viernes, 6 de abril de 2012

Triduo Pascual


Viernes Santo
“Porque la locura de Dios, es más sabia que la sabiduría de los hombres”  

La liturgia de hoy es diferente a las del resto del año. La acción litúrgica está reducida a lo mínimo, en lo que se refiere a los gestos, pero los hay y son profundamente significativos. El día de hoy, en que celebramos la muerte del Señor en la cruz, por una antiquísima tradición, la Iglesia omite por completo la celebración del Sacrificio Eucarístico.
La Palabra y el silencio son especialmente importantes en este día. En una sociedad tan ruidosa como la nuestra, el silencio es un tesoro que hay que redescubrir.
La celebración litúrgica tiene tres partes:
1)   Liturgia de la Palabra.- Caminar desde la Palabra.
Hoy empezamos con la presencia del silencio, La procesión de entrada es en absoluto silencio; al llegar al altar, el celebrante se postra. Es una invitación al recogimiento, pero sobre todo, con la postración, que es uno de los gestos del día de hoy, se quiere indicar la humillación de la persona y la tristeza y el dolor de la comunidad que se reúne para celebrar el misterio de al cruz.
La primera lectura nos coloca frente a la contemplación del Siervo de Yahvé que en la descripción del Cuarto Cántico parecería estar describiendo la Pasión de Cristo.
La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos (Heb 4, 14-16; 5, 7-9) nos invita a contemplar a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, que ha entrado en le cielo, pero que “durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a Aquel que podía librarlo de la muerte y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo aprendió a obedecer padeciendo y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”
La tercera lectura es el relato de la pasión de Cristo según el Evangelios de san Juan, que acentúa los detalles de la pasión con un dramatismo extraordinario. Hacer el camino del silencio a la Palabra, es condición indispensable para penetrar en el misterio de la Pasión y Muerte del Señor.
2)   Adoración de la Santa Cruz.- Caminar de la Palabra a la contemplación de la Cruz.
La segunda parte de la liturgia del día, es la adoración de la Santa Cruz. La invitación a mirar el árbol de la cruz, expresa nuestra condición de hombres que necesitamos ver en Jesús crucificado, el camino que nos lleva a la Pascua. Pero también puede ser profundamente liberador vivir la experiencia de que soy contemplado por Jesús desde la cruz. Es la mirada de Jesús a la Madre (a la Iglesia), es la mirada al discípulo que habrá de ser testimonio del amor de Dios. ¿Podremos cruzar las dos miradas, la suya y la nuestra?
Comprender el significado de la cruz no es fácil, nos rebasa, va más allá de toda lógica humana, es aquí donde la sabiduría humana se estrella. Había que recordar lo que Pablo decía escribiendo a los corintios (1Cor 1, 22-25) “Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo Crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios, es más fuerte que la fuerza de los hombres”
Para poder llegar a esta comunicación experiencial, hay que hacer el camino de la Palabra a la contemplación de la cruz.
3)   La Comunión.- Tercera y última parte de la liturgia del Viernes Santo.
Como no hay celebración eucarística, con la reserva del Jueves Santo comulgamos. Y aquí el término “comunión” adquiere su fuerza original: somos invitados a entrar en comunión con el crucificado para poder participar de la vida nueva, del tiempo del resucitado.
No hay que quedarse en la contemplación de la cruz, hay que dar el “Paso” a  la comunión con el Crucificado-Resucitado.

jueves, 5 de abril de 2012

Triduo Pascual


JUEVES SANTO (Jn 13, 1-15)
“… y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”

La fiesta de hoy es la entrada en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Señor. Las celebraciones propiamente pascuales serán las del Viernes Santo, la Solemnísima Vigilia Pascual el Sábado Santo por la noche hasta el Domingo.
La conmemoración de la cena del Señor con los apóstoles, condensa para la Iglesia, varios elementos básicos de la vida cristiana: la Eucaristía, cuya institución celebramos hoy; el misterio – servicio y el mandamiento del amor o la “caridad” (palabra que hemos destrozado, porque significa amar como Dios ama)
La narración que hace Juan, de la cena del Señor es muy diferente de la que hacen los otros evangelistas. La Iglesia ha integrado ambas tradiciones, acentuando así la vinculación indisoluble que hay entre los diversos elementos que constituyen la vida cristiana y que, sacramentalmente, se viven en la celebración de la Eucaristía.
La institución de la Eucaristía en este día viene en el relato paulino en la primera carta a los Corintios, 23-26, que es el más antiguo dentro de la tradición literaria del Nuevo Testamento; los relatos sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas, son bastante posteriores a esta carta. Tenemos aquí el relato más antiguo de la Institución de la Eucaristía.
En la aportación de Pablo al tema de la Eucaristía, hay tres aspectos que podríamos subrayar:
a)    La dimensión cristológica, es decir, la afirmación de la presencia real del Señor resucitado en el misterio del pan y el vino consagrados;
b)   La dimensión pascual, o actualización sacramental del misterio de la muerte y resurrección de Jesús; y
c)    La dimensión escatológica, en cuanto la Eucaristía es signo y anticipo de la definitiva paz y unidad, que tendrá lugar cuando se consume  la historia de la salvación.
Pero hay otra aportación más específicamente paulina y que podríamos llamar la dimensión eclesial y la dimensión ético – moral de la Eucaristía. Nadie como Pablo ha puesto tan de relieve el papel que la Eucaristía juega en la vida de la Iglesia. En la Eucaristía ve la más fuerte exigencia de vivencia fraterna y de comunión eclesial. Porque la Eucaristía es participar todos del mismo pan y del mismo cáliz.
El evangelista San Juan, pone le mandato del Señor sobre la caridad fraterna, en el lavatorio de los pies y el contexto de la última cena, como queriendo expresar el significado del gesto con la Eucaristía. Podemos distinguir tres partes en el relato:
a)    Una breve introducción en la que se resalta el significado profundo de lo que Jesús va a realizar: “antes de la fiesta de Pascua y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)
b)   La descripción del gesto con la incomprensión y las reacciones de Pedro. Relato no exento de dramatismo: el Señor toma el lugar de esclavo, de servidor. La acción de lavar los pies, evoca algunas palabras de Jesús recogidas por los sinópticos: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27); “El Señor… se cernirá, los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo” (Lc 12, 35-38).
c)    La conclusión: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien porque lo soy. Pues si Yo que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan” (Jn 13, 12-15)
La expresión “lo que Yo he hecho con ustedes (v15), indica lo que tiene que ser la vida del discípulo: dejarse moldear según Jesús, amar como Él, “les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 24) y dar la vida como Él, “en esto hemos conocido el amor; en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestras vidas por el hermano” (1Jn 3,16)
No cabe duda que el Jueves Santo es el gran pórtico que nos introduce en el misterio de la Pascua.

domingo, 1 de abril de 2012

Al encuentro con la Palabra


Domingo de Ramos (Mc 14, 1-15, 47)
Iniciamos la Semana Santa. Después de haber hecho, guiados por la Palabra del Señor, nuestro camino cuaresmal tratando de vivir un proceso de conversión profunda en nuestras vidas, llegamos finalmente a donde nos encaminábamos: entrar con Cristo a Jerusalén para vivir con Él  el misterio de su Pascua.
Tanto en éste domingo con en el Triduo Pascual, la liturgia nos invita a hacer un ritual diferente del que se hace habitualmente; hemos vivido muchas Semanas Santas y corremos el riesgo de dejarnos llevar por la rutina; somos invitados a vivir en la fe y desde la fe una semana diferente; diferencia que da la perenne novedad de la Pascua.
El espíritu de la celebración del Domingo de Ramos nos lo remarca el mismo Evangelio de la entrada: Jesús, modelo de humildad, ha entrado a Jerusalén triunfalmente, montado en un burrito, no  sobre un caballo, propio de los emperadores; pero el triunfo pasa por la humillación de la cruz.
Hoy las lecturas tienen una secuencia y están enlazadas extraordinariamente. En la primera lectura, tomada del profeta Isaías, vemos la figura del “Siervo de Yahvé” que siempre está dispuesto a escuchar la Palabra de Dios con todos sus consecuencias. Figura del “Siervo” que contemplamos realizada plenamente en Jesús.
Respecto a la segunda lectura tomada de la carta del apóstol San Pedro a la Filipenses, es una síntesis extraordinaria del misterio de la Pascua. Se le conoce como el Evangelio de la “Kenosis” (del abajamiento). Es un magnífico telón de fondo para toda la Semana Santa. Las dos lecturas nos conducen a escuchar el relato de la Pasión, que hoy la escuchamos del evangelista San Marcos. La narración es sobria, sencilla y condensada, pero tremendamente incisiva: los acontecimiento hablan por sí mismos. Es impresionante en este Evangelio, el silencio del protagonista de la pasión: Jesús, y el griterío de las autoridades y la multitud que piden su muerte.
Precisamente en la narración de la pasión, encuentra respuesta la pregunta fundamental - ¿Quién es Jesús? - que constituye el eje del Evangelio de Marcos. En la pasión se revela el misterio, Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La afirmación del centurión, un pagano, que lo ve morir, es el símbolo del camino de la incredulidad a la confesión de fe que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al crucificado.
El primer día de la Semana Santa, somos invitados a acompañar a Cristo en entrada triunfal a Jerusalén proclamándolo como el Mesías Rey que viene en nombre del Señor a realizar, por caminos insospechados, el proyecto de salvación de Dios, que viene a instaurar el nuevo Reino de Dios.
Pero sobre todo, desde el inicio de la Semana Santa, todo está impregnado por el misterio de la Pasión que conduce a la resurrección.
Al final de la Cuaresma debemos preguntarnos si estamos preparados y dispuestos a entrar con Cristo a vivir el misterio de su Pascua: a afrontar con Jesús nuestro Maestro y Señor el camino del amor, que se manifiesta en una senda, que se da a conocer en su aparente debilidad e inutilidad, en un abandono incondicional a la voluntad del Padre. Solo a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe mas madura en Jesús verdadero hombre y verdadero Dios, un Dios tan enamorado de su criatura que aceptó morir por amor. Nuestra vida  necesita esta fe para crear la novedad de gestos que sólo el amor humilde sabe inventar, y para transfigurar la realidad de cada día en una maravillosa manifestación del Reino de Dios que está en medio de nosotros.
¡Que tengamos una buena celebración de la Semana Santa!

domingo, 25 de marzo de 2012

Al encuentro con la Palabra


V Domingo de Cuaresma (Jn 12, 22-33)
“El que quiera conservar su vida la perderá”

El quinto Domingo de Cuaresma es el último Domingo de nuestro camino cuaresmal. Estamos a una semana de iniciar la Semana Santa, para entrar con Jesús a celebrar el Misterio de su Pascua. Él se encuentra ya en Jerusalén para celebrar junto con cantidad de gente venida de muchas partes. Los dos últimos domingos de Cuaresma, tratan de introducirnos en el Misterio de la Cruz.
El texto de hoy se inicia relatando que algunos griegos habían venido a Jerusalén y le dicen a Felipe: “Queremos ver a Jesús”. Estas personas probablemente  son no judíos que simpatizan con el judaísmo y que han subido a Jerusalén también para celebrar la Pascua. Acuden a Felipe y Andrés para que los presenten con Jesús. La respuesta que da el Señor no responde directamente a las inquietudes de los griegos; el Jesús a quién podrán “ver” es el Jesús de la Pascua, muerto y resucitado, para dar mucho fruto. No podemos creer  si no es en el misterio de la Cruz, donde se manifiesta la Gloria de Dios donde se manifiesta la gloria de Dios.
La parte central del Evangelio de hoy empieza con una afirmación: “Ha llegado la hora”  La hora no es un momento cronológico. Todo el Evangelio de Juan se mueve entre la hora de Jesús que tiene que llegar (cfr. Jn. 2, 4; 7, 30; 8, 20) y la llegada de dicha hora (Jn. 12, 23; 13, 1; 17, 1). El sentido de esta frase es el momento cumbre  de su “glorificación” que Juan hace coincidir con el “ser levantado” en la Cruz que simboliza la muerte y resurrección.
Inmediatamente después viene la imagen del grano de trigo que tiene que morir para poder dar fruto: “ Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, pero si muere, producirá mucho fruto (vv 23-24). Con ésta imagen, Jesús quiere decir a dos discípulos que tendrá que sufrir la pasión y la muerte, pero la pasión conducirá a una resurrección fecunda. En esta imagen es importante en contraste entre “queda infecundo” y “da mucho fruto” ¡Que manera más gráfica de expresar el sentido profundo de la muerte de Cristo: muerte en orden a la vida!
El mensaje sobre la pasión – muerte – resurrección, viene acompañado de una exigencia para la vida del discípulo: “El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna” (v25). Equivale a otra frase evangélica “El que quiera conservar su vida la perderá y el que la pierda por mí, la conservará” (Mt 10,39). Dicho de otra manera: quién apueste a vivir su vida en términos de “posesión egoísta” la perderá. Hablando en relación a la imagen del grano, en el primer caso dará vida, en el segundo caso quedará infecundo.
El que Jesús enfrente la muerte con determinación, fruto de la obediencia a la voluntad del Padre, eso no implica el que lo la enfrente con los miedos y temores propios de la debilidad humana: “Ahora tengo miedo ¿le voy a decir a mi Padre: Padre líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre (vv 26-28).” Se oyó entonces una voz que decía: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”, uniendo la glorificación de Cristo con su muerte y su resurrección.
Al final del Camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos revela el sentido de la Cruz y nos invita a la “desapropiación” para entrar con Él a vivir el misterio de su Pascua. Lo que se dice de Jesús con la parábola del grano de trigo (v24), se aplica del mismo modo al creyente: el desprendimiento de sí mismo, el dar la vida, fructificará en la vida eterna y como la de Jesús, será fecunda

domingo, 18 de marzo de 2012

Al encuentro con la Palabra


IV Domingo de Cuaresma (Jn 3, 14-21)
"Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo..."
El texto de este domingo, forma parte de un texto más amplio que el el diálogo de Jesús con Nicodemo, en el que Jesús revela el alcance de su Misión en el mundo. En este diálogo, el Señor le habla a Nicodemo de la necesidad de volver a nacer de nuevo a una vida que viene de Dios, nueva realidad que este no entiende, e incluso interpreta de una manera material- Jesús anuncia el nuevo nacimiento que se realizará por el bautismo. Viene después el simbolismo de la serpiente:” Así cómo Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna “. En el texto es una alusión a la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, que curaba a quienes la miraban, “Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte; cuando una serpiente mordía a uno, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado”. El libro de la Sabiduría lo interpreta así: tenían un emblema de salud como recordatorio del mandato de tu ley; en efecto, el que se volvía hacia él , sanaba no en virtud de lo que veía, sino gracia a ti Salvador de todos” (Sab 16, 6-7)
Para comprender el pasaje, es preciso adentrarse en el mundo de los símbolos, tan característicos del cuarto Evangelio. La serpiente recuerda la muerte, pero también su antídoto. De hecho, en la civilización mesopotámica en contacto con Israel, la serpiente era figura de la fecundidad. La elevación de Jesús en la cruz como maldito, aunque represente el culmen de la ignominia, constituye también el máximo de su gloria. Encontramos aquí la primera expresión de la teología de Juan que hace coincidir la elevación en la cruz, en la que se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de Dios y la glorificación del Crucificado – Resucitado.
En el v16, leemos: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él. El que cree en Él, no será condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en Él Hijo único de Dios”. Una afirmación que en cierta manera, contiene todo el espíritu del Evangelio en su síntesis.
“Creer” es una palabra que sale muchas veces en Juan. Tiene un sentido muy preciso: acoger a Jesús, su palabra, su estilo de vida (cfr Jn 1, 12; 8, 31.32; 10, 10)
El juicio o condenación que aparece en los vv 18 y 19, significa que la presencia de Jesucristo como luz del mundo, hace que tengamos que decidir si acogemos o rechazamos su salvación, su amor, su persona, su estilo de vida y el Reino que anuncia. Es éste el juicio: no que él haga de juez, sino que no provoca para que nosotros mismos decidamos. Es el hombre el que en su libertad acepta o rechaza la luz.
La cuaresma ya está avanzada, no vamos acercando cada vez más a la fiesta de la Pascua. La Palabra de Dios se está volviendo cada vez más cuestionante. Hoy el Evangelio ha empezado a introducirnos en el misterio del crucificado – resucitado como fuente de vida y de luz, expresión máxima del amor infinito del Padre por la humanidad entera

domingo, 11 de marzo de 2012

Al encuentro con la Palabra


III Domingo de Cuaresma (Jn 2, 13-25)
“No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”

El episodio de la purificación del templo los tres sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, lo ponen al final del ministerio de Jesús, después de su largo viaje a Jerusalén, en los días anteriores al drama de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo; es uno de los elementos que van a desencadenar la muerte del Señor.
En el Evangelio de San Juan, este episodio reviste una importancia singular: el evangelista lo pone al inicio de su ministerio, abre la predicación de Jesús, además acontece cerca de la fiesta de Pascua judía. La Pascua de los judíos debía celebrarse en el templo, con el sacrificio de víctimas, para conmemorar las obras maravillosas de Dios en la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto. Además si vemos el contexto inmediatamente anterior y posterior al texto de la purificación del Templo, comprenderemos mejor su significado. El texto inmediatamente anterior, habla del milagro realizado en las bodas de Canán, cuyo significado es: Jesús es el nuevo vino del Reino que ya no puede ser contenido en odres viejos y que supera las tinajas vacías que contenía el agua para las purificaciones de los judíos (símbolo del status religioso que llega a su fin) Viene una nueva manera de relacionarse con Dios
El contexto inmediatamente posterior al texto de este domingo, es el diálogo con Nicodemo, donde Jesús habla del “nuevo nacimiento” , la vida nueva que viene del agua y del Espíritu. La novedad de Jesús que se manifiesta en términos de “vida nueva”.
Dentro de este contexto , el texto de la purificación del templo adquiere también un significado de novedad: no se trata de un gesto que pudiera tener un sentido meramente ético, que sin duda lo tiene: corregir una conducta inapropiada de quienes habían profanado el templo de Jerusalén. E gesto de Jesús (V 5 -16) es una acción simbólica al estilo de los grandes profetas de Israel. Expresa su desacuerdo con el abuso de los comerciantes y los cambistas instalados en el atrio de los gentiles y recuerda que el templo tenía que ser el lugar de una verdadera relación con Dios y no puede ser manipulado por los intereses económicos de nadie.
Pero el gesto de Jesús no se refiere sólo al aspecto mercantil que ha adquirido la religión. Es “signo” de  la novedad que viene de Dios: el viejo sistema cultual ha llegado a su fin, los sacrificios ya no tienen sentido. A partir de ahora bastará con el único sacrificio de su Muerte y Resurrección. “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré (V 18) se refiere a la muerte y resurrección (V 22). Por tanto, el nuevo y verdadero templo de Dios es Jesús, la humanidad del Resucitado.
La presencia de Dios en el mundo se da en Él, es el único camino hacia el Padre, es el nuevo espacio en el que Dios entra en comunión con el hombre y el hombre con Dios. Empieza también un nuevo sistema cultual: en el cristianismo, el culta a Dios es sobre todo interior, comporta el ofrecimiento de la propia existencia (Rm 12, 1) y tiene que hacerse en “Espíritu y verdad” (Jn 4, 23) como le dirá Jesús a la samaritana .
Desde esta perspectiva la narración del episodio de la purificación del templo, es signo de otra novedad: en contraposición con el templo antiguo y el antiguo culto abandonados por Dios a causa de la infidelidad y las profanaciones (cf. Ez 10, 18-55), el Cuerpo de Cristo resucitado, se convertirá en el nuevo templo (VV 1-21) para un nuevo culta en “Espíritu y verdad” (cf. Jn 4, 23).

domingo, 4 de marzo de 2012

Al encuentro con la Palabra


II Domingo de Cuaresma (Mc 9, 2-10)
“Este es mi Hijo muy amado Escúchenlo”

Marcos narra el acontecimiento de la transfiguración al comienzo de la segunda parte de su Evangelio, cuando Jesús comienza a hablar abiertamente del misterio de su Pasión a sus discípulos, que le habían reconocido como Mesías (8, 29); ahora deben comprender su misterio de Hijo de Dios transfigurado, ya la vez, el Siervo doliente. Seguramente el primer anuncio de la Pasión ha de haber suscitado no únicamente el escándalo de Pedro, sino también una serie de interrogantes y cuestionamientos que no acaban ni de entender ni de asumir. 
Ahora Jesús lleva a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan, los mismos que serán testigos de su agonía en Getsemaní, a un monte elevado donde manifiesta su gloria transfigurándose ante ellos, para que no vacilen en la fe.
El relato está lleno de simbolismos. El “monte alto” indica la proximidad de Dios, el espacio donde Dios se revela. Moisés y Elías hablando con Jesús representan, según algunos, La Ley y los Profetas, las dos grandes fuentes de la Antigua Alianza que encuentra su cumplimiento pleno en Cristo. Por tanto, la Antigua Alianza, La Ley y los Profetas ha sido transfigurada: ya no son tablas de piedra; el cumplimiento de los profetas, la nueva ley y la nueva Alianza, es el mismo Jesús. Basta con escucharlo a Él.
La nube que los envuelve es signo de la presencia de Dios (cfr. Ex 24, 15-16; 40, 35) que acompañó continuamente al pueblo elegido en su camino en el desierto. De la nube sale la voz divina que proclama a Jesús como Hijo predilecto. En el momento del Bautismo, la voz se dirigió a Jesús para confirmarlo e investirlo en su Misión (1, 11); ahora se dirige a los discípulos: Jesús es el Hijo predilecto al que hay que escuchar, seguir, obedecer, porque su testimonio y profecía son veraces.
Después de resonar, la voz divina cesó la visión: Jesús vuelve a ser el compañero de camino, pera la meta de este camino resulta incomprensible a los discípulos, que envueltos  por el misterio, guardan silencio sobre los hechos que han experimentado como testigos.
Al final del Evangelio, cuando bajan de la montaña Jesús les manda no contar a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos (v. 9)  “Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí que querría decir esto de resucitar de entre los muertos” (v. 10)
Esta misma pregunta sigue suscitando cantidad de cuestionamientos a nosotros y a los creyentes de todos los tiempos. Sobre todo ante las crisis de la vida el cuestionamiento se hace mas acuciante.
En la trasfiguración, Jesús ofrece a los tres discípulos la visión luminosa depara mostrarles el final del oscuro túnel de la Pasión poco antes anunciada. A ti está la voz del Padre para confirmarlo: Él es el Hijo predilecto que cumplirá su designio; es el testimonio veraz cuando pide a sus seguidores negarse a sí mismos y llevar la propia cruz detrás de Él
Todo esto deberá quedar clara a los discípulos y a nosotros, pero todavía tiene su mezcla de oscuridad: la nube, luz de la presencia de Dios, nos envuelve siempre en la sombra y la revelación no elimina el Misterio. Permanecer en el seguimiento no llevará a madurar en la fe y a reafirmar la conciencia de la certeza que queda en nuestro corazón: Jesús es el Hijo  que el Padre que ha entregado por nosotros; el compañero que nos abre el camino hacia la resurrección plena. Este es el mensaje esperanzador del Evangelio de hoy.