martes, 17 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XV DOMINGO ORDINARIO (Mc 6, 7-13)
“….Y llamó a los que Él quiso”

Tras la resistencia que había encontrado en Nazaret a causa de la incredulidad de sus habitantes, prosigue Jesús en su actividad de anunciador del Reino de Dios; más aún la prologa asociando también a los doce en esta misión. El Evangelista ya había señalado en 3, 13ss que llamó a los que Él quiso “ para que estuvieran con Él (discipulado) y para enviarlos a predicar el evangelio dándoles poder de arrojar a los demonios” (apostolado).

El evangelio de hoy subraya el segundo aspecto de la vida del discípulo: el de apóstol o misionero. Es Jesús quien toma la iniciativa y quien dicta las condiciones en que debe desarrollarse la misión. Hace participes a los enviados de su mismo poder para que prosigan su obra. Esta consiste, esencialmente, en anunciar el alegre mensaje del Reino (el Reino de Dios está presente y es urgente convertirse), en luchar contra el maligno, en realizar curaciones  como signos probatorios de la Palabra proclamada y como primicias del mismo Reino.

Jesús envía a los doce en misión, dándoles unas reglas precisas de comportamiento. El estilo del anuncio consiste en reproducir las características de Jesús, que predicaba (palabras) y realizaba milagros (acciones).  Así pues, la de los doce es una experiencia de aprendizaje, una experiencia previa a la misión definitiva que vendrá después de la resurrección. Algo que prolonga y actualiza la misión de Jesús.

Los envía “de dos en dos” (v7). Hay dos motivos que justifican este gesto. El primero es de naturaleza jurídica: en la cultura judía un testimonio solo tenía valor cuando lo referían al menos dos personas. Un segundo motivo es que la misión es una realidad comunitaria, aunque lo lleven a cabo pocas personas, se es enviado por una comunidad y se actúa en nombre de ella. Las apropiaciones personalistas o individualistas están fuera de lugar.

“Les mandó que no llevaran nada para el camino, ni un pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica” (v 8). Jesús los envía con la riqueza de su poder, pues les confiere autoridad para vencer sobre el mal. Esta es su única provisión, todo lo demás se convierte en un accesorio embarazoso. Es preciso ser ágiles de cuerpo y libres de corazón: es la libertad respecto de las cosas para ser enteramente del Señor. Además de que este versículo es todo un canto a la Providencia, que se presupone una confianza a toda prueba en Jesús, hay aquí todo un simbolismo: la misión no puede apoyarse en el dinero ni en cualquier otro tipo de poder humano.

Solo tienen que llevar “un bastón, sandalias y una sola túnica”.  Es decir, la misión, exige estar siempre en camino. La gran tentación en la misión es “instalarse”.  La instalación es la antítesis de la misión.

La norma de permanecer en la misma casa educa a los discípulos para emplear bien el tiempo, evitando la búsqueda de comodidades o de ventajas personales. En la medida que eviten ser vagabundos y superficiales, podrán invertir todas sus energías y toda su atención en la tarea que se les ha asignado.

Pero el envío toma también en consideración la posibilidad de que alguien no esté interesado en el anuncio y la acción de los discípulos, incluso en mismo rechazo como ya Jesús lo había experimentado.

Los doce han estado con Jesús desde hace algún tiempo. Con Él han aprendido a plantear la vida de una manera diferente, y han sido introducidos en los misterios del Reino. Es tiempo de dar un paso adelante en su madurez.  Esta se manifiesta, entre otras cosas, en la capacidad de comunicar a los otros la riqueza de su propia experiencia de Jesús y del Reino . Jesús favorece ese paso enviando a los suyos en misión.

La misión supone crear un puente entre Jesús y las personas. Todo cristiano, además de discípulo es misionero y está llamando a transmitir su experiencia de Jesús, a fin de favorecer un encuentro directo entre la persona y el mismo Jesús. La misión nos concierne, por tanto, a todos. El Señor nos llama y nos envía.

Los apóstoles no se predicaban a sí mismos, como tampoco el cristiano anuncia una filosofía suya. Son testigos de Cristo enviados con su poder, pero sin olvidar las condiciones en que deben realizar la misión.

domingo, 8 de julio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XV Domingo Ordinario (Mc 6, 1-6)
¿Quién eres Tú Señor?

Jesús ha dejado desde hace ya algún tiempo la pequeña aldea donde había crecido y en la que había vivido durante unos treinta años, dando comienzo a una predicación extraordinaria. Se ha establecido en Cafarnaúm, donde predica y realiza milagros y desde donde sale al resto de la Galilea a predicar y realizar los signos de la presencia del Reino. Su fama se va extendiendo cada vez más por toda la región. Ahora decide volver a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Como buen Judío, el sábado se dirige a la sinagoga, Marcos es lacónico al describir lo que sucedió ahí; de seguro le invitaron a leer y explicar el texto correspondiente a ese día.

Su explicación sorprende a muchos, pero pronto se hacen una serie de preguntas, algunas de ellas quedan sin respuesta y otras tienen una respuesta obvia. Y del asombro pasan al desconcierto y finalmente al rechazo. ¿Qué hay en el fondo del evangelio de  hoy?. El problema que hay en todo camino de fe. La presunción de conocer a Jesús les bloquea para salir de sus esquemas. ¿No es este el carpintero, el hijo de María? ¿No viven aquí sus parientes? ¿No es éste el niño que correteaba con los demás niños por las calles del pueblo? ¿No es este el adolescente y el joven que se juntaba con los demás jóvenes en la plaza del pueblo? ¿De donde sacó este la sabiduría si nunca fue a las escuelas de Jerusalén con los grandes maestros? En definitiva, ¿No es este “un hijo de vecino” cualquiera, como cualquiera de nosotros?

Creen conocer a Jesús y esto lo bloquea a cualquier otro conocimiento de Jesús. son incapaces de integrarse a fondo, de indagar mejor la identidad de su ilustre paisano. Con semejante actitud de cerrazón no están dispuestos a acoger, los gérmenes de la novedad que Jesús les propone y que contrastan con la experiencia que ellos tienen. Fueron incapaces de dar el salto de la simple experiencia humana que ellos tenían de Jesús al plano de la fe.
El amargo comentario de Jesús cita un proverbio muy conocido en su tiempo; “Todos  honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes  y los de su casa” sucede con frecuencia que precisamente los que están mas cerca, se muestran refractarios a cambiar de opinión, prisioneros de su pasado o de sus conocimientos. Por la falta de fe en su persona, los habitantes de Nazaret no disponen del requisito necesario para dejar espacio al milagro. Dice el evangelista: “Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar a los pueblos vecinos”

Un comienzo prometedor termina en una doble decepción: decepción por parte de los habitantes de Nazaret que del asombro pasan al escándalo y al rechazo y decepción por parte de Jesús, que constata la dureza de su corazón. No basta el asombro del inicio, ni tampoco la escucha de novedades agradables, es necesario pasar del mensaje al mensajero, de la acción al que la realiza. No se puede dar por descontado nuestro conocimiento de la persona de Jesús, ni presumir que ya lo conocemos todo acerca de Él. Proceder así es cerrarnos a la novedad de su mensaje y de su persona que rompe nuestros esquemas, supera nuestras expectativas, y nos abre caminos nuevos insospechados para nosotros. Sigue siendo cierto aquello de que el evangelio, antes de ser un texto escrito y que ya conocemos, es una Persona, es el mismo Jesús, al que hemos de acoger en todo momento de nuestra vida. Jesús no llega nunca a nosotros del mismo modo y se reserva siempre la posibilidad de sorpresas agradables e inesperadas. Dicho con otras palabras, es necesario que nos pongamos siempre en una actitud de escucha, de una receptividad disponible al Espíritu que crea y recrea.

Pero esto sólo lo podrá vivir quién esté dispuesto a salir de sus esquemas y certezas para abrirse a la novedad de Dios.

¿Quién eres Tú Señor?.  La pregunta atraviesa los siglos y llega hoy, en este momento a mi. Y no puedo quedarme en respuestas del catecismo adquiridas en el pasado, ni en expectativas que me impiden abrirme a los nuevo.

domingo, 1 de julio de 2012

Al encuetnro con la Palabra


XIII Domingo Ordinario (Mc 5, 21-43)
“Hija, tu fe te ha salvado”

El Evangelio de hoy presenta entrelazados dos milagros: la curación de una mujer que ha padecido durante doce años un flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga. La situación inicial, en los dos casos que se narran, es la de una imposibilidad reconocida para salvar por parte de los hombres: tanto la niña como la mujer han sido tratadas inútilmente por la ciencia médica, hasta el punto de que la primera “está agonizando” y después “muere”, y la segunda sólo ha conseguido empeorar. Para una persona razonable sólo queda una posibilidad: recurrir al Dios, que es el Señor de la vida.
Es interesante resaltar el camino que ambos hacen, Jairo y la mujer, al encuentro con Cristo, Señor de la vida.
Jairo viene de una situación de dolor y sufrimiento por la enfermedad de una hija que está agonizando y que incuso, cuando va de camino muero. Viene de una situación en la que, como jefe de la sinagoga, ha de haber enfrentado la desaprobación de lo que iba a hacer, por parte de aquellos, los demás jefes de la sinagoga que se oponían a la persona y mensaje de Jesús y que ya lo habían rechazado. La mujer viene de una situación de doce años de dolor y de sufrimiento debido a su enfermedad, de desesperanza ante la ineficacia de la ciencia médica, en la que además había gastado todo lo que tenía. Viene también de una situación de exclusión social y religiosa por lo que mandaba la ley: una mujer en esas condiciones era considerada “impura” y todo lo que tocara quedaba impuro; por eso quedaba excluida del culto de la sinagoga. Esta es la razón por la que la mujer no quería hacerse notar por Jesús, sólo se limita a rozar su manto a escondidas, aprovechándose de la aglomeración de la gente, y ésta es la razón también por la  siente culpable, temerosa y temblorosa.
Los dos, tanto Jairo como la mujer, desde situaciones diferentes hacen un camino que los lleva al encuentro de Cristo como Señor de la vida, porque hay un elemento común que los empuja y los sostiene en Él: la fe. La fe que lleva a Jairo a superar las incomprensiones y el posible rechazo de sus compañeros; la fe que lo lleva a superar la incapacidad que vivía ante la agonía de su hija, y después ante el hecho de la muerte: ya no hay nada que hacer, como dejan entender los que llevan la triste noticia a Jairo el padre de la niña. Jesús, sin embargo, refuerza la fe del padre con esta recomendación “No temas, basta que tengas fe”.  Se necesita una fe extraordinaria, casi heroica, para superar la evidencia de los hechos. Debido a esta fe es capaz de escuchar a Cristo, que como Señor de la vida dice: “Talithá, kum”  que significa: “¡Óyeme niña, levántate!”. Y la niña  que tenía doce años se puso a caminar.
La fe que también llevó a la mujer a superar una situación de sufrimiento y de frustración de doce años; la fe que la llevó a superar una situación de aislamiento social y religioso con todos los prejuicios ahí incluidos , para acercarse a Cristo y escuchar de Él: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”. Es decir, no solo ha quedado liberada de su aislamiento social y religioso y sanado de su enfermedad, sino que ha sido “salvada”, ha empezado a participar de la salvación ofrecida y realizada por Cristo, mucho más de lo que ella esperaba.
Dos caminos desde circunstancias diferentes pero que tienen un elemento común: la fe. Fe que los lleva al encuentro con Cristo, Señor de la vida.
La mujer y Jairo el padre de la niña no se rindieron a la evidencia de los hechos. Comprendieron que para leer e interpretar los acontecimientos de la vida oscurecida por el sufrimiento, hace falta esa luz que se llama fe; es preciso redescubrir la presencia de Jesús, que pasa junto a nosotros para  restaurar nuestras herida, levantarnos de nuestras “muertes” y hacer el camino con nosotros. La fe, que en definitiva, nos lleva a la vida.

domingo, 24 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XII Domingo  Ordinario.- Natividad de San Juan Bautista (Lc. I, 57-60. 80)
“Y a ti niño, te llamará profeta del Altísimo”

La figura de Juan el Bautista es una figura clave en la Historia de la Salvación, es el profeta que cierra una etapa (la Antigua Alianza) y abre una nueva (la Nueva Alianza). Su misión fue dar testimonio de la luz en el umbral de los tiempos nuevos. Él es el “precursor” que viene a preparar el camino al Señor; él mismo se define como “la voz que grita en el desierto: preparen el camino del Señor” A Juan le tocará también presentar a Cristo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Mesías esperado y anunciado durante siglos. Cristo mismo destacará el papel incomparable del Bautista, cuando dijo: “Entre los nacidos de mujer, no hay ninguno que se pueda comparar con Juan el Bautista”.

De los demás santos, aparte de Jesús y de su Madre, celebramos sólo el día de su muerte; sin embargo de Juan, celebramos también el día de su nacimiento dada la importancia que tiene como enlace entre las dos Alianzas recalcada por el mismo Cristo y porque Dios lo llamó ya desde el seno materno para ser profeta.

Hay un paralelismo muy marcado en la narración que hace Lucas de la infancia de Cristo y de Juan. El evangelio de hoy relata el nacimiento, la circuncisión, la imposición del nombre y la presentación de Juan a la familia, a los vecinos y a todo Israel. Pero omite la profecía de Zacarías, el Benedictus.

El texto está lleno de datos que hablan de la singularidad de este nacimiento y la intervención especia de Dios: lo que el ángel había anunciado a Zacarías, se cumple ahora, la alegría de muchos ante el nacimiento del niño se le impone el nombre de Juan , contra toda la tradición familiar, Zacarías vuelve a hablar, el niño se llena del Espíritu Santo. Esto hace que toda la gente se pregunte “¿Qué va a ser de este niño?

En el nombre de Juan que significa “Dios ha mostrado su misericordia”, se expresa la presencia de la misericordia divina, tanto a favor de Isabel como de todo el pueblo de Israel por la misión que este niño desempeñará como precursor del Mesías.

Contemplando la narración del nacimiento de Juan, se nos manifiesta la misteriosa acción de Dios en la vida de los hombres. Vemos a un Dios que irrumpe en nuestras vidas yendo más allá de nuestras expectativas, de nuestras dudas y temores, incluso de nuestras limitaciones. Un Dios  que va mucho mas allá de nosotros mismos para llevar a cabo su proyecto de salvación.

Para Isabel y Zacarías el llegar a tener un hijo por la edad avanzada en que estaban, quedaba fuera de toda posibilidad humana. Por eso cuando ella queda encinta, provocará dudas y estupor en ellos, y posiblemente, sonrisas burlonas en sus vecinos. Los acontecimientos que vivirán en el nacimiento de su hijo: el nombre que le ponen, a pesar de la tradición familiar de poner al primogénito el nombre del padre, la recuperación del habla de Zacarías, van rompiendo cualquier duda y abriéndolas al descubrimiento de una realidad que las sobrepasa: verdaderamente Dios ha hecho misericordia con ellos, y dad la vocación del hijo que progresivamente irán conociendo, con todo el pueblo de Israel. A Israel y Zacarías sólo les queda acoger agradecidos esa misericordia y colaborar con ella.

Junto a la esterilidad fisiológica hay otras “esterilidades existenciales” en la vida de los hombres. Y estas se dan cuando el hombre ha caído en la desesperanza, en le vacío de la vida, en el ya no creer que pueda haber algo mejor, y por lo mismo, resignarse a vivir así. Esta “esterilidad” es peor que la fisiológica.

El evangelio de hoy es un llamado a creer que Dios sigue irrumpiendo en nuestra vidas y es capaz de romper nuestras desesperanzas, nuestras dudas, nuestras limitaciones y abrirnos a la experiencia  de una vida nueva, a la alegría de una nueva realidad mas allá de nuestras pobres expectativas. Y esto es abrirnos a la misericordia de Dios en nuestras vidas.

domingo, 17 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


XI Domingo Ordinario (Mc. 4, 26-34)
“Jesús es la fuerza vital y misteriosa que transforma al individuo y  a la sociedad”.

La enseñanza de Jesús en parábolas se ha iniciado en Mc 4, 1; parábolas que siempre tienen como centro el Reino de Dios que se va describiendo a través de imágenes muy sencillas, pero que requieren en el oyente una actitud de escucha y acogida para poder descifrarlas en profundidad.
La primera parábola del Evangelio de hoy habla de un “hombre que siembra la semilla en la tierra” “ que pasan las noches y los días, y sin que él sepa como, la semilla germina y crece; y la tierra por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas”. El labrador, una vez confiada la semilla a la tierra, se va: ha terminado su trabajo. El sembrador participa al comienzo con la semilla y al final con la cosecha. Todo lo que se sitúa en estos momentos acontece sin su concurso. Él no sabe como, pero sabe que Dios trabaja a través de sus elementos. El secreto, por tanto, está en la fuerza interna que tiene la semilla y en la disponibilidad de la tierra que hacen que se vuelva a encender de una manera milagrosa la vida. El sembrador reconoce con su inactividad que hay un ámbito en el que no puede actuar. Debe limitarse únicamente a esperar confiado.
La segunda parábola omite la figura del labrador, presente de una manera alusiva en la semilla echada en la tierra, y se concentra en el tipo de semilla, el grano de mostaza tan minúsculo que casi se pierde cuando lo ponemos en la palma de la mano. Pero una vez que ha crecido se convierte en una planta que alcanza a veces cuatro metros de altura  y pasa a ser cómodo refugio para los pájaros. Ésta parábola del grano de mostaza acentúa el contraste entre la pequeñez de los inicios del Reino de Dios y la grandeza que vendrá. Expresa lo que ya están viviendo los discípulos: la actividad de Jesús ha empezado de modo muy sencillo, pero en ella se encuentra el vigor del Reino, presente en sus hechos y en sus palabras. Y eso llena a los discípulos de la esperanza de que llegará un momento en que Dios establecerá plenamente su Reino.
El Reino de los cielos fue anunciado por la predicación del Evangelio: es la semilla plantada. Tomando en cuenta las expectativas mesiánicas de la mayoría del pueblo de Israel, un Mesías poderoso social y políticamente, los discípulos al verlo empezar de un modo tan pobre podían preguntarse con inquietud cuál habría de ser su destino. Puesto que los efectos de esa predicación podían parecer lentos y no responder a sus expectativas de unos frutos inmediatos o espectaculares, Jesús los tranquiliza exhortándoles a considerar la naturaleza y sus leyes, de ahí entender la realidad del Reino de Dios y sus leyes que van por otro camino muy diferente al que ellos piensan y esperan.
Hay sobro todo una enseñanza muy clara: el Reino de Dios tiene su propia fuerza de transformación que viene de Dios y no del esfuerzo humano, y ademán hay que buscarlo en la pequeñez de lo cotidiano, pero que tiene un crecimiento tal que puede albergar a todos los hombres que se acogen a él.
Las dos parábolas no son un llamado a la inactividad humana, sin a recalcar la acción divina en la acción salvífica manifestada en le Reino.
En nuestra cultura moderna, la programación rápida, el culto a la eficiencia y la intolerancia frente a toda lentitud, se vuelve obligatorio el método fuerte y eficaz, invoca el autoritarismo para la consecución rápida del fin. La paciencia no entra en la cultura del “eficientismo” actual; sin embargo, nosotros debemos comprender que las cosas del Reino, la impaciencia no es de Dios, no es de Cristo y no debe ser del cristiano, porque el Reino de Dios se va abriendo camino por situaciones impensables para los criterios humanos.
La promesa de Dios es como la semilla plantada en el surco de la historia: es Cristo muerto y resucitado, que actúa ya desde ahora en este mundo. Él es la semilla que brota por sí sola y que garantiza una rica cosecha, es el árbol frondoso que alberga a los pájaros; Él es la fuerza vital y misteriosa que transforma al individuo y a la sociedad.
A nosotros nos toca acoger y colaborar con este don. Es un tiempo que exige fe y esperanza.

domingo, 10 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


X Domingo Ordinario (Mc 3, 20-35)
“Porque el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Hay un tema que recorre como trasfondo y como línea conductora todo el evangelio de hoy, la incomprensión que provoca la persona, la palabra y las acciones de Jesús. Incomprensión que se manifiesta, incluso, al interior de su familia, cosa que nos sorprende sobremanera.
Jesús ha entrado en una actividad frenética en su ministerio. Él sigue su infatigable obre no únicamente en la sinagoga, sino en el escenario de una casa. La gente se agolpa alrededor de Él y ni siquiera lo dejan comer. Sus parientes están preocupados por este trabajo excesivo y se sienten en la obligación de tomar medidas. Van a buscarlo para llevárselo. Marcos recoge una nota que no hacen los otros evangelistas, “sus parientes” lo consideran alguien que ha perdido la cabeza (v21). Su entrega a la misión emprendida supera los límites de una normalidad aceptable. Si a esto añadimos las ásperas críticas que dirige a la clase dominante, los numerosos choques verbales con las autoridades religiosas y otras cosas más preocupantes, tendremos el cuadro que justifica la preocupación de sus parientes. Además todo esto hace correr el riesgo de poner en peligro el buen nombre de la familia y a proyectar sobre ella la sombra del descrédito. Hay que poner solución a esto.
Si piensan los parientes de Jesús es un trastornado, para los maestros de la ley, que proceden de Jerusalén, es un endemoniado (v22). La valoración de la persona de Jesús se vuelve ahora gravemente negativa, es el extremo de la incomprensión. La blasfemia contra el Espíritu Santo es el rechazo obstinado a reconocer los signos y la acción de Dios en los signos de su Santo Espíritu, es cerrar los ojos a la positividad de la predicación profética y de la actividad de Jesús, interpretándolas como acción demoníaca. Es el pecado contra la luz, es la cerrazón total a la acción de Dios. Y siguiendo con la incomprensión de la persona de Jesús en sus mismos discípulos en otros textos del Evangelio, sin llegar a estos extremos de los fariseos, los apóstoles no acaban de entender a su maestro y poner cantidad de defensas.
Uno termina por preguntarse ¿por qué esa incomprensión? Yo creo que no nos tiene que extrañar porque la persona, las palabras y las acciones de Jesús  rompen muchos esquemas, en el terreno social, religioso, incluso familiar, y no queremos que nos rompan nuestros esquemas, que muchas veces son nuestras seguridades, y por eso nos defendemos, terminamos por rechazar a Jesús, o acomodarlo a nuestros esquemas, hacerlo a “nuestra manera”. Podemos atrincherarnos como los maestros de la ley, detrás de nuestras convicciones, haciéndonos impermeables a cualquier llamada, o peor todavía, interpretando de una manera totalmente opuesta sus palabras y sus acciones. La persona  y las palabras de Jesús son fuertemente desestabilizadora y “nos mueven el tapete”. Solamente quien se deja cuestionar, quien deja que el Señor rompa sus esquemas y sus convicciones, puede entrar en el dinamismo del discipulado, en el grupo de la nueva familia que Él está formando. El Evangelio de hoy, termina con una buena noticia (vv31-36). Ante la insistencia  de sus familiares que están afuera  y quieren verlo, la gente que lo rodea le dice “Allá afuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan” Él les respondió: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”. Luego mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Esta es la nueva familia que Jesús está inaugurando; una familia, la de sus seguidores, en la que los vínculos que se crean son más fuertes y más importantes que los mismos vínculos de sangre.
Quien escucha la voz de Dios, se hace disponible a la acogida de un pensamiento diferente al maestro y nos estimula para reconocer caminos de diferentes a los que transitamos habitualmente. De la escucha se pasa a la acción: cumplir la voluntad del Padre, y esto es entrar en la acción creadora de Dios de la nueva familia de Jesús.

domingo, 3 de junio de 2012

Al encuentro con la Palabra


LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Mt 28, 16-20)
“… y bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…”

En el ciclo litúrgico, el primer domingo después de Pentecostés está dedicado a la Santísima Trinidad. Hace ocho días celebramos la fiesta de Pentecostés que culminaba el tiempo de Pascua, centro de nuestra fe cristiana. En este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, en la cual contemplamos el mismo Misterio de Dios que se ha revelado como Uno en la diversidad de tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es como una especie de síntesis de toda nuestra fe cristiana.
El final del Evangelio de Mateo que hoy leemos, es el cierre no solo de las apariciones post-pascuales, sino de todo su evangelio. El Jesús que se aparece a los discípulos en el monto es el “Señor” de la Iglesia, objeto de adoración y plegaria por parte de los suyos, aunque no siempre con una fe plena (v.17). Ahora bien, Jesús es asimismo, el juez del final de los tiempos: está sentado ya desde ahora a la diestra del Padre para evangelizar a todas las gentes (cf. 24,14). En esta misión implica a sus discípulos y en ellos a toda su Iglesia, que deberá proseguir su obra. Esta obra consiste en dar a conocer la Buena Nueva de la salvación, “hacer discípulos” a todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles todas las cosas mandadas por Jesús, o sea, evangelizándolos (vv. 18-20). Aquí está en síntesis la misión de la Iglesia.
Hemos hablado en los últimos domingos de la misión de la Iglesia, por eso quisiera más bien fijarme en la fórmula trinitaria que aparece con el bautismo para resaltar el misterio que celebramos en la fiesta de hoy .
La fórmula trinitaria del bautismo representa una sorpresa en Mateo, pero le confiere al final de este texto un aspecto solemne y una síntesis teológica  de todo su Evangelio.
La revelación del misterio trinitario se va realizando gradualmente a través de todo el ministerio de Jesús. La gran buena nueva de Jesús es que Dios es Padre y un Padre que nos ama infinitamente y de una manera gratuita e incondicional. Y que este Padre, por amor, ha enviado a su Hijo Unigénito, que tomando nuestra condición humana nos da a conocer el rostro y el proyecto de vida, y la realización del mismo que culmina en el misterio de la Pascua. Él mismo además, se declara igual al Padre y en definitiva ésta será la causa de su condenación. Su divinidad fue siempre motivo de controversia y de rechazo; en las últimas horas de su vida terrena, Jesús nos revelará la realidad del Espíritu Santo, que es el amor que lo une con el Padre, y el papel que desempeñará en la vida de la Iglesia (cf. Jn 14, 15-17; 25-26; 15, 26-27; 16, 4-11; 12-15). Así el Espíritu Santo se convierte en el don por excelencia del Resucitado, muy ligado a la misión e impulsor de la nueva creación que se inicia con la resurrección de Cristo. El Dios que Jesús nos revela es único por su naturaleza, pero trino por las personas. Al proclamar este misterio, el creyente adora la unidad de Dios y la Trinidad de las Personas. En esto consiste la salvación: en creer en este adorable misterio y ser bautizado en el nombre del Dios uno y trino. Profesar esta fe en la Trinidad significa aceptar el amor del Padre, vivir por medio de la gracia del Hijo y abrirse al don del Espíritu Santo que recrea un hombre nuevo y una nueva sociedad.
Hemos sido bautizados en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a través del cual, participamos de la misma vida divina; el bautismo nos ha insertado en el misterio de comunión de Dios. Pero esto no puede reducirse a un mero rito externo en un momento de nuestra vida, sino que esto debe marcar el principio de un camino que tendrá que convertirse en una experiencia de vida, en un camino de maduración en la fe, en el que vamos siendo sumergidos en el amor infinito del Padre, en los sentimientos del corazón de Jesús que nos conduce a ser hijos en el Hijo; y en el amor del Espíritu que tiene el poder de transformarnos desde lo más profundo del corazón en hombres y mujeres nuevas.
El misterio de la trinidad no puede reducirse, como se nos insistía antiguamente en la catequesis, a un misterio que “intelectualmente no podemos comprender”, sino descubrirlo como fuente de vida inagotable de la que siempre podemos estar alimentando nuestra vida.