lunes, 14 de enero de 2013

Al encuentro con la Palabra


El Bautismo del Señor (Lc. 3, 15-16, 21-22)
“Tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”

Con el domingo del Bautismo del Señor, se cierra el ciclo de Navidad en el calendario litúrgico y se inicia el tiempo ordinario- en realidad toda la Navidad es una gran Epifanía, es decir, la gran manifestación del amor de Dios y su proyecto de salvación, en Jesús el Dios hecho niño, el Verbo hecho uno como nosotros. La fiesta del Bautismo del Señor sigue la misma lógica de la Epifanía.

Hay dos aspectos que adquieren relieve en el relato de Lucas, a propósito del Bautismo de Jesús: la presencia del pueblo y Jesús en oración.

El primer elemento no tiene una función meramente decorativa, sino que se inserta en el contexto de la encarnación. Jesús, antes de sumergirse en el agua, se sumerge en el pueblo. El evangelista quiere subrayar como Jesús se mezcla con la multitud, desaparece en ella, se confunde con ella, se identifica con la condición humana, comparte y asume la exigencia de purificación y salvación.

El segundo aspecto quiere subrayar que después de esa “inmersión” en el pueblo, y seguidamente en el agua, Jesús se sumerge en la oración. Como para abrir una brecha en dirección al cielo y hacer posible la intervención y la acción del Espíritu.

Pero Lucas no subraya sólo el aspecto “comunitario” del Bautismo de Cristo, que se confunde con los demás para recibir el bautismo; aquí como en otras partes de su evangelio, se presenta a Jesús que ora. Una manera peculiar de Lucas para poner de relieve la comunión de Jesús con el Padre en relación a su misión, y al Espíritu que anima esta misión. No puede haber misión sin Espíritu y no puede darse intervención del Espíritu sin oración, y junto con esta manifestación del Espíritu, se oye una voz que viene del cielo que decía: “Tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”

El Bautismo de Jesús es, pues, un momento extraordinario de la revelación de su identidad profunda cono “el Hijo amado del Padre”, y de la manifestación del Espíritu de Dios en la persona de Jesús, “ungido” para la misión.

La tarea de Jesús en el mundo, es por lo tanto doble: Él es el Mesías (el “Ungido”), enviado por el Padre y por esto recibe la fuerza del Espíritu, para realizar su misión de Salvador de los hombres, sacándola del misterio mismo de Dios, de quien proviene. Pero al mismo tiempo Él es también el Hijo predilecto del Padre , el rostro sensible de Dios, el revelador de la Palabra escuchada del Padre y transmitida a los hombres.

Resumiendo de alguna manera el texto de este domingo podríamos decir que Jesús al someterse al bautismo de Juan, se muestra solidario con los hombres pecadores de todos los tiempos, se inserta humildemente en el atormentado camino de toda la humanidad, abraza nuestra condición de gente pobre y vulnerable; con la palabra y con el testimonio de su vida es, realmente, un hombre como nosotros, amigo fiel. Pero también se nos revela como el “Hijo amado del Padre” en quien nosotros tenemos la posibilidad de ser y sentirnos hijos amados del mismo Padre; y el Espíritu Santo que estaba ya en Jesús precisamente porque había sido concebido por el Espíritu Santo, ahora lo recibe desde la perspectiva de su misión; una misión que lo lleva a despojarse de sí mismo hasta la entrega suprema de su vida para realizar el proyecto de salvación del Padre y hacernos partícipes de su amor y vida.

La fiesta de hoy representa una ocasión privilegiada para redescubrir las dimensiones y las consecuencias de nuestro bautismo. Subrayo algunas:

-       En primer lugar, redescubrir y recuperar una experiencia fundamental, la de ser hijos en el Hijo. Con todo lo que comparta esta condición de alegría, fuerza y vida.
Consecuencia de esta realidad, revivir nuestra condición de hermanos con Jesús y los demás

miércoles, 9 de enero de 2013

Al encuentro con la Palabra


Epifanía del Señor (Mt. 2, 1-12)
“Entraron en la casa, vieron al niño con su Madre y lo adoraron postrados en tierna”.

Seguimos profundizando y celebrando el misterio de la Navidad, el misterio del Dios “hecho carne”. Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, la fiesta de los Reyes Magos, como más comúnmente se le conoce en nuestro pueblo. Epifanía quiere decir “manifestación” y la Palabra de Dios en esta solemnidad está centrada toda sobre Jesús Mesías, Rey y Salvador de las Naciones. No ha venido solo para Israel, sino también para los paganos representados por los Magos, es decir, para toda la familia humana. La venida de los Magos es el inicio de la unidad de las naciones, que se realizará plenamente en la fe en Jesús, cuando todos los hombres se reconozcan hijos de un mismo Padre y hermanos entre ellos. Hoy el cristiano es invitado a dilatar los espacios: de su cabeza, de su mentalidad y de su corazón.
El relato está lleno de símbolos y de enseñanzas contrastantes. Podríamos hacer una relectura como el “camino de fe” que tenemos que hacer para llegar al encuentro con el Señor.
Hacer el camino de fe implica “salir” y “ponerse en camino”. Esto significa salir de uno mismo, dejar las propias seguridades y las propias certezas e iniciar la búsqueda. En esta búsqueda siempre habrá signos, señales que nos vayan guiando, o la luz de una fe inicial (el simbolismo de la estrella). En este camino habrá momentos de oscuridad y de luz; hay que investigar y preguntar.
En el relato hay un elemento tremendamente contrastante. Jerusalén, que representa al pueblo creyente está adormecida, y necesita ser despertada por los buscadores, por los adoradores de Dios venidos de lejos. Encuentran a una ciudad que se inquieta, pero no se mueve; encuentran a un rey, ávido de poder que se siente alarmado y temeroso y dispuesto a todo para no perderlo. Encuentran sumos sacerdotes, escribas, que se contentan con libros, documentos, declaraciones solemnes, pero no captan lo “nuevo” que da la razón a estos textos, y no captan que no es cuestión de “saber”, sin de “ir a ver”. Los escribas se manifiestan incapaces de moverse, esclerotizados como están en su “saber”, no llegan a entender que “saber cuestiones religiosas” no significa que están en el camino de la fe. Los escribas repiten una lección, pero se muestran insensibles a la palabra viva.
¡Que contraste con el comportamiento de los magos! Estos, no dudan en ponerse en camino para buscar, aprender, descubrir, y es suficiente un pequeño signo, una señal luminosa en el cielo, para provocar un estremecimiento dentro, para ponerlos en camino. Hombres de deseo, no depositarios de certezas. Preocupados por llenar el corazón, más que por almacenar nociones en el cerebro. Son los verdaderos buscadores y adoradores del Dios de la vida.
El Papa Benedicto XVI comentando este texto de Mateo en su libro sobre “La infancia de Jesús”, hace esta reflexión: “Queda la idea decisiva: los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representa únicamente a la persona que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo”. El final del relato pone de manifiesto el objetivo de todo camino de fe: el encuentro con Cristo. “Entraron en la casa, vieron al niño con su Madre y lo adoraron postrados en tierna. Abrieron sus cofres y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra”. La tradición cristiana ha interpretado estos regalos como un símbolo: el oro representa la realeza de Cristo, el incienso su divinidad y la mirra su humanidad. El camino de búsqueda emprendido por los Magos interroga hoy nuestras certezas o nuestras dudas de fe y nos pide una respuesta que nos ponga también a nosotros en camino por el sendero de un deseo de Dios, nuevo y más profundo. Tal vez nos hemos quedado en el mero conocimiento de las verdades religiosas, creyendo que ese es el camino de la fe. Que no nos pase que nos acomodemos en lo que sabemos de Cristo sin dar un paso más para encontrarle de verdad, para adorarle y convertirle en el centro de nuestra existencia y en la meta hacia la cual debemos tender siempre con nuevo impulso.
Cuando lo hayamos buscado y encontrado así, experimentaremos la “inmensa alegría” que supone vivir a la luz de su presencia.

lunes, 24 de diciembre de 2012

¡FELIZ NAVIDAD!


Natividad de nuestro Señor Jesucristo
Misa de media noche (Lc. 2, 1-14)
“La Palabra de Dios se ha hecho carne”

El nacimiento de Jesús aparece narrado en Lucas como una extrema sencillez, aunque poniendo de relieve su importancia decisiva.

El relato es simple, pero sugestivo, llevo de matices teológicos y construido sobre el modelo del anuncio misionero, que comprende tres momentos: Primero la narración del acontecimiento.- el edicto de César Augusto y el nacimiento de Jesús en Belén, en la pobreza, en un país sometido a una potencia extranjera; después el anuncio hecho por los ángeles a los pastores, primeros testigos del evento de la salvación y por último, la acogida del anuncio por los pastores que van a la gruta y encuentran a Jesús y el relato de su experiencia a otros.

El punto central del relato son las palabras de los ángeles a los pastores: “No teman, les traigo una buena noticia que causará gran alegría a todo el pueblo; hoy les ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor.  Esto les servirá de señal, encontrarán al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Esta es la “Buena Noticia” que hoy se nos da, pero para contemplar el misterio de la Navidad necesitamos sobre todo, simplicidad para asombrarnos ante el mensaje. Capacidad de asombro y mirada de niño, son dos elementos indispensables para entrar en la comprensión y la vivencia de la Navidad; sólo así podremos gustar el mensaje de alegría de esta noche santa, y esta alegría tiene una motivación clara; el nacimiento de un niño, salvador universal que trae motivos de esperanza, que son paz, justicia, salvación. Una nueva manera de vivir, empieza a anunciarse a los hombres. Este Niño es el único en el podemos poner nuestra última esperanza. Jesucristo es la esperanza de que la injusticia que hoy lo envuelve todo no prevalecerá para siempre. Sin esta esperanza no hay Navidad.

El mensaje profundo de la Navidad es uno pero tiene múltiples expresiones: es el dinamismo del amor que se da; Dios nos ama infinitamente y por eso viene a nuestro encuentro y nos da todo lo que tiene su propio Hijo, hecho uno como nosotros para incorporamos a su misterio de vida y amor. El relato de Lucas nos ofrece una clave para acercarnos al misterio de ese Dios, el “pesebre”. Es significativo las veces que lo repite. María lo acuesta en un pesebre, a los pastores no se les dará otra señal: lo encontrarán en un pesebre. Efectivamente, en el pesebre lo encuentran al llegar a Belén. Ese pesebre es la señal para reconocerlo, el lugar donde hay que encontrarlo. ¿Qué significa esto? A Dios no hay que buscarlo en lo admirable y grandioso, sino en lo ordinario y cotidiano de nuestra vida. No hay que indagar en lo grande, sino rastrear en lo pequeño.

“Ir a Belén para nosotros significará cambiar nuestra idea de Dios, volver al inicio y descubrir a un Dios cercano y pobre. Acoger su amor y su ternura. Para el cristiano, celebrar la Navidad es “volver a Belén”

En la Navidad también Dios ha hablado. Ha dado su respuesta a los interrogantes fundamentales que el hombre se hace: ¿Por qué el sufrimiento y el dolor, si nos sentimos desde lo más íntimo de nuestro ser llamados a la felicidad? ¿por qué tanta frustración ¿por qué la muerte, si hemos nacido para la vida? Ahora tenemos su respuesta que no son explicaciones o teorías, nos ha dado su Palabra. “La Palabra de Dios se ha hecho carne”, uno como nosotros para dar  su respuesta a tantos interrogantes que el hombre se hace sobre el sentido de su existencia. Dios ha querido sufrir en nuestra propia carne nuestras interrogantes, sufrimientos e impotencia. Nace para vivir Él mismo nuestra aventura humana y abrirnos un nuevo panorama de vivir y lo ha hecho haciéndose solidario con nosotros, ya no estamos perdidos en nuestra soledad. Dios comparte nuestra existencia.

Quiero terminar con unas palabras del gran teólogo K. Rahmer: Proclamar que es Navidad significa afirmar que Dios, a través del Verbo hecho carne, ha dicho su última Palabra, la más profunda y la más bella de todas. La ha introducido en el mundo y no podrá retomársela, porque se trata de una acción decisiva de Dios, porque se trata de Dios mismo presente en el mundo, y he aquí lo que dice esta Palabra: “Mundo, ¡te am

martes, 11 de diciembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


Segundo Domingo de Adviento (Lc. 3, 1-6)
“Lo importante es no perder el humilde deseo de Dios”.

Nos vamos adentrando en el comino del Adviento. Hoy el Evangelio nos presenta a uno de los personajes propios de este tiempo litúrgico: Juan Bautista.

En la presentación del Bautista, Lucas subraya en primer lugar el acontecimiento de gracia de la “palabra” que viene a él: “vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías” (v2). El desierto de Lucas aparece aquí, no únicamente como un lugar geográfico, sino como una actitud humana del silencio y despojo en la que la palabra es acogida.

Al “acontecimiento” de la palabra, el evangelista antepone también un cuadro histórico de gobernantes civiles y religiosos (vv 1-2) para significar la historicidad de la palabra: se da en circunstancias históricas y es palabra para esas condiciones.

El desierto es el lugar donde Juan “recibe” la Palabra y la región del Jordán es el lugar donde proclama esa Palabra a los demás, invitándolos a la conversión. Habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, Juan puede hacer resonar su invitación como oferta de salvación a todos.

Viene después un texto del profeta Isaías (vv 4-6) a través del cual Lucas describe en imágenes simbólicas el contenido de la misión del Bautista. Históricamente este texto se refería a la preparación del regreso a su patria, del pueblo de Israel cautivo en Babilonia. Pero ahora tiene una connotación actual: Dios viene a dar cumplimiento a su promesa de salvación, y, por lo mismo, hay que prepararle el camino. La actualidad de la Palabra sigue teniendo vigencia para nosotros.

Vamos caminando con la Iglesia para preparar la Navidad, y en este segundo domingo de Adviento escucho con insistencia “a prepararle el camino al Señor” ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestra vida?

Búsqueda personal.- lo primero es buscar al Dios vivo, que se nos revela en Jesucristo. Abrirnos a su Palabra. El Señor nos recuerda que el encuentro con su Palabra es más fuerte que los imperios y que los grandes de este mundo, aprender a escucharla en el silencio (el desierto) y la disponibilidad. Dios se deja encontrar por aquellos que lo buscan.

Atención interior.- para abrir un camino a Dios, es necesario descender al fondo de nuestro corazón. Quien no busca a Dios en su interior es difícil que lo encuentre fuera. Dentro de nosotros encontraremos miedos, preguntas, deseos, vacío… no importa, Dios está ahí. Él nos ha creado con un corazón que no descansará sino en Él.

Con un corazón sincero.- lo que más se acerca al misterio de Dios es vivir en la verdad, no engañarnos a nosotros mismos, reconocer nuestros errores. Es el inicio de un camino de conversión. Tomando el texto de Isaías que describe el mensaje del Bautista, tendríamos que preguntarnos ¿qué significa para nosotros “que todo valle será rellenado”? ¿Cuáles son los vacíos que tenemos que llenar? ¿las cosas de debería haber y no hay?

“Toda montaña y colina rebajada”.- ¿Cuáles son las cosas en nuestra vida que tenemos que quitar, lo que es obstáculo para que Dios entre en mi existencia?. “Lo torcido se hará derecho y los caminos ásperos serán allanados” ¿Qué es lo que hay que enderezar en mi vida y lo que hay que allanar para “hacerle camino a Dios” y pueda venir a mi?

Todas estas imágenes son un llamado a ponerles nombre a las circunstancias concretas de nuestra vida; sino, se quedarán únicamente como eso: imágenes. Aquí está la concretización de nuestra conversión. Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Dios nos acompaña a todos. No abandona a nadie y menos cuando se encuentra perdido. Lo importante es no perder el humilde deseo de Dios y así, solo así, podremos “ver la salvación de Dios”, vivir en la navidad la experiencia del “Dios con nosotros”


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXXII Domingo Ordinario (Mc 12, 38-44)
No estás lejos del Reino de Dios
            Atacados los maestros de la ley en el plano doctrinal (vv. 28b-37), ahora lo son también en plano de la vida práctica (vv. 38-44). Ya ha roto de una manera definitiva con los jefes, con la clase dirigente. Le interesa ahora solo poner en guardia a la gente sencilla. Las acusaciones dirigidas a los escribas, se pueden resumir en estos defectos: vanidad, hipocresía y codicia. La enseñanza de Jesús es totalmente opuesta a la de los escribas.
            La vanidad (vv.38-39), se cita la costumbre de pasear pomposamente envueltos en sus balandranes de terciopelo, el complacerse con reverencias y los saludos de la gente obsequiosa, el acaparamiento de los asientos de honor. Jesús, ha enseñado a los suyos a ser los últimos y servidores de todos. La hipocresía (v. 40), consiste ante todo en una devoción ostentosa, basada en la cantidad y en la extensión de las oraciones, ofrecida en espectáculo para recabar admiración y estima, especialmente, por parte de las mujeres. Jesús, les enseña a tener fe y perdonar. La codicia (v. 40), da a entender de una manera muy clara que su religiosidad era falsa. En vez de ayudar a los pobres, a los indefensos, no dudan en explotarlos sin pudor, aprovechándose incluso de su hospitalidad. Con otras palabras, se sirven de su prestigio religioso para recabar utilidades materiales a costa de los simples, de la gente desposeída. Jesús, enseña a acoger a los pequeños y a los indefensos.
            Lo que Jesús critica de los escribas es propio de toda persona religiosa cuando en su vida no hay unidad entre el primer y segundo mandamientos (vv. 29-33). Las controversias concluyen tras haber sido desenmascarados los maestros de la ley. Las posesiones matan la capacidad de compartir, la capacidad de asumir el riesgo del don gratuito, es decir, de dar, de dar fruto
            La escena de la ofrenda de la “viuda pobre” (vv. 41-44) contrapone a “todos” los ricos (v. 44) a esta mujer que lo da “todo” (v. 44). La mujer, hace recordar a los pobres de Yahveh, a los pequeños, a los huérfanos y forasteros. Hace recordar al auténtico Israel a quien Dios auxilia. Dar todo lo que tiene para vivir (v. 44), es dar con desprendimiento. Es ponerse totalmente en manos de Dios. Esta generosidad de la viuda contrasta totalmente con la ostentación de los ricos y la actitud de los escribas, devoradores de los bienes de las viudas (v. 40).
            Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Hoy, tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender.
            Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea que hagas de mí, te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi vida, te la doy con todo el amor de que soy capaz. Porque te amo y necesito darme a Ti, ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida, con una confianza infinita, porque Tú eres mi Padre” (Charles de Foucauld).

lunes, 5 de noviembre de 2012

Al encuentro con la Palabra


XXXI Domingo Ordinario (Mc 12, 28-34)
No estás lejos del Reino de Dios
            La retirada sumisa y silenciosa de los burlescos saduceos suscita la aparición del único interlocutor sincero: un maestro de la Ley, empeñado en la búsqueda auténtica de la verdad. El escriba es un especialista de la Ley, dentro del partido de los fariseos. Contrarios a los saduceos a los que, Jesús ha dejado en evidencia unos versículos antes de este evangelio de hoy (vv. 18-27). El escriba que se acerca a Jesús no viene a tenderle una trampa. Tampoco a discutir con él. Parece que pregunta con buena intención: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” (v. 28). Su pregunta nace de una exigencia particularmente sentida en el judaísmo de entonces. Era la cuestión fundamental para cualquier judío piadoso y entre las diferentes escuelas o corrientes teológicas. Un número exagerado de imposiciones y prohibiciones, no pocas veces insignificantes, impedía ver con claridad lo realmente importante. La opinión más extendida era que lo principal para un judío era el cumplimiento exacto del sábado. Hasta Yahveh estaba sometido al sábado. “El séptimo descansó” Pero había otras opiniones.
            Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando en la religión se van acumulando normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. De ahí que Jesús no le cita los mandamientos de Moisés. Sencillamente, le recuerda la oración que esa misma mañana han pronunciado los dos al salir el sol, siguiendo la costumbre judía: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (v. 29).
            Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas. Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. ¡Sabemos que lo importante es amar! No se trata un sentimiento ni una emoción. Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las personas. Jesús habla de amar “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser” (v. 30). De manera generosa y confiada.
            En este diálogo, Jesús añade algo que el escriba no ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas?
            Es muy frecuente confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario para con quienes vivimos y convivimos. Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a nuestro prójimo? Quien sigue a Jesús no puede “quedarse” en Dios. La prueba de que está de parte de Dios siempre será su amor al prójimo. Quien busca el bien del hombre, no está lejos del Reino.
            Padre nuestro, Tú estás siempre con nosotros que somos tus hijos. Jamás dudamos de tu amor por nosotros, más bien, dudamos en la certeza de amar a los demás como cada uno necesita. Sabemos que en los demás te encuentras, y en ellos podemos amarte. Cuando te encontramos, reencontramos la paz contigo, la alegría con nosotros mismos, la amistad con los demás. Como seguidores de tu Hijo, no es el pecado nuestra pobreza, sino la falta de amor. Perdón te pedimos por nuestra pobreza para amar.
            Nos has hecho para amar, no quieres que amemos poco. Quieres que amemos mucho. Que amemos “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es el amor, la señal de que Tú estás nosotros. Gracias, porque cuando amamos, descubrimos algo: ¡Tú estás siempre con nosotros! Fortalece nuestra amistad contigo, para que en Ti, y desde Ti, la riqueza del amor podamos con otros podamos compartir.
            Jesús, amor encarnado del Padre y pedagogo nuestro en el arte de amar, que no sea la “idea” de tu amor la que enriquezca nuestro conocimiento y empobrezca nuestra experiencia de amar. Que sea más bien, la experiencia del amor, la que nos haga gustar de la cercanía de tu Reinar en nuestro vivir.

Al encuentro con la Palabra


XXX Domingo Ordinario (Mc 10, 46-52)
!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama
            Volvemos nuevamente a tomar el texto de san Marcos. En este caminar siguen hacia Jerusalén y atraviesan por la región de Jericó. Se puede decir que este relato es una verdadera biografía espiritual de un auténtico seguidor, en contraste con el modo de actuar de Santiago y Juan (10, 35-45). Necesario es recordar la significación de los ojos, que unidos al corazón es donde se asientan el discernimiento, la elección, la decisión y el modo de vivir.
            Mientras el ciego, pide ver y se abre a la condición mesiánica de Jesús (vv. 47-48), los discípulos caminan ciegos sin entender las decisiones y acciones del Maestro. No es suficiente ver; desde la perspectiva marcana, estar ciego es estar impedido para seguir adecuadamente a Jesús y vivir como Él.
            La petición del ciego expresa la necesidad real de quien quiere trazar el camino de la existencia siguiendo a Jesús: Maestro, que pueda ver (V. 51). En el seguimiento de Jesús es indispensable conocer y asumir ciertos comportamientos a la luz de las exigencias del Maestro que entrega su vida.
            La curación del ciego Bartimeo, quiere urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. Aceptar que desconocemos a Jesús, es el inicio del alumbramiento para seguir su camino. Tal ignorancia nos instala en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?
            A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (v. 47). Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación. Se escucha la oración humilde y confiada del ciego. El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús que le llega a través de sus enviados: “!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama (v. 49). Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.
            El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: “Maestro, que pueda ver (v. 52). Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego “al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino” (v. 52).
            Padre nuestro, que no seamos insensibles para captar el paso de Jesús en el camino de nuestra vida. Ayúdanos Señor a distinguir nuestras cegueras para que seamos conscientes de la necesidad que de Jesús tenemos. Si estamos ciegos Padre, ayúdanos a desarrollar capacidades diferentes para estar siempre atentos a tu llamada y asumir tu proyecto siguiendo a tu Hijo.
            Si la ceguera es la incapacidad de ver, acoger y vivir el proyecto de Dios que nos pone frente a Jesús, que no falten quienes hagan cercana la voz del Maestro: “!Ánimo¡ Levántate, porque Él te llama”. Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar nuestra vida y la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndole de cerca.