domingo, 10 de marzo de 2013

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9)
Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra a su alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto
            Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia.
            Quienes en este texto hablan con Jesús tienen una determinada mentalidad sobre las desgracias; tanto la brutalidad atribuida a Pilato como el accidente de la torre de Siloé, se entendían como el castigo de parte de Dios por algún pecado anterior. En coherencia con esta mentalidad, se entendía que los que no han sufrido ninguna desgracia eran justos, por tanto, Dios no los castigaba. Sin embargo, la manera de actuar de Dios no pasa por castigar a unos, enviándoles desgracias, y premiar a otros, protegiéndoles de cualquier mal.
            En todo esto, Jesús, sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos. Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: “Conviértanse y crean en esta Buena Noticia”. Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.
            Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al “Reino de Dios”. Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde. Necesario es leer los acontecimientos de la historia, incluso los personales, con la intención de encontrar las causas y trabajar por cambiar.
            En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla. Con esta parábola, Jesús coloca ante la propia responsabilidad en la vida. Si no se da fruto, los que esperan, considerarán que la vida está muerta (v. 7).
            Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto. Pero ante una persona cuya vida no da “fruto” (vv. 6-7), Dios tiene una actitud de paciencia activa: sabe que, si se trabaja, si se cuida, si se ponen los medios para transformar, esa realidad estéril se puede convertir (v. 8).
            El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, “el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.
            Lo que necesitamos hoy en la Iglesia es una conversión profunda, un “corazón nuevo”, una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios. Tendremos que reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.
            Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.
            Padre nuestro, nos has creado con un potencial de fecundidad tan enorme que deseamos en corresponsabilidad responderte con generosidad. Te agradecemos, el que constantemente abones nuestra vida con el rocío de tu gracia, la fertilidad de tu Espíritu y la luz de tu Palabra. Concédenos, Padre generoso, ser tierra dócil a tu acción, de modo que puedas recibir de nosotros el fruto que esperas. Danos luz suficiente para cambiar nuestros pensamientos, nuestro obrar, nuestro corazón. De verdad Padre, no queremos seguir igual, desemos cambiar para dar lograr dar el fruto que de nosotros esperas. Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, guía y maestro.

jueves, 28 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra

-->
II Domingo de Cuaresma (Lc 9, 28-36)
Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo
            Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente “La transfiguración del Señor”. Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una “teofanía” o revelación de Dios. Lucas, ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño y asombroso. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente “para orar” (v. 28), no para contemplar una transfiguración.
        La presencia del monte y de la oración es típica del evangelio lucano para expresar la importancia de lo que se nos va a revelar. La “montaña” (v. 28), como símbolo, es el lugar de la revelación de Dios y, por ello, lugar de oración (v. 28). Todo sucede durante la oración de Jesús: “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (v. 29). Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
        En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
        Aparecen Moisés y Elías ‑que representan la Ley y los Profetas, y por tanto, la antigua alianza‑ (v.30), conversando con Jesús acerca de su muerte en Jerusalén (v.31), lugar escogido por Dios para residir y desde donde se revelaría a todos los pueblos de la tierra; pero también, lugar donde Jesús entregará su vida, donde cumplirá la voluntad de Dios. Ellos ‑Moisés y Elías‑, son los testimonios de la veracidad en lo acontecido, pues por medio de la Ley y Profetas es como Dios se había manifestado anteriormente. Sin embargo, ahora se manifiesta en Jesús, el “Hijo” (v. 35), única y definitiva Palabra Dios.
        Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues se caían de sueño y solo al espabilarse” (v.32), captaron algo: la transfiguración de Jesús (v. 29), y la aparición de Moisés y Elías (vv. 30-31). Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que no sabía lo que decía” (v. 33).
        Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube (vv. 34-35), signo de la presencia misteriosa de Dios (Ex 40,35). Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, la voz que identifica a Jesús en su bautismo antes de iniciar su misión en Galilea (Lc 3,22), es la voz de Dios que ahora sale de la nube e identificando a su Hijo se dirige a los discípulos: Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo (v. 35). La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
        Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente “interiorizar” nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
         Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.
         Señor, que el sueño de nuestra condición humana no nos mantenga alejados de los hechos prodigiosos que realizas continuamente en nuestra vida. Que cuando estemos despiertos y logremos velar contigo, consigamos ver la transformación que tiene lugar en nuestro corazón, hasta el punto de reconocerte como presencia transfigurada y luminosa.
         Llévanos, contigo, al monte de la oración, Señor, y concede a nuestra vida cansada y adormecida la capacidad de contemplarte en la gloria del Padre.

martes, 19 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


I Domingo de Cuaresma (L 4, 1-13)
Jesús, lleno del Espíritu Santo regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto
Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas y tensiones que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos. Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
Lucas describe el comienzo de la actividad de Jesús siguiendo el modelo del comienzo de la historia del pueblo de Israel, según el libro del Éxodo. El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto. El pueblo de Israel, que es llamado “el hijo de Dios” (Ex 4,22-23), fue conducido por Dios al desierto donde fue tentado durante cuarenta años (Dt 8,2).
La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Lucas no se contenta con indicar que Jesús tiene el Espíritu Santo, sino que también es conducido por Él en y por el desierto (v. 1).
En el desierto, que es lugar de prueba, discernimiento y de encuentro con Dios, Jesús es tentado por el demonio, “el que divide” (v. 2), éste es el enemigo que desde el principio, ha tentado al hombre para alejarle de la voluntad de Dios y llevarle así a la ruina y a la muerte (cf. G 2; Sb 3,4). Es necesario entender que las tentaciones no aparecen una sola vez, están a lo largo de toda la vida y quizás, en los momentos decisivos (Lc 11,16; 22,3; 23,36-37; Jn 8,6). Por esto la indicación “durante cuarenta días” debe entenderse como un número redondo que indica un tiempo amplio y que, al menos en Lucas, parece abarcar el tiempo de las tentaciones y la guía del Espíritu.
Tanto la primera como la última tentación, inician con una condición “si tú eres el Hijo de Dios…” (vv. 3.9); el tentador sabe que Jesús es el Hijo de Dios pero lo invita a que lo demuestre de modo inadecuado, contrario al plan de Dios. En realidad las tres tentaciones no son sólo lo que aparta de Dios, sino lo que elimina la auténtica humanidad. En el fondo, son una invitación a querer ser persona pero de modo inadecuado.
La primera tentación (v. 3) es la de actuar sin obedecer al Padre. La voluntad del Padre es que el “Hijo” recorra el camino de la humanidad. “El que separa”, se apoya en la necesidad de Jesús, extenuado por el largo ayuno; le sugiere que se sirva de sus poderes sobrehumanos en su propio beneficio. Jesús, siendo fiel al designio del Padre, responde (v. 4) que el auténtico alimento es cumplir dicha voluntad (lo hace citando Dt 8,3, donde se expresa la necesidad que tiene la humanidad de la Palabra que sale de la boca del Señor). Cumplir la voluntad del Padre –ser hombre con todas las consecuencias– es lo único que puede identificar a Jesús como “Hijo de Dios”. Comer es importante pero el ser humano es más que eso; las personas son mucho más que esponjas que consumen alimento.
El pasaje del Deuteronomio (8,3) refiere la experiencia vivida por Israel durante el éxodo, a través del desierto, cuando suspiraba por las ollas de carne y el pan que podía comer en Egipto, llevándolo a murmurar contra Moisés y Aarón (Ex 16; Nm 11,7-8); el pueblo quería alimentarse sin importarle el precio o las consecuencias de esta búsqueda de hartura
La segunda tentación (vv. 5-7) consiste en la búsqueda del poder y la riqueza, en creer que se puede ser señor del mundo y de las cosas, y que se puede estar por encima de los demás. El poder que abusa de otros no viene de Dios sino del diablo; él es su dueño y puede engañarlo a quien quiera, pero a un precio muy alto: que lo adoren y lo sirvan. “El que divide”, quiere empujar a Jesús hacia un mesianismo temporal, de carácter político. Se trata de adorar (v. 7) el poder con la adoración que sólo Dios, como único Señor del mundo, merece. Jesús responde (v. 8) con un convencimiento fuerte al mismo tiempo que profundo: quien adora realmente a Dios tendrá ganas de servir a los demás y no de aprovecharse de ellos. Jesús rinde adoración al único Señor de todo (Dt 6, 13), el único que está realmente por encima y que, sin embargo, ha venido a ponerse debajo de todos (Lc 12,37; Fl 2,6-11).
La tercera tentación (vv. 9-11) es la que se produce cuando dudamos si Dios está o no con nosotros: tentar a Dios, exigirle señales espectaculares para mostrar que está presente. Se trata de forzar a Dios para que actúe al capricho del diablo. En este caso el diablo manipula la Biblia (Sl 91,11.12), se muestra muy astuto. Jesús (v. 12) no pide ningún signo porque Dios está con Él (Dt 6,16). Esta tercera tentación nos hace contemplar a Jesús al final de su camino, en “Jerusalén” (v. 9), donde con su muerte y resurrección –Pascua– superará definitivamente la prueba del tentador y mostrará plenamente su obediencia al Padre (Lc 23,46).
En la vida estamos constantemente sometidos a pruebas. También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo, y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
Hoy también se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener, como sea, el poder. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
Finalmente, caemos en la cuenta que nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Sólo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta su Amor a todos sus hijos.
Padre, tú que nos llenas del don de tu Espíritu, concédenos docilidad al mismo, para que en el caminar de nuestra vida cristiana, se alimente nuestra fe, aumente nuestra esperanza y se refuerce la caridad. Que nuestro pan, sea tu Palabra y tu Hijo; nuestro poder, la capacidad de servirte en las personas; y nuestra sencillez ante tu grandeza, tu gloria.

viernes, 8 de febrero de 2013

Al encuentro con la Palabra


IV DOMINGO ORDINARIO (LC. 4, 21 -30)
¿No es este el hijo de José?,

El evangelio de hoy es continuación del de hace ocho días. El primer versículo de hoy es el último que leíamos hace una semana. El evangelista Lucas presenta la reacción de la gente de la sinagoga de Nazareth a la auto-aplicación que Jesús hace del texto de Isaías que acaba de leer “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” En Jesús se hace presente “hoy” la promesa de salvación de Dios que los profetas anunciaban para los “pobres, cautivos, ciegos y oprimidos”. Y de una primera aprobación y admiración “Todos daban su aprobación y admiraban la sabiduría que salían de sus labios”, se va a pasar a la duda, y ante el cuestionamiento que Jesús les hace a la ira y al rechazo total.
¿No es este el hijo de José?, la gente presente en la sinagoga expresa las dificultades que hay para aceptar y hallar en un hombre. Más aún, en un hombre que convivió con ellos, que fue un “hijo de vecino” como cualquier habitante de Nazareth. Y ante el cuestionamiento que Jesús les hace: “Seguramente me dirán aquel refrán, médico cúrate a ti mismo y haz aquí en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído has hecho en Cafarnaúm” añade una frase contundente que manifiesta la actitud de cerrazón a la que están llegando: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra”, y Jesús va todavía más a fondo en su cuestionamiento al recordarles la acción de Dios, que a lo largo de la historia del pueblo, ya se ha hecho presente entre los más desvalidos: viudas, leprosos, extranjeros. Recordando estos episodios en que los profetas Elías y Eliseo actúan a favor de personas extranjeras, Jesús manifiesta que su propia misión está destinada a todos los pueblos y no solo a Israel. También los paganos son llamados a participar del Reino y la salvación que ellos esperaban.
Este relato de la historia de la salvación es una denuncia y un cuestionamiento: que lástima que haya habido extranjeros que hayan aceptado y acogido la intervención de Dios, mejor que ellos. Y esto es difícil de aceptar a los judíos, los cuales entendían el ser pueblo escogido en un sentido restrictivo y exclusivista.
Todo este cuestionamiento provoca la indignación de los oyentes, cuya reacción violenta prefigura el rechazo de Cristo por parte del mundo judío. Y el final de esta escena nos anticipa la muerte y resurrección de Jesús.
¿Qué hay en el trasfondo del evangelio de hoy? Dos cosas que quisiera subrayar de una manera especial.
Primera.- La dificultad que hay para pasar del simple conocimiento humano al plano de la fe. Los habitantes de Nazareth conocieron a Jesús, convivieron con Él; era el hijo de José. Pero pasar a aceptar que en Él se cumple lo anunciado por los profetas, que es el “Ungido”, es decir el Mesías esperado, esto ya es más difícil. Los paisanos de Jesús no lograron dar el paso a la fe y menos cuando se sintieron tan fuertemente cuestionados. También nosotros hoy tenemos las mismas dificultades para dar ese paso.
Segundo.- La escena que se desarrolla en la sinagoga de Nazareth pone de manifiesto un rasgo esencial de la misión de Cristo: la universalidad. El viene para todos los pueblos. Jesús no puede ser acaparado por ningún pueblo.
Los paisanos de Jesús, después del primer movimiento de admiración y al ser fuertemente cuestionados, se vuelven furiosos cuando caen en la cuenta de que no pueden apropiárselo, utilizarlo en clave de exaltación del pueblo, del clan, del grupo. Jesús es una vez más es decepcionante respecto de ciertas expectativas. No se presta a hacer de soporte de una mentalidad exclusivista del privilegio.
¡Que lección para cualquier grupo que hoy quisiera hacer lo mismo con la persona y la misión de Jesús!

martes, 22 de enero de 2013

Al encuentro con la Palabra


II Domingo Ordinario (Jn 2, 1-11)
“Nadie echa vino nuevo en odres viejos…”

El evangelio de Juan entra en su capítulo segundo, en el llamado “libro de los signos”  donde narra los siete signos o señales que el evangelista selecciona entre otros muchos que hizo Jesús.

Hay un énfasis diferente en la manera de proponer los milagros en Juan que en los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). En el evangelio de Juan nunca sale en el texto original la palabra “milagro”, sino que siempre habla de “signos – señales”, evitando la idea de fenómeno espectacular y destacando la función de “signo” que es necesario descubrir, comprender, asumir.

El gesto realizado por Jesús en Caná es una manifestación de Jesús. El episodio tiene una gran importancia en Juan, porque es el primero y el modelo de todos los “signos”, el que encierra el sentido de los distintos gestos de Jesús. El doble significado del “signo” está indicado al final del relato: revela la gloria de Cristo y conduce a la fe. Para comprender el mensaje de este evangelio. Analicemos algunos elementos del texto.

El marco de la boda, desde Oseas, los profetas han descrito la relación entre Dios y su pueblo como una relación matrimonial. Esto pone de manifiesto a Jesús como el esposo mesiánico, que celebra las bodas con la humanidad.

Las tinajas de piedra de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos, son llenadas de agua que se convierte en vino de óptima calidad y en una abundancia desbordante, son símbolo de los tiempos y bienes mesiánicos, y de la Nueva Alianza que Jesús está inaugurando. La Antigua Alianza cede su lugar a la Nueva Alianza.

El apelativo “mujer” aplicado a María, que apunta a la presentación de María como la nueva Eva.

Estas bodas mesiánicas, por otra parte, tienden absolutamente hacia la “hora” de la cruz y la resurrección. Desde esta perspectiva es como se comprende la naturaleza de la “Gloria” que se  manifiesta en Caná.

El texto del evangelio de hoy nos habla de la extraordinaria novedad que nos ha traído Jesús con su presencia y acción mesiánica. En el “singo” de Caná, Jesús se nos manifiesta como el esposo que viene a desposarse con la humanidad y dar cumplimiento a la promesa de salvación inaugurando así la Nueva Alianza y la nueva ley; el Reino ha llegado simbolizado en la abundancia del vino nuevo y de óptima calidad. En el “signo” de Caná nos entrega el mejor vino e inaugura, de manera simbólica, los tiempos nuevos queridos por Dios y anunciados por los profetas.

La gran novedad que ha traído Jesús al mundo, tal como lo atestiguan los evangelios, es la entrega de su Espíritu, del que cada uno tiene una manifestación en la comunidad para el servicio del bien común como nos recuerda Pablo en la segunda lectura de este domingo. El espíritu de Jesús es la fuente viva del amor filial a Dios y del amor fraterno a los otros. Este amor es la antítesis del egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos lleva a considerarnos el centro de todo. Sin el Espíritu que nos comunica Jesús somos incapaces de salir de nosotros mismos y de abrirnos a Dios y a los otros. En consecuencia somos mejores en el sentido evangélico del término y permanecemos anclados en el pecado y en la muerte.

Hay dos cosas que nos plantea la novedad de Jesús en el “signo de Caná

Primera.- ¿Es Jesús verdaderamente algo nuevo para mi vida? ¿Descubro en Él un horizonte nuevo para mi existencia, una nueva manera de ser y de vivir? El encuentro con Cristo nos hace nuevos en el corazón, en centro más profundo de nuestro ser, cumpliendo así las antiguas profecías.

Segundo.- muy relacionado con lo anterior; Jesús decía a los fariseos que el vino nuevo debe ponerse en odres nuevos, porque solo estos pueden contenerlo. Debemos preguntarnos hasta que punto somos nosotros, efectivamente, “odres nuevos”, capaces de ofrecer espacio al “vino nuevo” del Espíritu que Él nos ofrece. El “vino nuevo” del Reino requiere de hombres nuevos.

lunes, 14 de enero de 2013

Al encuentro con la Palabra


El Bautismo del Señor (Lc. 3, 15-16, 21-22)
“Tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”

Con el domingo del Bautismo del Señor, se cierra el ciclo de Navidad en el calendario litúrgico y se inicia el tiempo ordinario- en realidad toda la Navidad es una gran Epifanía, es decir, la gran manifestación del amor de Dios y su proyecto de salvación, en Jesús el Dios hecho niño, el Verbo hecho uno como nosotros. La fiesta del Bautismo del Señor sigue la misma lógica de la Epifanía.

Hay dos aspectos que adquieren relieve en el relato de Lucas, a propósito del Bautismo de Jesús: la presencia del pueblo y Jesús en oración.

El primer elemento no tiene una función meramente decorativa, sino que se inserta en el contexto de la encarnación. Jesús, antes de sumergirse en el agua, se sumerge en el pueblo. El evangelista quiere subrayar como Jesús se mezcla con la multitud, desaparece en ella, se confunde con ella, se identifica con la condición humana, comparte y asume la exigencia de purificación y salvación.

El segundo aspecto quiere subrayar que después de esa “inmersión” en el pueblo, y seguidamente en el agua, Jesús se sumerge en la oración. Como para abrir una brecha en dirección al cielo y hacer posible la intervención y la acción del Espíritu.

Pero Lucas no subraya sólo el aspecto “comunitario” del Bautismo de Cristo, que se confunde con los demás para recibir el bautismo; aquí como en otras partes de su evangelio, se presenta a Jesús que ora. Una manera peculiar de Lucas para poner de relieve la comunión de Jesús con el Padre en relación a su misión, y al Espíritu que anima esta misión. No puede haber misión sin Espíritu y no puede darse intervención del Espíritu sin oración, y junto con esta manifestación del Espíritu, se oye una voz que viene del cielo que decía: “Tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”

El Bautismo de Jesús es, pues, un momento extraordinario de la revelación de su identidad profunda cono “el Hijo amado del Padre”, y de la manifestación del Espíritu de Dios en la persona de Jesús, “ungido” para la misión.

La tarea de Jesús en el mundo, es por lo tanto doble: Él es el Mesías (el “Ungido”), enviado por el Padre y por esto recibe la fuerza del Espíritu, para realizar su misión de Salvador de los hombres, sacándola del misterio mismo de Dios, de quien proviene. Pero al mismo tiempo Él es también el Hijo predilecto del Padre , el rostro sensible de Dios, el revelador de la Palabra escuchada del Padre y transmitida a los hombres.

Resumiendo de alguna manera el texto de este domingo podríamos decir que Jesús al someterse al bautismo de Juan, se muestra solidario con los hombres pecadores de todos los tiempos, se inserta humildemente en el atormentado camino de toda la humanidad, abraza nuestra condición de gente pobre y vulnerable; con la palabra y con el testimonio de su vida es, realmente, un hombre como nosotros, amigo fiel. Pero también se nos revela como el “Hijo amado del Padre” en quien nosotros tenemos la posibilidad de ser y sentirnos hijos amados del mismo Padre; y el Espíritu Santo que estaba ya en Jesús precisamente porque había sido concebido por el Espíritu Santo, ahora lo recibe desde la perspectiva de su misión; una misión que lo lleva a despojarse de sí mismo hasta la entrega suprema de su vida para realizar el proyecto de salvación del Padre y hacernos partícipes de su amor y vida.

La fiesta de hoy representa una ocasión privilegiada para redescubrir las dimensiones y las consecuencias de nuestro bautismo. Subrayo algunas:

-       En primer lugar, redescubrir y recuperar una experiencia fundamental, la de ser hijos en el Hijo. Con todo lo que comparta esta condición de alegría, fuerza y vida.
Consecuencia de esta realidad, revivir nuestra condición de hermanos con Jesús y los demás

miércoles, 9 de enero de 2013

Al encuentro con la Palabra


Epifanía del Señor (Mt. 2, 1-12)
“Entraron en la casa, vieron al niño con su Madre y lo adoraron postrados en tierna”.

Seguimos profundizando y celebrando el misterio de la Navidad, el misterio del Dios “hecho carne”. Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, la fiesta de los Reyes Magos, como más comúnmente se le conoce en nuestro pueblo. Epifanía quiere decir “manifestación” y la Palabra de Dios en esta solemnidad está centrada toda sobre Jesús Mesías, Rey y Salvador de las Naciones. No ha venido solo para Israel, sino también para los paganos representados por los Magos, es decir, para toda la familia humana. La venida de los Magos es el inicio de la unidad de las naciones, que se realizará plenamente en la fe en Jesús, cuando todos los hombres se reconozcan hijos de un mismo Padre y hermanos entre ellos. Hoy el cristiano es invitado a dilatar los espacios: de su cabeza, de su mentalidad y de su corazón.
El relato está lleno de símbolos y de enseñanzas contrastantes. Podríamos hacer una relectura como el “camino de fe” que tenemos que hacer para llegar al encuentro con el Señor.
Hacer el camino de fe implica “salir” y “ponerse en camino”. Esto significa salir de uno mismo, dejar las propias seguridades y las propias certezas e iniciar la búsqueda. En esta búsqueda siempre habrá signos, señales que nos vayan guiando, o la luz de una fe inicial (el simbolismo de la estrella). En este camino habrá momentos de oscuridad y de luz; hay que investigar y preguntar.
En el relato hay un elemento tremendamente contrastante. Jerusalén, que representa al pueblo creyente está adormecida, y necesita ser despertada por los buscadores, por los adoradores de Dios venidos de lejos. Encuentran a una ciudad que se inquieta, pero no se mueve; encuentran a un rey, ávido de poder que se siente alarmado y temeroso y dispuesto a todo para no perderlo. Encuentran sumos sacerdotes, escribas, que se contentan con libros, documentos, declaraciones solemnes, pero no captan lo “nuevo” que da la razón a estos textos, y no captan que no es cuestión de “saber”, sin de “ir a ver”. Los escribas se manifiestan incapaces de moverse, esclerotizados como están en su “saber”, no llegan a entender que “saber cuestiones religiosas” no significa que están en el camino de la fe. Los escribas repiten una lección, pero se muestran insensibles a la palabra viva.
¡Que contraste con el comportamiento de los magos! Estos, no dudan en ponerse en camino para buscar, aprender, descubrir, y es suficiente un pequeño signo, una señal luminosa en el cielo, para provocar un estremecimiento dentro, para ponerlos en camino. Hombres de deseo, no depositarios de certezas. Preocupados por llenar el corazón, más que por almacenar nociones en el cerebro. Son los verdaderos buscadores y adoradores del Dios de la vida.
El Papa Benedicto XVI comentando este texto de Mateo en su libro sobre “La infancia de Jesús”, hace esta reflexión: “Queda la idea decisiva: los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representa únicamente a la persona que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo”. El final del relato pone de manifiesto el objetivo de todo camino de fe: el encuentro con Cristo. “Entraron en la casa, vieron al niño con su Madre y lo adoraron postrados en tierna. Abrieron sus cofres y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra”. La tradición cristiana ha interpretado estos regalos como un símbolo: el oro representa la realeza de Cristo, el incienso su divinidad y la mirra su humanidad. El camino de búsqueda emprendido por los Magos interroga hoy nuestras certezas o nuestras dudas de fe y nos pide una respuesta que nos ponga también a nosotros en camino por el sendero de un deseo de Dios, nuevo y más profundo. Tal vez nos hemos quedado en el mero conocimiento de las verdades religiosas, creyendo que ese es el camino de la fe. Que no nos pase que nos acomodemos en lo que sabemos de Cristo sin dar un paso más para encontrarle de verdad, para adorarle y convertirle en el centro de nuestra existencia y en la meta hacia la cual debemos tender siempre con nuevo impulso.
Cuando lo hayamos buscado y encontrado así, experimentaremos la “inmensa alegría” que supone vivir a la luz de su presencia.