domingo, 10 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra a su alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto
            Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia.
            Quienes en este texto hablan con Jesús tienen una determinada mentalidad sobre las desgracias; tanto la brutalidad atribuida a Pilato como el accidente de la torre de Siloé, se entendían como el castigo de parte de Dios por algún pecado anterior. En coherencia con esta mentalidad, se entendía que los que no han sufrido ninguna desgracia eran justos, por tanto, Dios no los castigaba. Sin embargo, la manera de actuar de Dios no pasa por castigar a unos, enviándoles desgracias, y premiar a otros, protegiéndoles de cualquier mal.
            En todo esto, Jesús, sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos. Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: “Conviértanse y crean en esta Buena Noticia”. Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.
            Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al “Reino de Dios”. Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde. Necesario es leer los acontecimientos de la historia, incluso los personales, con la intención de encontrar las causas y trabajar por cambiar.
            En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla. Con esta parábola, Jesús coloca ante la propia responsabilidad en la vida. Si no se da fruto, los que esperan, considerarán que la vida está muerta (v. 7).
            Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto. Pero ante una persona cuya vida no da “fruto” (vv. 6-7), Dios tiene una actitud de paciencia activa: sabe que, si se trabaja, si se cuida, si se ponen los medios para transformar, esa realidad estéril se puede convertir (v. 8).
            El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, “el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.
            Lo que necesitamos hoy en la Iglesia es una conversión profunda, un “corazón nuevo”, una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios. Tendremos que reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.
            Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.
            Padre nuestro, nos has creado con un potencial de fecundidad tan enorme que deseamos en corresponsabilidad responderte con generosidad. Te agradecemos, el que constantemente abones nuestra vida con el rocío de tu gracia, la fertilidad de tu Espíritu y la luz de tu Palabra. Concédenos, Padre generoso, ser tierra dócil a tu acción, de modo que puedas recibir de nosotros el fruto que esperas. Danos luz suficiente para cambiar nuestros pensamientos, nuestro obrar, nuestro corazón. De verdad Padre, no queremos seguir igual, desemos cambiar para dar lograr dar el fruto que de nosotros esperas. Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, guía y maestro.