lunes, 25 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Ramos (Lc 22,14-23,56)
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
            En la narración lucana de la pasión, Jesús muestra en sí mismo la realización de cuanto había enseñado: el don del amor recibido y compartido. Así, en la última cena el don total de su persona en el pan y el vino se manifiesta como el ejemplo de servicio más humilde.
            Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo: “Padre, si quieres, aparta de mí esta amarga prueba; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (22,42). Sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.
            El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.
            Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (23,34). Así es Jesús. Ha pedido a los suyos “amar a sus enemigos” y “rogar por sus perseguidores” (Mt 5,44). Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.
            Esta petición al Padre por los que lo están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.
            Marcos recoge un grito dramático del crucificado: “¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?
            Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, violencia e inseguridad, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?
            Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.
            Esta semana santa, vamos a celebrar la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


V Domingo de Cuaresma (Jn 8, 1-11)
Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar
            Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a “proclamar la liberación de los cautivos... y dar libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.
            De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a “una mujer sorprendida en adulterio” (v. 3). No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: “La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?” (v. 5).
            La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?
            Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
            Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitan su perdón.
            Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (v.7). ¿Quiénes son ustedes para condenar a muerte a esa mujer, olvidando sus propios pecados y su necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
            Los acusadores “se van retirando uno tras otro” (v. 9). Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: “Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” (Jn 12,47).
            El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más” (v. 11).
            Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez 18,23; 33,11). De ahí que el discípulo esté invitado a una continua conversión como respuesta al amor y actuar de Jesús que no vino a condenar, sino a salvar a todos (Jn 3,17; 7,11).
            En este diálogo final se expresa el diálogo entre Dios y la humanidad. Una humanidad que Él creó y que ama profundamente. Que no condena a nadie, sino que extiende la mano para que pueda volver a empezar.
            Señor Jesús, deseamos vivir de acuerdo a tus enseñanzas, por ello nos acercamos a ti con los oídos abiertos y el corazón dispuesto. Levántanos Señor, que estamos sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo. Pareciera que vivimos a un tiempo muertos y vivos.
            Que el encuentro contigo nos transforme. Que nos esforcemos, para que junto con tu gracia, lleguemos a ser fiel imagen y semejanza del Padre que nos ha creado. Que nuestra fidelidad se llene de vida cada vez que nos encontremos contigo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Me levantaré, volveré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo
            Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa. Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado “reprimida” en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía “la parábola del hijo pródigo”, pero nunca la han escuchado en su corazón.
            Desde este texto, los publicanos eran rechazados y considerados pecadores por el pueblo en el tiempo de Jesús. Ellos son los que se acercan a Él para escucharlo (v. 1). Eso causaba el rechazo por parte de los fariseos y los escribas (v. 2), pues estaban convencidos de que comer con paganos o con pecadores era una fuente de impureza ritual. La actitud de estos estará retratada en la actitud del hijo mayor (v. 28).
            El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado” (vv. 24 y 32). Este grito revela lo que hay en su corazón de padre: un amor que hace que dé el perdón total y sin condiciones; que lo lleva a salir al encuentro de sus dos hijos (vv. 20 y 28).
            A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.
            El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre “lo vio” venir hambriento y humillado, y “se conmovió” hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
            Enseguida “echa a correr”. No es el hijo quien vuelve a casa (v. 20). Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. “Se le echó al cuello y se puso a besarlo” (v. 20). Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
            El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior (vv. 18 y 21). El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
            El padre solo piensa en la dignidad natural de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa como hijo esperado y querido (v. 22). Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor (v. 23). El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
            Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
¡Padre, he pecado contra el cielo y contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo!

Padre tú me has llamado, para seguir a tu hijo,
constantemente me equivoco, y en mi error no reflexiono.
Me siento cansado de vivir así.

Concédeme la gracia de la conversión,
que pueda tener la humildad suficiente,
quiero acercarme como los publicanos y pecadores para oír tu voz,
para confrontar mi vida con tu Palabra.

Concédeme escuchar en mi corazón tu voz:
“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado”

“Padre, deseo ser plenamente consciente de que SOY TU HIJO,
dame la fortaleza y sabiduría para DEJAR LA MUERTE,
anhelo de mi corazón y filiación es VOLVER A LA VIDA en tu vida.

¡Basta! ¡Quiero levantarme, ayúdame, Señor!
Ayúdame a caer en la cuenta de tu camino.
Dame tu luz para ver que estoy perdido,

domingo, 10 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra a su alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto
            Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia.
            Quienes en este texto hablan con Jesús tienen una determinada mentalidad sobre las desgracias; tanto la brutalidad atribuida a Pilato como el accidente de la torre de Siloé, se entendían como el castigo de parte de Dios por algún pecado anterior. En coherencia con esta mentalidad, se entendía que los que no han sufrido ninguna desgracia eran justos, por tanto, Dios no los castigaba. Sin embargo, la manera de actuar de Dios no pasa por castigar a unos, enviándoles desgracias, y premiar a otros, protegiéndoles de cualquier mal.
            En todo esto, Jesús, sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos. Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: “Conviértanse y crean en esta Buena Noticia”. Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.
            Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al “Reino de Dios”. Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde. Necesario es leer los acontecimientos de la historia, incluso los personales, con la intención de encontrar las causas y trabajar por cambiar.
            En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla. Con esta parábola, Jesús coloca ante la propia responsabilidad en la vida. Si no se da fruto, los que esperan, considerarán que la vida está muerta (v. 7).
            Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto. Pero ante una persona cuya vida no da “fruto” (vv. 6-7), Dios tiene una actitud de paciencia activa: sabe que, si se trabaja, si se cuida, si se ponen los medios para transformar, esa realidad estéril se puede convertir (v. 8).
            El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, “el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.
            Lo que necesitamos hoy en la Iglesia es una conversión profunda, un “corazón nuevo”, una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios. Tendremos que reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.
            Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.
            Padre nuestro, nos has creado con un potencial de fecundidad tan enorme que deseamos en corresponsabilidad responderte con generosidad. Te agradecemos, el que constantemente abones nuestra vida con el rocío de tu gracia, la fertilidad de tu Espíritu y la luz de tu Palabra. Concédenos, Padre generoso, ser tierra dócil a tu acción, de modo que puedas recibir de nosotros el fruto que esperas. Danos luz suficiente para cambiar nuestros pensamientos, nuestro obrar, nuestro corazón. De verdad Padre, no queremos seguir igual, desemos cambiar para dar lograr dar el fruto que de nosotros esperas. Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, guía y maestro.

jueves, 28 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra

-->
II Domingo de Cuaresma (Lc 9, 28-36)
Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo
            Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente “La transfiguración del Señor”. Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una “teofanía” o revelación de Dios. Lucas, ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño y asombroso. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente “para orar” (v. 28), no para contemplar una transfiguración.
        La presencia del monte y de la oración es típica del evangelio lucano para expresar la importancia de lo que se nos va a revelar. La “montaña” (v. 28), como símbolo, es el lugar de la revelación de Dios y, por ello, lugar de oración (v. 28). Todo sucede durante la oración de Jesús: “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (v. 29). Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
        En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
        Aparecen Moisés y Elías ‑que representan la Ley y los Profetas, y por tanto, la antigua alianza‑ (v.30), conversando con Jesús acerca de su muerte en Jerusalén (v.31), lugar escogido por Dios para residir y desde donde se revelaría a todos los pueblos de la tierra; pero también, lugar donde Jesús entregará su vida, donde cumplirá la voluntad de Dios. Ellos ‑Moisés y Elías‑, son los testimonios de la veracidad en lo acontecido, pues por medio de la Ley y Profetas es como Dios se había manifestado anteriormente. Sin embargo, ahora se manifiesta en Jesús, el “Hijo” (v. 35), única y definitiva Palabra Dios.
        Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues se caían de sueño y solo al espabilarse” (v.32), captaron algo: la transfiguración de Jesús (v. 29), y la aparición de Moisés y Elías (vv. 30-31). Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que no sabía lo que decía” (v. 33).
        Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube (vv. 34-35), signo de la presencia misteriosa de Dios (Ex 40,35). Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, la voz que identifica a Jesús en su bautismo antes de iniciar su misión en Galilea (Lc 3,22), es la voz de Dios que ahora sale de la nube e identificando a su Hijo se dirige a los discípulos: Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo (v. 35). La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
        Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente “interiorizar” nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
         Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.
         Señor, que el sueño de nuestra condición humana no nos mantenga alejados de los hechos prodigiosos que realizas continuamente en nuestra vida. Que cuando estemos despiertos y logremos velar contigo, consigamos ver la transformación que tiene lugar en nuestro corazón, hasta el punto de reconocerte como presencia transfigurada y luminosa.
         Llévanos, contigo, al monte de la oración, Señor, y concede a nuestra vida cansada y adormecida la capacidad de contemplarte en la gloria del Padre.

martes, 19 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


I Domingo de Cuaresma (L 4, 1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto
Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas y tensiones que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos. Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
Lucas describe el comienzo de la actividad de Jesús siguiendo el modelo del comienzo de la historia del pueblo de Israel, según el libro del Éxodo. El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto. El pueblo de Israel, que es llamado “el hijo de Dios” (Ex 4,22-23), fue conducido por Dios al desierto donde fue tentado durante cuarenta años (Dt 8,2).
La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Lucas no se contenta con indicar que Jesús tiene el Espíritu Santo, sino que también es conducido por Él en y por el desierto (v. 1).
En el desierto, que es lugar de prueba, discernimiento y de encuentro con Dios, Jesús es tentado por el demonio, “el que divide” (v. 2), éste es el enemigo que desde el principio, ha tentado al hombre para alejarle de la voluntad de Dios y llevarle así a la ruina y a la muerte (cf. G 2; Sb 3,4). Es necesario entender que las tentaciones no aparecen una sola vez, están a lo largo de toda la vida y quizás, en los momentos decisivos (Lc 11,16; 22,3; 23,36-37; Jn 8,6). Por esto la indicación “durante cuarenta días” debe entenderse como un número redondo que indica un tiempo amplio y que, al menos en Lucas, parece abarcar el tiempo de las tentaciones y la guía del Espíritu.
Tanto la primera como la última tentación, inician con una condición “si tú eres el Hijo de Dios…” (vv. 3.9); el tentador sabe que Jesús es el Hijo de Dios pero lo invita a que lo demuestre de modo inadecuado, contrario al plan de Dios. En realidad las tres tentaciones no son sólo lo que aparta de Dios, sino lo que elimina la auténtica humanidad. En el fondo, son una invitación a querer ser persona pero de modo inadecuado.
La primera tentación (v. 3) es la de actuar sin obedecer al Padre. La voluntad del Padre es que el “Hijo” recorra el camino de la humanidad. “El que separa”, se apoya en la necesidad de Jesús, extenuado por el largo ayuno; le sugiere que se sirva de sus poderes sobrehumanos en su propio beneficio. Jesús, siendo fiel al designio del Padre, responde (v. 4) que el auténtico alimento es cumplir dicha voluntad (lo hace citando Dt 8,3, donde se expresa la necesidad que tiene la humanidad de la Palabra que sale de la boca del Señor). Cumplir la voluntad del Padre –ser hombre con todas las consecuencias– es lo único que puede identificar a Jesús como “Hijo de Dios”. Comer es importante pero el ser humano es más que eso; las personas son mucho más que esponjas que consumen alimento.
El pasaje del Deuteronomio (8,3) refiere la experiencia vivida por Israel durante el éxodo, a través del desierto, cuando suspiraba por las ollas de carne y el pan que podía comer en Egipto, llevándolo a murmurar contra Moisés y Aarón (Ex 16; Nm 11,7-8); el pueblo quería alimentarse sin importarle el precio o las consecuencias de esta búsqueda de hartura
La segunda tentación (vv. 5-7) consiste en la búsqueda del poder y la riqueza, en creer que se puede ser señor del mundo y de las cosas, y que se puede estar por encima de los demás. El poder que abusa de otros no viene de Dios sino del diablo; él es su dueño y puede engañarlo a quien quiera, pero a un precio muy alto: que lo adoren y lo sirvan. “El que divide”, quiere empujar a Jesús hacia un mesianismo temporal, de carácter político. Se trata de adorar (v. 7) el poder con la adoración que sólo Dios, como único Señor del mundo, merece. Jesús responde (v. 8) con un convencimiento fuerte al mismo tiempo que profundo: quien adora realmente a Dios tendrá ganas de servir a los demás y no de aprovecharse de ellos. Jesús rinde adoración al único Señor de todo (Dt 6, 13), el único que está realmente por encima y que, sin embargo, ha venido a ponerse debajo de todos (Lc 12,37; Fl 2,6-11).
La tercera tentación (vv. 9-11) es la que se produce cuando dudamos si Dios está o no con nosotros: tentar a Dios, exigirle señales espectaculares para mostrar que está presente. Se trata de forzar a Dios para que actúe al capricho del diablo. En este caso el diablo manipula la Biblia (Sl 91,11.12), se muestra muy astuto. Jesús (v. 12) no pide ningún signo porque Dios está con Él (Dt 6,16). Esta tercera tentación nos hace contemplar a Jesús al final de su camino, en “Jerusalén” (v. 9), donde con su muerte y resurrección –Pascua– superará definitivamente la prueba del tentador y mostrará plenamente su obediencia al Padre (Lc 23,46).
En la vida estamos constantemente sometidos a pruebas. También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo, y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
Hoy también se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener, como sea, el poder. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
Finalmente, caemos en la cuenta que nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Sólo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta su Amor a todos sus hijos.
Padre, tú que nos llenas del don de tu Espíritu, concédenos docilidad al mismo, para que en el caminar de nuestra vida cristiana, se alimente nuestra fe, aumente nuestra esperanza y se refuerce la caridad. Que nuestro pan, sea tu Palabra y tu Hijo; nuestro poder, la capacidad de servirte en las personas; y nuestra sencillez ante tu grandeza, tu gloria.

viernes, 8 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV DOMINGO ORDINARIO (LC. 4, 21 -30)
¿No es este el hijo de José?,

El evangelio de hoy es continuación del de hace ocho días. El primer versículo de hoy es el último que leíamos hace una semana. El evangelista Lucas presenta la reacción de la gente de la sinagoga de Nazareth a la auto-aplicación que Jesús hace del texto de Isaías que acaba de leer “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” En Jesús se hace presente “hoy” la promesa de salvación de Dios que los profetas anunciaban para los “pobres, cautivos, ciegos y oprimidos”. Y de una primera aprobación y admiración “Todos daban su aprobación y admiraban la sabiduría que salían de sus labios”, se va a pasar a la duda, y ante el cuestionamiento que Jesús les hace a la ira y al rechazo total.
¿No es este el hijo de José?, la gente presente en la sinagoga expresa las dificultades que hay para aceptar y hallar en un hombre. Más aún, en un hombre que convivió con ellos, que fue un “hijo de vecino” como cualquier habitante de Nazareth. Y ante el cuestionamiento que Jesús les hace: “Seguramente me dirán aquel refrán, médico cúrate a ti mismo y haz aquí en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído has hecho en Cafarnaúm” añade una frase contundente que manifiesta la actitud de cerrazón a la que están llegando: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra”, y Jesús va todavía más a fondo en su cuestionamiento al recordarles la acción de Dios, que a lo largo de la historia del pueblo, ya se ha hecho presente entre los más desvalidos: viudas, leprosos, extranjeros. Recordando estos episodios en que los profetas Elías y Eliseo actúan a favor de personas extranjeras, Jesús manifiesta que su propia misión está destinada a todos los pueblos y no solo a Israel. También los paganos son llamados a participar del Reino y la salvación que ellos esperaban.
Este relato de la historia de la salvación es una denuncia y un cuestionamiento: que lástima que haya habido extranjeros que hayan aceptado y acogido la intervención de Dios, mejor que ellos. Y esto es difícil de aceptar a los judíos, los cuales entendían el ser pueblo escogido en un sentido restrictivo y exclusivista.
Todo este cuestionamiento provoca la indignación de los oyentes, cuya reacción violenta prefigura el rechazo de Cristo por parte del mundo judío. Y el final de esta escena nos anticipa la muerte y resurrección de Jesús.
¿Qué hay en el trasfondo del evangelio de hoy? Dos cosas que quisiera subrayar de una manera especial.
Primera.- La dificultad que hay para pasar del simple conocimiento humano al plano de la fe. Los habitantes de Nazareth conocieron a Jesús, convivieron con Él; era el hijo de José. Pero pasar a aceptar que en Él se cumple lo anunciado por los profetas, que es el “Ungido”, es decir el Mesías esperado, esto ya es más difícil. Los paisanos de Jesús no lograron dar el paso a la fe y menos cuando se sintieron tan fuertemente cuestionados. También nosotros hoy tenemos las mismas dificultades para dar ese paso.
Segundo.- La escena que se desarrolla en la sinagoga de Nazareth pone de manifiesto un rasgo esencial de la misión de Cristo: la universalidad. El viene para todos los pueblos. Jesús no puede ser acaparado por ningún pueblo.
Los paisanos de Jesús, después del primer movimiento de admiración y al ser fuertemente cuestionados, se vuelven furiosos cuando caen en la cuenta de que no pueden apropiárselo, utilizarlo en clave de exaltación del pueblo, del clan, del grupo. Jesús es una vez más es decepcionante respecto de ciertas expectativas. No se presta a hacer de soporte de una mentalidad exclusivista del privilegio.
¡Que lección para cualquier grupo que hoy quisiera hacer lo mismo con la persona y la misión de Jesús!